A lo largo del planeta se pescan 100 millones de tiburones cada año

Apuntes de Naturaleza

Un estudio reciente ha puesto número a una situación muy preocupante. 100 millones de tiburones son víctimas cada año de las industrias pesqueras. La mayor parte de ellos para aprovechar únicamente su aleta, que se considera un manjar en la cocina japonesa. Esta cifra da una idea del peligro al que se enfrenta este grupo biológico.

El número que dan los autores del artículo no es más que una estimación. Por desgracia, debido a que no existen datos concretos sobre capturas de tiburones, y a que una parte no poco importante de estas prácticas se realizan de manera ilegal, no se sabe con certeza la cantidad exacta. Pero los 100 millones de los que se habla no son, ni mucho menos, el máximo que se contempla. El rango va desde los 63 hasta los 273 millones.

La sobrepesca de estos animales no tiene únicamente consecuencias biológicas. Es cierto que se trata de un grupo poco conocido, en el que se están haciendo grandes avances en los últimos años. También se trata de uno de los grupos más antiguos de vertebrados, que llevan poblando nuestro planeta desde hace 400 millones de años. Todo ello resulta muy importante, pero el efecto que su extinción tendría a nivel ecológico podría ser devastador.

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Cuando pensamos en los ecosistemas, hay un factor que solemos olvidar. Un ecosistema no es únicamente un lugar físico donde se concentran una serie de organismos – a esto es a lo que se le llama hábitat – ni las poblaciones de distintas especies que allí se reúnen – a lo que se denomina comunidad. Un sistema ecológico también implica las relaciones entre sus componentes, y las funciones que en él tienen lugar.

La práctica totalidad de especies de tiburones pertenecen al grupo de los depredadores terminales. Con este término nos referimos a aquellos animales que se alimentan de otros depredadores. La función que cumplen es clara: dada su forma de vida, las especies de este grupo regulan el tamaño de las de otros depredadores. Y estos a su vez la de los herbívoros, que regulan a la vegetación – o al fitoplankton en sistemas marinos.

Al reducirse el número de depredadores terminales, se ponen en marcha una cascada de sucesos que se conocen como “Top Down effects” (efectos de arriba-abajo). Aquellos carnívoros que eran depredados por las especies que han desaparecido comienzan a cazar muchos más herbívoros, con lo que el número de éstos se reduce. A consecuencia de esto, la vegetación comienza a crecer. En el caso de sistemas acuáticos el grupo que se beneficia de esta situación es el fitoplankton, que crece casi sin medida.

El problema está en que algunas de las especies de fitoplankton son tóxicas. Cuando crecen sin control llegan a un punto en el que la competencia entre ellas aumenta demasiado, y comienzan a generar toxinas. Un ejemplo de esto son las mareas rojas.

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Si se llega a este punto, resulta muy difícil devolver al ecosistema a la situación inicial. Las consecuencias para la biodiversidad son muy importantes, pero también lo son para la economía. Los animales pescados durante las mareas rojas no son aptos para ser comidos por los humanos, se prohíben los baños en las playas ya que el agua es tóxica – lo que tiene un efecto muy negativo en el turismo. Y otras muchas consecuencias.

Los autores del artículo son relativamente optimistas. En la última década se han puesto en marcha muchas iniciativas legales para regular la pesca y el comercio de tiburones, que parece que empiezan a dar sus frutos. Eso sí, parece que el tiempo se agota.