Arte secreto

La azarosa historia de los caballos de San Marcos

Los célebres caballos de San Marcos –copias de los originales–, en Venecia | © Javier García Blanco.

Llevan tanto tiempo en la ciudad de los canales –ocho siglos, con excepción de un breve paréntesis de dieciocho años–, que da la impresión de que conocemos hasta sus secretos más íntimos. En realidad, sucede todo lo contrario. Los célebres caballos de la basílica de San Marcos constituyen, aún hoy, un notable acertijo para los investigadores.

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De hecho, ni siquiera son lo que aparentan. Pese a su aspecto y color tan característico, los cuatro caballos –originalmente debieron formar parte de una cuadriga triunfal– no fueron realizados en bronce, como parece a primera vista, sino que los análisis han revelado que están compuestos por cobre en casi un 97 por ciento.

Gracias a los estudios más recientes –completados durante la restauración que se realizó a comienzos de la década de los 80 del siglo pasado– ya no hay duda sobre su composición, pero no ocurre lo mismo con otras cuestiones. Y es que aunque pueda sorprender, a día de hoy no se sabe cuándo, dónde ni con qué finalidad fueron fundidas estas bellas estatuas ecuestres.

Lo único que se sabe a ciencia cierta es que la imponente “cuadriga triunfal” estaba en Constantinopla –donde llevaba al menos un par de siglos–, en el año 1204. Parece ser –tampoco esta cuestión es segura, aunque suele darse por confirmado– que en aquella fecha decoraba el famoso Hipódromo de la capital bizantina, de donde fue tomada por el ejército veneciano durante el saqueo de la ciudad en la Cuarta Cruzada.

Un antiguo texto en griego datado hacia el siglo IX, el ‘Parastaseis syntomoi chronikai’ (‘Breves notas históricas’) menciona la presencia de unos caballos dorados en el hipódromo y asegura que “habían llegado desde la isla de Quíos en época de Teodosio II, es decir, en la primera mitad del siglo V.

Por desgracia, no tenemos la certeza de que la cuadriga mencionada en el texto sea la misma que hoy está en Venecia y, aunque así fuera, la cita únicamente sirve como prueba de que en aquella época se creía que ese era el origen de las hermosas esculturas.

La cuadriga original, hoy en el interior de la basílica veneciana | Crédito: Wikipedia.

En cualquier caso, la antigua crónica bizantina aporta escasas pistas sobre los orígenes de la pieza. Y aunque desde el Renacimiento no han faltado propuestas para responder a la incógnita de su antigüedad y autoría –su gran calidad ha llevado a sugerir que sus autores fueron Praxíteles, Lisipo, Mirón o el mismísimo Fidias–, la cuestión parece lejos de resolverse.

Los estudios de las últimas décadas habían arrojado un margen demasiado amplio sobre la fecha de su manufactura: entre los siglos IV a.C. y IV de nuestra era. Sin embargo, los hallazgos sobre su composición y la técnica empleada parecen apuntar a un origen más bien romano y no griego.

En cualquier caso, de lo que no hay duda es de que en el año 1204 las tropas venecianas se apropiaron de la valiosa pieza y, siguiendo órdenes del dogo Enrico Dandolo, la trasladaron a la ciudad de los canales, donde se instaló en la fachada principal de la basílica de San Marcos.

En Constantinopla las estatuas habían sido un poderoso símbolo del poder imperial, y en la ciudad italiana sucedió otro tanto, aunque en este caso sirvió proclamar la gran gloria de la República veneciana. Por esta razón, no es de extrañar que cuando Napoleón se hizo con el control de la ciudad en el año 1797, decidiera llevarse consigo a París aquel símbolo asociado al poder, cuya historia se remontaba a la Antigüedad clásica y al Imperio Romano.

Si el dogo de Venecia había colocado los caballos en la basílica de San Marcos, Bonaparte decidió situarlos sobre el Arco de Triunfo del Carrusel, construido para conmemorar sus victorias. De aquel modo, Napoleón buscaba legitimar su poder como emperador.

Grabado mostrando la retirada de los caballos por las tropas napoleónicas | Crédito: Wikipedia.

Antes de la construcción del arco, los caballos estuvieron expuestos al público, acompañados de una cartela en la que se podía leer una explicación claramente propagandística de su presencia en la capital gala:

“Llevados desde Corinto a Roma, de Roma a Constantinopla, de Constantinopla a Venecia, de Venecia a Francia: ¡están al fin en un país libre!”.

Allí estuvieron hasta el año 1815 cuando, tras la derrota del militar y gobernante corso, el emperador de Austria encomendó al capitán británico John William Dumaresq la tarea de devolver los caballos –y el león alado de la ‘piazzetta’ de San Marcos, que había sido ubicado enfrente del palacio de Los Inválidos–, a la ciudad de Venecia.

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Desde entonces y hasta la fecha –con excepción de una breve exposición itinerante que en 1981 viajó por París, Londres, Nueva York y México D.F.–, la singular cuadriga triunfal vuelve a descansar en la basílica de San Marcos, aunque ahora lo hace en la exposición permanente del interior, pues los caballos que ven los turistas desde la concurrida plaza veneciana son una réplica creada para proteger a la original de las inclemencias del tiempo.

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