Las moscas también sufren de indefensión aprendida

Existe una razón muy sencilla por la que los biólogos estudian ciertos comportamientos en otros animales. Por desgracia, no siempre lo explican. En esencia, si se puede encontrar el mismo patrón en animales muy distintos, antes o después se hallará qué tienen en común, cuál es la base para esta característica. Y se podrán encontrar soluciones para ello.

Un ejemplo de este enfoque lo podemos encontrar en un artículo reciente, que trata de explicar cómo se desencadenan depresiones en moscas de la fruta. Lo relevante de este trabajo es lo que nos puede enseñar sobre la depresión en el ser humano, y en concreto sobre las que provienen de la indefensión aprendida.

Este término es bastante sencillo de entender, pero realmente complejo de definir. La mejor manera de explicarlo es con un ejemplo, y a partir de ahí dar una definición. Imaginemos un animal en un laboratorio, al que se le enfrenta a un estímulo negativo y que no puede escapar. Por ejemplo, se calienta el suelo de la jaula de un ratón, todo el suelo, hasta una temperatura que resulta intolerable.

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Al principio, el ratón intentará escapar. Pero como todo el suelo ha sido calentado, irá aprendiendo que no tiene dónde huir. Pasado un tiempo, ni siquiera lo intentará. Y si se deja de calentar todo el suelo, y únicamente se eleva la temperatura de la parte que queda debajo del animal, este no se moverá. Tan sólo esperará a que pase el calor.

Es decir, cuando nos enfrentamos a una situación fuera de nuestro control y de la que no podemos huir, aprendemos a ni siquiera intentarlo. Y cuando la situación cambia, cuando sí tenemos escapatoria, ya no lo hacemos porque hemos aprendido que estamos indefensos. Llegamos a un punto en que las circunstancias consiguen que cambiemos un comportamiento innato, como es el de huir de una fuente de daño.

De hecho, el estudio llevado a cabo con moscas utiliza el calor como estímulo negativo. Los investigadores calentaban el lugar en el que estaban las moscas, y éstas aprendían que no podían huir de él. Cada vez se movían más lentamente, y al final del experimento casi ni se movían. También iban alargando las pausas que se tomaban, una clara muestra de un estado depresivo en este tipo de animales.

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Con este trabajo, los científicos han podido demostrar que la indefensión aprendida también se da en moscas, algo que ya se esperaba aunque no se había podido demostrar. La única sorpresa que encontraron estaba en la diferencia que pudieron comprobar entre machos y hembras. Las hembras tardaban mucho menos tiempo en llegar al estado de depresión que los machos, que seguían buscando una huída casi hasta el final.

La hipótesis que manejan los investigadores es que esta diferencia esté en la dotación cromosómica. Los machos y las hembras de mosca – como en otros muchos insectos – se definen de una manera muy distinta a la de los humanos. En insectos, los machos tiene un único cromosoma sexual, y las hembras dos, un sistema que se conoce como X0-XX. Parece que la diferencia en la respuesta puede estar alojada ahí.

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