¿Cuántas especies quedan por descubrir en el mundo?

Una cuestión que siempre despierta mucho interés entre los biólogos (y entre los que no lo son) es la de cuántas especies existen actualmente en el planeta. Un estudio reciente cifra ese número total en 8,8 millones. De ellas, sólo 1,9 millones se conocen actualmente.

Las últimas descritas para la ciencia son hallazgos curiosos: un pez-sapo psicodélico (llamado así por sus extraños patrones de coloración), una langosta peluda de muy pequeño tamaño, y una serpiente que tiene el mérito de ser la más pequeña conocida. Todas han sido encontradas en lugares exóticos, pero los autores del trabajo piensan que muchas pueden haber pasado desapercibidas en sitios ya conocidos.

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Nadie pone en duda la importancia de conocer la biodiversidad de nuestro planeta. El famoso biólogo y conservacionista Edward O. Wilson lleva muchos años recordándonos que en el descubrimiento de un nuevo ejemplar desconocido se puede encontrar la cura de muchas enfermedades o recursos alimenticios importantes para futuras generaciones.

El pragmatismo no es la única razón para estudiar la biodiversidad. Tratar de entender cómo funciona para poder seguir viviendo en ella es otro buen motivo, o conocer todas las posibilidades que la naturaleza ha explorado, por ejemplo. Una famosa anécdota

sobre este tema tiene como protagonista a J.B.S. Haldane, discípulo del mismísimo Charles Darwin. Haldane era conocido como el mayor especialista en escarabajos de Inglaterra. Los coleópteros, el grupo al que pertenecen, es el que tiene más especies entre los animales. En una reunión social, el obispo de Westminster le preguntó, sabiendo que era ateo, si había aprendido algo sobre Dios con sus estudios. Su respuesta fue: "Tardó seis días en hacer el mundo, pero se entretuvo mucho con los escarabajos".

La duda surge cuando se intenta poner cifra esa biodiversidad. El trabajo del que hablamos ha utilizado una serie de complejos modelos matemáticos para calcular el número total de especies basándose en las conocidas. Y ahí empiezan los problemas.

Y es que en biología hay dos definiciones para especie: la especie evolutiva y la especie taxonómica. Cuando dos organismos son suficientemente distintos como para ser diferenciados, se considera que pertenecen a la misma especie taxonómica. Evolutivamente, dos individuos pertenecen a distintas especies cuando sus híbridos son estériles. Para ejemplificarlo, tigres y leones son dos especies, pero sus híbridos son fértiles, perteneciendo a la misma rama evolutiva. Los estudios genéticos han ayudado mucho en estas disputas, pero en las listas seguimos encontrando mezclados los dos tipos de especies.

El siguiente problema es que toda esta clasificación es descrita y catalogada por científicos que no siempre tienen los mismos criterios. Algunos autores, por ejemplo, son bastante reacios a considerar nuevas especies, salvo que las diferencias sean muy llamativas. Otros, por el contrario, tienden a describir nuevas especies con mucha facilidad. Por desgracia, estas diferencias no siempre tienen que ver con criterios científicos, y es que los investigadores jóvenes, que necesitan aumentar su currículo para asegurarse una posición, suelen pertenecer al segundo grupo.

Por si no fuera poco, para terminar de complicar las cosas están los microorganismos. Todo lo que hemos contado hasta ahora es aplicable a animales y plantas, con matices en los hongos. Sin embargo, estos criterios no funcionan con las bacterias y otros organismos similares: con las mismas diferencias genéticas con las que dos animales pertenecerían a dos especies, en bacterias se consideran cepas. Y eso que no nos hemos metido en el debate de si los virus son seres vivos o no...

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