¿Estás triste? No te preocupes, también tiene sus ventajas

Cuaderno de Ciencias

Antes de comenzar con el análisis del artículo científico al que hace referencia el título, me gustaría hacer un poco de Historia ligera. Porque resulta curioso comprobar cómo el ideal de estado de ánimo de una sociedad va cambiando a lo largo de las épocas. En los últimos siglos hemos vivido numerosas revoluciones sociales, filosóficas y económicas que nos han hecho pasar por diversos sentimientos generalizados que han impuesto su propio sello en cada momento.

Por ejemplo, a finales del siglo XIX, los movimientos románticos aún daban sus últimos coletazos y el estado ideal era la viva imagen de la melancolía. Escritores como Larra, Espronceda, el Duque de Rivas o el propio Zorrilla reflejaron en sus dramas aquella sociedad decimonónica de damas extremadamente recatadas y pálidas, y caballeros taciturnos y enamoradizos que se suicidaban al alba por cualquier desengaño amoroso.

La descarnada crudeza de la Primera Guerra Mundial, unida a la gigantesca crisis económica surgida del crack financiero de 1929, hicieron que una realidad, dura y llena de dificultades, tomara el relevo a los ideales románticos.

Posteriormente, la Segunda Guerra Mundial, el lanzamiento de las dos bombas atómicas y la consiguiente guerra fría que estableció dos bloques enfrentados y bien armados, hizo que el mundo se sumiera en una etapa de recelos y sospechas. El temor a otra confrontación mundial, el enorme poder nuclear de las dos grandes potencias y la propaganda iniciada en los años de beligerancias consiguieron extender un sentimiento de temor controlado y de patente desconfianza mutua.

Tras los felices y alocados años ’80, en nuestros días vivimos una especie de gran exaltación de la felicidad, en la que una avalancha de libros, documentales y cursos han invadido nuestra actualidad. Desde Eduard Punset y su incansable búsqueda de la felicidad, hasta los innumerables gurús del hapiness 2.0, están consiguiendo que el ciudadano ideal del siglo XXI tenga que, casi por obligación, encontrar y acomodar su vida a conceptos tan etéreos como el equilibrio, la felicidad o la paz interior. El concepto global es que “hay que ser felices”… Cualquier estado de ánimo diferente es mirado con desdén y, estados emocionales como el miedo, el pesimismo o incluso la tristeza se evitan y se desechan como etapas que hay que superar lo antes posible.

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La felicidad se ha convertido en una especie de Santo Grial que hay que buscar, trabajar o incluso entrenar día a día. Y aunque, por supuesto, no voy a negar los evidentes beneficios de este estado emocional, no estaría demás no terminar obsesionado con esa búsqueda filosófica e intangible… Es más, la evolución nos ha enseñado que el ser humano ha desarrollado sentimientos concretos para cada situación específica. No se puede estar feliz todo el día, todo el tiempo… Otros estados emocionales, vistos de manera negativa como el miedo o la tristeza, también son necesarios y ofrecen sus ventajas.

Ese es precisamente el objeto de numerosos estudios científicos de psicología conductual en los últimos años (Does emotion directly tune the scope of attention?): Conocer cómo afectan nuestros estados de ánimo a nuestras capacidades cognitivas.

Desde hace unas semanas el canal de televisión National Geographic está emitiendo un programa llamado “Brain Games” que por supuesto os recomiendo vivamente. Se trata de pequeños episodios, divertidos e interesantes, en los que mediante juegos, acertijos y efectos visuales se ponen a prueba los conocimientos que tenemos de nuestra propia mente.

Uno de los últimos episodios que pude ver trataba el tema del miedo y de cómo funciona nuestro cerebro ante situaciones de amenaza. En uno de los curiosos experimentos que suelen realizar, analizaron diferentes habilidades cognitivas de varios sujetos de prueba durante una visita a uno de esos “pasajes del terror” que suele haber en los parques de atracciones y los compararon con personas que no estaban asustadas. Los resultados fueron fascinantes: Durante la travesía y mientras su estado emocional estaba influido por el miedo, sus capacidades aumentaban pudiendo recordar más detalles del pasaje.

Y evolutivamente tiene mucho sentido. Cuando tenemos miedo nuestros sentidos se agudizan, somos capaces de prestar más atención a nuestro entorno y nuestra memoria funciona con más exactitud.

La tristeza tiene efectos cognitivos similares al miedo que en muchos casos resultan de utilidad para la persona afectada.

Precisamente ayer Bruce Bower publicaba un interesante artículo en Science News, referenciando un artículo publicado en Current Directions in Psychological Science titulado “Don’t worry, be sad! On the cognitive, motivational and interpersonal benefits of negative mood”.

