¿Tienes un corro de hadas en tu jardín?

Cuaderno de Ciencias

Tendemos a asociar a los hongos con las setas, cuando en realidad estas son solo sus cuerpos de fructificación, o fábricas de esporas. El cuerpo vegetativo de un hongo, o micelio, es en realidad una estuctura compleja y normalmente subterránea, que se extiende bajo la vegetación visible a través de una especie de hilos llamados hifas.

En ocasiones, el hongo se expande de forma radial desde un punto central formando círculos que pueden llegar a medir incluso 10 metros de diámetro.

Estos círculos, son visibles desde el exterior bien porque crean un área en la que o no crece la hierba (como si alguien hubiese desparramado un anillo de herbicida) o bien porque esta se debilita o decolora. Otras veces, principalmente después de la lluvia, la presencia subterránea del micelio del hongo se aprecia por la aparición de un anillo de setas.

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La aparición de un anillo necrótico se debe a la acción del micelio, el cual durante los años muy secos, cubre las raices de las plantas y les roba sus nutrientes. Sin nada que actúe de barrera, cada año el anillo puede crecer unos 20 centímetros y alcanzar un diámetro de más de 10 metros.

Se dice que en Francia, se encontró uno de estos corros que medía casi 600 metros de diámetro, cuya edad se estimó en unos 700 años de edad.

Así pues, si te encuentras un anillo en tu césped en el que la hierba simplemente ha desaparecido, no creas que un OVNI ha aterrizado en tu jardín, sé más serio y échale la culpa a las hadas.

¿A las hadas has dicho?

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En efecto, hubo un tiempo en Europa en que la presencia de estos círculos en los bosques o pastizales se atribuían a la presencia de hadas, que empleaban estos lugares para sus danzas rituales. La leyenda celta sostenía que entrar de forma involuntaria en uno de estos aros era señal de catástrofe.

El pobre que irrumpiese en un corro de hadas, que es como seguimos llamando a día de hoy a este fenómeno micológico, podría quedar atrapado en su interior por la magia de estas míticas criaturas, quienes podían obligar al pobre desgraciado a bailar como un poseso hasta la extenuación.

La leyenda sostenía que solo había una forma de salvar al embrujado. Uno de sus amigos, situando una pierna fuera del anillo de las hadas y otra en su interior, debía de tenderle la mano al atrapado y tirar de él hasta extraerlo del círculo embrujado.

En la Inglaterra medieval, se aseguraba que el que entraba en uno de estos corros podía hacerse invisible, de modo que nadie pudiera observar los padecimientos que le sobrevenían.

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Otros sostenían que los que escapaban, perdían la memoria y que aunque pudiera haberles parecido estar poco tiempo en su interior, en realidad podían haber sido semanas o meses, puesto que el tiempo de los duendes nada tiene que ver con el de los humanos.

Aún a día de hoy, en múltiples zonas rurales del norte de Europa se cree que da mala suerte pisar el interior de uno de estos círculos, ya que las consecuencias pueden ser fatales.

Sea como sea, todas estas leyendas medievales han quedado superadas gracias a la ciencia. Y es que la botánica y las hadas no parecen ser demasiado compatibles.