Arte secreto

El viaje más largo del “tesoro” del Prado

Camiones cargados de obras de arte circulando por el centro de Madrid | Crédito: Exposición 'Arte Protegido'

A las terribles pérdidas de vidas humanas que provocan todas las guerras se suman siempre otros muchos daños materiales y, entre ellos, se encuentra la destrucción del patrimonio histórico y artístico, como por desgracia se ha podido comprobar los últimos años en lugares como Irak o Siria, por citar sólo dos ejemplos.

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En este blog hemos hablado en varias ocasiones del saqueo al que se vieron sometidas distintas colecciones de toda Europa como consecuencia del insaciable “apetito” artístico de Adolf Hitler, pero algunos años antes el patrimonio español había sufrido también los horrores de la Guerra Civil.

Inmediatamente después de la sublevación de los rebeldes en julio de 1936, en muchas zonas republicanas la rabia de la población se tradujo en ocasiones en ataques a bienes eclesiásticos y de la nobleza, con la consiguiente destrucción de algunas piezas artísticas.

Por suerte, apenas unos días después del golpe de estado, el gobierno legítimo, siguiendo una iniciativa de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, creó la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Histórico –más tarde Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional–, un organismo que se esforzó desde el primer momento por proteger el patrimonio nacional de saqueos y destrucciones incontroladas, así como de los bombardeos del ejército franquista.

En pocos meses los responsables de la Junta habían logrado establecer un eficaz sistema de protección de obras de arte, consiguiendo salvar, tan sólo en Madrid, más de 20.000 pinturas, 12.000 esculturas y cerca de dos millares de tapices, además de un sinfín de piezas arqueológicas, libros y manuscritos.

A pesar de los denodados esfuerzos de los miembros de la Junta, con el avance de las tropas franquistas y el comienzo de los bombardeos y el fuego de artillería sobre la capital de España pronto resultó evidente que las piezas más valiosas del patrimonio corrían peligro de desaparecer bajo el fuego del ejército nacional.

Mapa con los distintos traslados que sufrió el 'tesoro' del Prado | Crédito: Exposición 'Arte Protegido'

Así, coincidiendo con el traslado del Gobierno a Valencia el 6 de noviembre, se ordenó trasladar a la capital levantina una selección de las obras maestras más importantes del Museo del Prado.

Entre ellas se encontraban buena parte de las pinturas que hasta entonces colgaban de los muros de la llamada ‘galería central’ de la pinacoteca, con obras de maestros de la talla de Goya, Velázquez, Rubens, Durero, Tiziano o Tintoretto.

El Prado llevaba cerrado de forma preventiva desde finales de agosto de ese año, y sus responsables se habían encargado de ocultar en los sótanos todas las pinturas, así como de proteger el edificio con sacos terreros y refuerzos ante la posibilidad de que sufriera el impacto de los proyectiles nacionales.

Y, en efecto, el 16 de noviembre se produjo un bombardeo de la aviación rebelde que alcanzó a la pinacoteca. Por suerte los proyectiles solo causaron daños a un relieve del siglo XVI y a parte de los cubrimientos del edificio.

Para entonces, además, ya se había iniciado el delicado traslado de las “joyas” más selectas del museo. Con la ayuda de varios camiones militares, entre el 5 de noviembre de 1936 y el 5 de febrero del año siguiente un total de veintidós convoyes pusieron a salvo algunas de las obras más importantes de la historia del arte occidental: un total de 391 pinturas, más de un centenar de dibujos de Goya y otras muchas piezas.

Una vez en la capital del Turia, las valiosas obras fueron ubicadas en dos localizaciones distintas: el llamado Colegio del Patriarca y, de forma más especial, en las Torres de Serranos, edificio éste que literalmente se “blindó” ante la eventualidad de un posible bombardeo enemigo.

El grueso del Tesoro Nacional –al que se fueron sumando lienzos procedentes de El Escorial, el Museo de Arte Moderno, la Academia de Bellas Artes de San Fernando o el Palacio Real– permaneció en Valencia hasta comienzos de 1938, cuando el avance de las tropas franquistas hizo necesario su traslado a Cataluña, donde ya se encontraba el Gobierno republicano.


Así, las miles de obras de arte volvieron a cambiar de ubicación, y esta vez se ocultaron en las minas de La Vajol, el castillo de Peralada y el castillo de San Fernando (Figueres), en la provincia de Girona. Allí permanecieron hasta enero del año siguiente cuando, de nuevo a causa de la amenaza franquista, comenzaron un nuevo viaje, en esta ocasión al extranjero.

Para aquellas fechas se había creado ya el Comité Internacional para el Salvamento de los Tesoros de Arte Españoles, un organismo compuesto por directores y conservadores de museos de todo el mundo, y a comienzos de febrero de 1939 sus representantes consiguieron firmar un acuerdo con el Gobierno de la República para que las obras se pusieran a salvo en Ginebra.

Así fue como en aquellos primeros días de febrero se procedió a trasladar las cerca de dos mil obras de arte, que fueron transportadas hasta Perpiñán a bordo de 71 camiones y, desde allí, mediante un tren que las llevó a la ciudad suiza, donde quedaron custodiadas en la sede de la Sociedad de Naciones.

Ya concluida la Guerra Civil, la colección permaneció un tiempo en Ginebra donde, en el verano de 1939, se celebró una exitosa exposición bajo el título de ‘Obras maestras del Museo del Prado’. Para aquel entonces Suiza ya había reconocido el nuevo gobierno de Franco, y en septiembre de ese mismo año –tras las gestiones del artista Josep María Sert, afín al régimen– la colección puso rumbo a España.

El regreso –realizado íntegramente en tren esta vez– no estuvo exento de peligros. Para entonces ya había estallado la II Guerra Mundial, y el tren tuvo que viajar sin luces durante la noche, para evitar un posible bombardeo alemán durante el trayecto por suelo galo.

Por suerte no hubo incidentes, y el insólito convoy –que algunos estudiosos han calificado como el tesoro artístico más grande y valioso que jamás se haya transportado– llegó a la Estación del Norte de Madrid en octubre de 1939.

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Las miles de obras maestras habían sobrevivido, prácticamente intactas, a los peligros de una de las guerras más cruentas del siglo XX. Una labor que parecía imposible pero que se convirtió en realidad gracias al trabajo y al valor de cientos de personas que, en mitad del drama que supone un conflicto bélico, supieron apreciar el valor de nuestro patrimonio y arriesgaron sus vidas para protegerlo.

Fuentes: Catálogo exposición ‘Arte Protegido’, Documental ‘Las cajas españolas’ y Museo del Prado.