¿Legalizamos la prostitución, pues?

Carme Chaparro

 

 

¿Legalizamos la prostitución, pues?

 

¿Legalizamos la esclavitud también? En la pobreza no hay libertad.

 

Prostitutas. Esclavas

 

Víctimas del segundo negocio ilegal más rentable del mundo: la trata de blancas.

 

La policía calcula que un ochenta por ciento de las mujeres que venden su cuerpo lo hacen obligadas. Son esclavas sexuales. Traídas a España por las poderosísimas redes de trata de blancas. Es el segundo negocio ilegal más importante del mundo-, por encima incluso del tráfico de drogas y sólo superado por el de armas. Raptar y esclavizar personas, sobre todo con fines sexuales, mueve al año, en el mundo, 32.000 millones de dólares. Dos millones y medio de mujeres y niñas son sus víctimas, según la ONU. 

 

 

A algunas las secuestran. A otras les prometen la entrada a un mundo mejor, con un trabajo remunerado digno que permita alimentar a sus familias en sus lugares de origen: serás camarera, o peluquera, o maestra, les dicen, pero en realidad las encierran en un burdel. En la pobreza, recordad, no hay libertad. Todas ellas, una vez en Europa, o Estados Unidos, o Rusia, o cualquier otro país en el que los hombres puedan permitirse pagar por ellas, son esclavizadas y explotadas más allá de los límites de la indecencia. Si no te portas bien, si no excitas a los clientes, si no realizas un servicio tras otro tras otro tras otro, mataremos a tu familia. Les quitan la documentación, las encierran, las drogan, las obligan a practicar diez, quince, veinte servicios sexuales al día. Un cliente tras otro. Y un poquito más de droga para aguantar. Y para dominarlas.

 

Evidentemente no hay cifras oficiales, pero se calcula que uno de cada cuatro españoles ha contratado alguna vez el servicio de una prostituta, y que, al mes, se realizan más de un millón de servicios sexuales en nuestro país. Los hombres españoles gastan unos 50 millones de euros diarios en las 300.000 mujeres que se prostituyen, según un informe presentado hace tres años en el Congreso de los Diputados. 

 

Y, la mayoría de esos hombres, contratan esclavas.

 

Y esas esclavas existen porque hay demanda. Porque cientos de miles de hombres en España contratan sus servicios.

 

Él llama al timbre de un piso anodino del centro de Madrid. Entra, escoge una chica y paga. Apenas unos minutos después sale de la casa. Se siente mejor. Nada más le importa y nada más quiere ver. Mientras tanto, ella espera –dolorida, resignada, aturdida- a que otro hombre -¿cuántos van ya?, ha perdido la cuenta- cruce la puerta de su habitación. No sabemos su nombre, pero sí que es muy joven. Que la trajeron hace poco de China. Y que es una esclava. Sexual. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, sin descanso. Un hombre tras otro y una pastilla de ketamina tras otra. Barra libre de un potente anestésico veterinario, a cuenta de sus explotadores, para no protestar, para no sentir, para aguantar sin descanso un cuerpo tras otro.

“Chinitas. 40 € y 60 €. 24 horas. Calientes. Nuevas en la ciudad”.

Esclavas. Con hombres que las compran.