Una cueva con “entrada de la muerte” se convirtió en el cementerio de numerosas especies

Apuntes de Naturaleza

En Paleontología resulta común encontrar yacimientos con muchas especies pero con los restos mal conservados, o esqueletos en muy buen estado pero de unos pocos animales. Sin embargo, en la excavación de Batallones-1, a unos pocos kilómetros de Madrid, se han juntado ambos factores: restos perfectamente conservados de una gran cantidad de especies, sobre todo de carnívoros.

Entre los animales que se han podido recuperar hay dos especies de tigres de dientes de sable (Promegantereon ogygia y Machairodus aphanistus), un antecesor del panda rojo (Simocyon batalleri), una hiena (Protictitherium crassum), y un anficiónido o perro-oso (Magericyon anceps).

Todos estos restos se encuentran en un estado de conservación realmente destacable. Generalmente, cuando se encuentran agrupaciones de fósiles de especies tan distintas, el orígen suele ser catastrófico. Es decir, un alud o una riada con gran cantidad de sedimentos tuvo lugar justo antes de la muerte de los animales y por eso aparecen reunidos.

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Cuando ocurre esto, los huesos que se encuentran resultan dañados. Y especialmente los cráneos, que son más delgados y ligeros que el resto del esqueleto. Pero en el caso de Batallones no es así. Casi no existen fracturas, y la mayoría de los cráneos están intactos.

Este hecho sorprendió a los investigadores. Pero lo que más les llamó la atención, y lo que hizo que determinasen que el orígen no podía ser de tipo catastrófico, era la casi total ausencia de herbívoros. El 98% de las especies encontradas eran depredadores.

Entonces, ¿cómo se reunieron animales que en vida luchan y compiten por los recursos, para morir en un lugar que, además, ha permitido conservar excepcionalmente bien sus restos? La explicación que han encontrado los científicos resulta bastante sencilla.

Cuando estos animales vivían, hace unos 10 millones de años, la zona del yacimiento era una cueva que se formó por el lavado de las arcillas. Funcionaba como un cuello de botella: los depredadores entraban en ella buscando comida o bebida y una vez dentro no podían salir, ya que las paredes resultaban demasiado empinadas y resbaladizas.

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Los que no entraban eran los herbívoros, o al menos – tal y como se puede deducir por los restos fósiles – procuraban evitarlo. Para un animal acostumbrado a ser presa de otros, esta cueva era una trampa mortal. Así que los carnívoros que quedaban dentro morían de hambre. Y sus restos servían como reclamo para carroñeros como las hienas.

En este yacimiento aún queda mucha información por conocer. Antes de publicar este estudio, ya había sido noticia por el hallazgo del antecesor mejor conservado de un panda rojo, y por la presencia de un pariente del elefante africano (Tetralophodon longirostris).