Arte secreto

El Tríptico Portinari, la lúgubre ‘Adoración’ de Hugo van der Goes

Las tres tablas del 'Tríptico Portinari' | Crédito: Wikipedia.

Junto con las escenas del bautismo o la Pasión, las representaciones del nacimiento de Cristo –y la habitual adoración por parte de los pastores y los Reyes Magos están entre las más abundantes de toda la historia del arte occidental.

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Uno de los ejemplos más singulares y hermosos que se conservan se encuentra hoy en Florencia, en la célebre Galería de los Uffizi. La pieza en cuestión, la más famosa de las realizadas por el pintor flamenco Hugo van der Goes, es una obra de grandes dimensiones (seis por tres metros, sumando las tres tablas que la componen) conocida como Tríptico Portinari.

La obra maestra fue encargada a finales de la década de 1470 por el banquero italiano Tommaso Portinari –de ahí el nombre del tríptico–, representante en Brujas de la poderosa familia Medici, cuyo banco dirigía en la ciudad flamenca, y miembro de la corte de Carlos el Temerario, duque de Borgoña.

Algunos años después de su conclusión, el tríptico fue trasladado por barco hasta Italia, llegando a Florencia el 28 de mayo de 1483, fecha en la que se colocó –con ayuda de dieciséis hombres, dadas sus enormes dimensiones– sobre el altar de la iglesia de San Egidio, perteneciente al hospital de Santa Maria Nuova, fundado por la familia Portinari casi doscientos años antes.

El tríptico representa la adoración del niño Jesús por parte de la Virgen, san José, los ángeles, los pastores y los Reyes Magos, siguiendo las descripciones que había realizado un siglo antes la mística Brígida de Suecia, una santa católica que aseguraba sufrir visiones extáticas sobre las vidas de Cristo y la Virgen María.

Esta es sólo una de las peculiaridades de la obra, pues además de su impactante belleza y realismo, el tríptico –la única pieza documentada de Hugo van der Goes– está plagado de un rico y complejo simbolismo –algo habitual en la pintura flamenca del momento–, y posee una singular atmósfera lúgubre, muy diferente de la sensación que transmiten otras ‘adoraciones’, más alegres y triunfales.

En las tablas laterales aparecen el encargante, su esposa y sus hijos (él y los dos varones en la izquierda, y ella con la niña en la derecha) acompañados por sus respectivos santos patronos. Las figuras de los santos son casi el doble de grandes, pues en la época el tamaño reflejaba simbólicamente la importancia de los personajes.

Detalle de los pastores, con su marcado y expresivo realismo | Crédito: Wikipedia.

En la parte superior de la tabla izquierda, además, aparece la escena de san José y la Virgen camino de Belén, mientras que en la derecha se muestra la llegada de los Reyes Magos.

La tabla central, en la que aparece el niño Jesús sobre el suelo –rodeado de las figuras de la Virgen, san José, varios ángeles y los pastores–, es la que goza de un simbolismo más rico y complejo.

En primer lugar destacan las figuras de los pastores. Por una parte su realismo es mayor que el del resto de los personajes (son los únicos, además, que muestran gestos de sorpresa, frente a la comedida admiración del resto) y por otra su tamaño transgrede la “norma” de adjudicar mayores dimensiones a los personajes sagrados, pues aquí superan en talla a los ángeles de la escena.

Es en la parte inferior de la tabla, sin embargo, donde se encuentra el simbolismo más llamativo. En la izquierda, bajo los pies de san José, vemos una sandalia suelta que alude a un pasaje del ‘Éxodo’ en el que Dios le dice a Moisés: “Quítate las sandalias, pues estás pisando tierra santa”.

Justo en el centro de la pintura, entre los ángeles, aparece un magnífico bodegón –tan destacable por su perfección técnica y su realismo que bien podría constituir por sí solo una pintura– formado por dos jarrones con flores y un fajo de trigo.

El trigo –con el que se obtiene pan– es un símbolo del cuerpo de Cristo, mientras que las distintas especies de flores, con su número y color, están relacionadas también con la vida de Jesús. Así, los tres claveles rojos son un aviso de los tres clavos de la cruz y de la sangre del crucificado, mientras que las violetas aluden a la humildad, los lirios al dolor y la pureza de la Virgen y la ‘colombina’ al Espíritu Santo.

Más siniestro es el simbolismo de la columna que separa a san José del buey y el asno –los mismos que Benedicto XVI ‘eliminó’ recientemente del Belén–, pues su presencia está anunciando el episodio de la flagelación.

Un 'bodegón' cargado de simbolismo religioso | Crédito: Wikipedia.

Igualmente tétrica es la imagen, casi imperceptible, de una criatura monstruosa que surge entre la oscuridad, sobre la cabeza del buey, desplegando una garra amenazadora y abriendo la boca para mostrar unos temibles colmillos. Es un símbolo del diablo, del mal que amenaza a Cristo desde el momento mismo de su nacimiento.

Por último, el aire lúgubre y carente de alegría de la pintura se ha interpretado de dos formas: por una parte como un reflejo del momento histórico que se vivía en el Ducado de Borgoña –donde vivían el pintor y el encargante–, después de que Carlos el Temerario hubiera sido derrotado por las tropas suizas confederadas.

La otra hipótesis se centra en el ánimo del propio pintor. Gracias a diversos documentos históricos, y en especial al texto redactado por un monje, sabemos que Hugo van der Goes sufrió agudas “crisis de melancolía” (depresiones nerviosas) en los últimos años de su vida.

De hecho, el pintor se retiró a un monasterio próximo a Bruselas poco después de terminar el tríptico, donde se convirtió en hermano seglar. Aunque durante un tiempo continuó pintando, su estado mental empeoró rápidamente, llegando incluso a intentar quitarse la vida, tal y como cuenta el monje Gaspar Ofhuys –enfermero del cenobio– en sus escritos.

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El pintor murió dos años más tarde, aún dominado por la tristeza y la depresión, cuando sumaba apenas 42 años de edad. Sin embargo, su talento no se extinguió con él, pues el imponente tríptico Portinari, ya en Florencia, acabó influyendo a buen número de artistas, entre los que destacan genios de la talla de Botticelli o Leonardo da Vinci.