Apuntes de Naturaleza

Nuestras manos pudieron evolucionar para ser puños

Imagen propiedad de Denise Morgan, de la University of Utah.Imágen propiedad de Denise Morgan, de la University of Utah

Si comparamos nuestras manos con las del resto de primates, parece muy claro que nuestra historia evolutiva ha ido encaminada a mejorar la destreza con la que manejamos distintas herramientas. Nuestros dedos son más cortos que los de nuestros parientes evolutivos, salvo el pulgar que es propocionalmente más largo y está situado en un ángulo distinto. Pero ¿y si la razón fuese completamente distinta, y si nuestras manos hubiesen evolucionado para utilizarse como armas?

Esta es la conclusión a la que han llegado un equipo de investigadores de la Universidad de Utah, en Estados Unidos. Según explican en su trabajo, nuestras manos se han ido adaptando para poder formar un puño. Y esto es así porque un puño maximiza el daño que podemos realizar al lanzar un golpe.

Para llegar a estas conclusiones, los científicos han realizado tres experimentos distintos. En todos ellos han contado con la colaboración de 10 hombres adultos, todos ellos entrenados en artes marciales.

El primer experimento consistió en calcular la fuerza ejercida por cada uno de los individuos en distintos tipos de golpe, algunos de ellos con la mano abierta y otros formando un puño. En la gran mayoría de los casos la fuerza ejercida era la misma. Lo que cambiaba era la superficie sobre la que se aplicaba dicha fuerza. Un puño tiene, aproximadamente, un tercio de la superficie de la mano abierta. Por lo tanto, el impacto es mucho mayor.

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Los dos siguientes experimentos servían para comprobar si el tener un pulgar más largo serviría también para proteger al resto de dedos durante los impactos. Para comprobar esto midieron los posibles daños sobre el nudillo del dedo índice, y cómo la fuerza se transmite entre los dedos y el pulgar.

En los dos casos, los resultados fueron muy claros. Los humanos podemos formar un puño de una manera que es imposible para cualquier otro simio. Y esta configuración protege los dedos de posibles roturas y lesiones durante una pelea.

Con todos estos datos, los científicos han llegado a la conclusión de que nuestras manos están perfectamente preparadas para lanzar puñetazos, y que la evolución no sólo ha ido modificando nuestras extremidades para mejorar nuestra destreza.

Lo que no está tan claro es si nuestras manos evolucionaron para servir como armas, pero las modificaciones fueron compatibles con utilizar herramientas, o si el proceso fue al revés. O si incluso ambas cosas no han sido más que casualidades: al adaptarnos a correr, los dedos de los pies se tuvieron que acortar, y al mismo tiempo el pulgar del pie se alargó.

De esta manera se mejora la estabilidad durante la carrera. Y dado que las modificaciones en los dedos de los pies obligan a una modificación igual en las manos, nuestras extremidades superiores terminaron convirtiéndose en las armas perfectas, y en nuestras mejores herramientas.

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Las implicaciones de este tipo de artículos y experimentos son muy importantes. Desde hace mucho tiempo existe un debate entre los especialistas en evolución humana y etología – la ciencia que estudia el comportamiento– sobre si la agresividad es innata a nuestra especie.

Existen casi tantos argumentos a favor como en contra de las dos posturas, y no parece que sea un problema que se vaya a resolver en un periodo breve de tiempo. En lo que sí están de acuerdo la mayoría de defensores de ambas posturas es que, en nuestro caso, tenemos la capacidad de superar los comportamientos innatos, con lo que la violencia no está justificada, al menos biológicamente.