Se trata de un estudio realizado en la Escuela de Psicología de la Universidad de Nueva Gales del Sur, Australia, que recoge evidencias recientes de los beneficios cognitivos que ofrecen estados emocionales considerados socialmente como negativos.

Numerosas investigaciones indican que la tristeza, el mal humor o el pesimismo tienen un efecto en nuestras habilidades incrementando nuestra capacidad de atención, nuestra memoria o la facilidad para resolver problemas.

Ni que decir tiene que los estudios y experimentos citados en este post hacen referencia a estados transitorios de tristeza y no a cuadros clínicos que podrían traer aparejadas situaciones más graves y persistentes.

En este sentido resultan muy interesantes las publicaciones del psicólogo australiano Joseph Forgas apuntando los diferentes efectos que llevan aparejados nuestros estados de ánimo. Así por ejemplo, los experimentos muestran que mientras el buen humor desencadena un modo de pensamiento más flexible y creativo, los sujetos en estados de ánimos tristes poseían mayor disposición a trabajar en tareas exigentes, se comunicaban de manera más persuasiva o estaban más preocupados por ser justos con los demás, en comparación con otros sujetos en estados de ánimo neutrales o felices.

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Ejemplo claro de estas conclusiones es el experimento publicado en 2009 en el Journal of Experimental Social Psychology, el que Forgas y su equipo descubrieron que los compradores de una tienda recordaban más detalles sobre los productos de ese establecimiento los días en que estaban de mal humor por la lluvia o el frío, que cuando se sentían felices en días cálidos o soleados… curioso, ¿verdad?

En otra de sus publicaciones, Forgas se centró en el comportamiento social que lleva aparejada la tristeza, descubriendo que, cuando somos felices tendemos a centrarnos más en nosotros mismos, llegando incluso a comportamientos egoístas y autocomplacientes, mientras que cuando nos encontramos decaídos y tristes, nuestra solidaridad y preocupación por los demás es mayor.

Otro científico que ha profundizado en este apasionante campo de la psicología conductual es Norbert Schwarz, de la Universidad de Michigan, confirma las ventajas cognitivas resultantes de estados de tristeza, afirmando que: “Es superficial y falso suponer que los sentimientos positivos sólo pueden tener consecuencias positivas y sentimientos negativos sólo pueden tener consecuencias negativas

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Schwarz puso en marcha una serie de estudios que indican que la gente utiliza los estados de ánimo de baja intensidad como fuente de información para formarse juicios y opiniones respecto a la realidad.

De sus investigaciones se extrae la conclusión de que los estados de ánimo tristes fomentan la atención en los detalles, un análisis más objetivo y crítico de las personas y las situaciones, un tiempo menor de respuesta ante los estímulos y en general una mejora de otras capacidades cognitivas como la atención o la memoria.

Aun así, todos estos estudios no deben tomarse siempre al pie de la letra ya que, como los mismos investigadores advierten, los individuos no somos esclavos de nuestros estados de ánimo y resulta muy difícil extraer conclusiones absolutas en este campo.

Lo que sí parece claro es que el ser humano posee esta amplísima gama de sentimientos como resultado de la adaptación a una enorme variedad de situaciones. No es lógico desechar y subestimar determinadas emociones simplemente porque la moda del momento así lo indica. La obsesión que tiene actualmente nuestra sociedad por la búsqueda de ese concepto tan abstracto como es la felicidad y el extenuante esfuerzo que supone lograrla a cualquier precio, puede traer inesperados efectos contrarios como el egoísmo, la superficialidad o la falta de solidaridad... Como vemos estar triste también tiene sus ventajas, y esto paradojicamente resulta un pensamiento muy positivo, así que, don't worry, be sad :)

[Si te ha interesado este artículo puedes continuar en Cuaderno de Ciencias con el post “¿Hemos descubierto por fin una utilidad del apéndice humano?”]

Referencias científicas y más información:

J. Forgas. Don’t worry, be sad! On the cognitive, motivational and interpersonal benefits of negative mood. Current Directions in Psychological Science. Vol. 22, June 2013, p. 225. doi:10.1177/0963721412474458.

J. Huntsinger. Does emotion directly tune the scope of attention? Current Directions in Psychological Science. Vol. 22, August 2013, p. 265. doi:10.1177/0963721413480364.

B. Bower. “The bright side of sadnessScience News. 18 octubre 2013

B. Bower. Sometimes, happiness is for bozos. Science News, 02 febrero 2011

Schwarz, N., & Clore, G. L. Mood as information: 20 years later. Psychological Inquiry, 14, 296-303.