Arte secreto

La trágica historia de una fragata llamada ‘Medusa’

'La balsa de la Medusa', de Théodore Géricault | Crédito: Wikipedia.

‘La balsa de la Medusa’ (1818-19) es sin duda alguna la pintura más famosa de Géricault, no sólo por su indudable calidad artística, sino también por representar a la perfección la eclosión del Romanticismo.

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Este gigantesco lienzo –mide casi 5 metros de altura por 7 largo–, se expone hoy en el museo del Louvre, pero desde su creación gozó de un notable éxito –y también generó una gran polémica, como veremos–, hasta el punto de que fue premiada con una medalla de oro en el Salón de París de 1819.

El joven pintor galo, que contaba entonces con 27 años, presentó su ambiciosa obra bajo un título diferente –‘Escena de un naufragio’– con la intención de burlar la censura, ya que el lienzo plasmaba un tema entonces de candente actualidad y que había puesto en el punto de mira a la restaurada monarquía borbónica, representada por Luis XVIII.

El terrible suceso –el naufragio de la fragata ‘Méduse’, de ahí el nombre actual de la pintura– había tenido lugar en el verano de 1816, cuando varios barcos franceses transportaban tropas, colonos y científicos  al puerto de Saint-Louis, en la costa de Senegal, una colonia que Francia había recuperado con el fin de las Guerras Napoleónicas.

La fragata estaba al mando del comandante Hugues Duroy de Chaumareys, un fervoroso monárquico que no se había hecho a la mar desde los tiempos del Antiguo Régimen, y que desoyó continuamente los consejos de sus oficiales, mucho más experimentados que él.

La incompetencia de Chamareys no sólo le llevó a dejar atrás al resto de embarcaciones –la ‘Medusa’ era el navío más rápido–, sino que el comandante se empeñó en escuchar las sugerencias de un tal Richefort, un pasajero que aseguraba conocer a fondo aquellas aguas y que les desvió unos 100 kilómetros de su ruta.

El resultado, tal y como temía los oficiales, fue desastroso: el 2 de julio de 1816 la fragata encalló en un banco de arena, para desesperación de la tripulación y los pasajeros (en total casi 400 personas). Tras los primeros intentos –infructuosos– por sacar la nave de allí, los marinos idearon una solución: construirían una gran balsa en la que depositar parte de la carga, y así aligerar a la ‘Medusa’, facilitando su liberación.

Reconstrucción de la balsa utilizada por 152 náufragos de la 'Medusa' | Crédito: Wikipedia.

Por desgracia aquella idea fue también un fracaso, y la desesperación se apoderó de la tripulación. Tanto el comandante Chaumareys como otros marineros y pasajeros se dejaron llevar por el pánico y acabaron por entregarse al alcohol, emborrachándose y empeorando la situación, pese a los esfuerzos de los oficiales por mantener el control.

Así, el 4 de julio se decidió abandonar la ‘Medusa’, repartiendo a la gente entre los distintos botes salvavidas (con una capacidad máxima de 250 personas) y la enorme balsa –de veinte metros de longitud– construida inicialmente para librar de peso a la fragata.

El plan era intentar recorrer los 60 kilómetros que les separaban de la costa de la actual Mauritania y poner a todo el mundo a salvo. Para ello, los distintos botes salvavidas debían remolcar la balsa –en la que estaban 152 personas–, pero los amarres se soltaron (no se sabe si fue un accidente o algo intencionado) y la improvisada embarcación quedó abandonada a su suerte, ya que Chaumareys decidió continuar.

En la fragata encallada, además, habían quedado otros diecisiete hombres, confiados en que serían rescatados pronto. Por desgracia, la realidad sería muy distinta.

Mientras aquellas 152 vidas quedaban a merced del mar a bordo de la balsa –el pánico se extendió entre ellos rápidamente, provocando numerosos suicidios y asesinatos debido a la escasez de víveres–, quienes viajaban a bordo de los botes salvavidas tuvieron algo más de suerte.

Dibujo de época en el que se representa la partida de los náufragos en botes salvavidas | Crédito: Wikipedia.

Una parte de ellos alcanzó tierra y sus tripulantes se aventuraron en el peligroso desierto. Aunque algunos de ellos murieron, tras dos semanas de travesía se encontraron con una caravana que los auxilió.

El resto de botes, entre los que estaba el incompetente Chaumareys, lograron llegar al puerto de Saint-Louis, donde se reunieron al fin con el resto del convoy, formado por los barcos ‘Écho’ y ‘Argus’. El comandante envió a este último buque en busca de los restos del naufragio, pero no porque creyese que iba a encontrar supervivientes, sino porque confiaba en rescatar varios barriles cargados de oro.

Cuando el ‘Argus’ encontró la balsa de la ‘Medusa’ –la pintura de Géricault está representando el dramático momento en el que los supervivientes avistan el barco salvador a lo lejos, temiendo no ser vistos–, sólo quedaban con vida quince personas, y cinco de ellas murieron durante el traslado a Saint-Louis.

Durante las casi dos semanas que aquellos desgraciados quedaron a la deriva sobre la balsa los náufragos fueron muriendo poco a poco por ahogamiento, deshidratación, violencia e infecciones. La situación fue tan dramática que los supervivientes se vieron incluso obligados a practicar el canibalismo con los restos de sus compañeros para seguir con vida.

Los diecisiete hombres que habían quedado en la fragata encallada no corrieron mejor suerte. Cuando al fin llegaron para rescatarles el 4 de septiembre (dos meses después de la partida de la balsa y los botes salvavidas), sólo tres personas seguían con vida.

En Francia la tragedia se convirtió en un escándalo, pues se acusó a la monarquía de indiferencia por el bienestar de sus súbditos y se puso en evidencia que un ‘realista’ escogido a dedo pese a su ineptitud había desencadenado el desastre.

Un detalle de la pintura | Crédito: Wikipedia.

El escándalo saltó a la prensa a través del testimonio de dos supervivientes, el cirujano Savigny y el ingeniero Corréard, que llegaron a publicar un libro contando su versión de lo ocurrido. Apenas unos meses después de los hechos, en marzo del año siguiente, el comandante Chaumareys fue juzgado y declarado culpable. Aunque se le retiró su cargo y sus condecoraciones navales, el noble logró evitar la pena de muerte, siendo sentenciado a tres años de prisión.

Con aquellos antecedentes, no es de extrañar que Géricault intentase burlar a la censura evitando dar a su pintura un título alusivo a la ‘Medusa’. En cualquier caso, todo el mundo en Francia sabía a la perfección a qué se estaba refiriendo.

Con el fin de obtener los resultados más realistas posibles, Géricault construyó una especie de balsa en su estudio e hizo bocetos y apuntes del mar embravecido en la costa de Normandía. Además, el artista acudió al depósito de cadáveres para realizar estudios anatómicos de los muertos y plasmarlos en la obra.

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El resultado es una obra imponente que hoy, casi doscientos años después de su realización, sigue sobrecogiendo como el primer día, en especial si tenemos en cuenta los dramáticos hechos que inspiraron a Géricault.