Las ballenas también se ponen morenas

Algo que todo el mundo sabe, pero que nunca está de más recordar, es que el hecho de ponernos morenos es la respuesta de nuestro cuerpo a una agresión. Demasiada irradiación solar puede ser dañina, y de hecho los famosos rayos ultra-violetas son una de las principales causas de mutación genética. Para defendernos de ellos, cambia la pigmentación de nuestra piel. Pero no sólo en humanos, también en ballenas tal y como se explica en un artículo reciente.

El estudio que se publica en la revista Scientific Reports surge a partir de la observación que realizaron un grupo de científicos en las poblaciones de ballenas del Golfo de California. Cada año resultaba más común encontrar ejemplares de distintas especies de ballenas – rorcual común, rorcual azul y cachalote – con marcas en la piel que recordaban a las que dejan las quemaduras solares en humanos.

De cualquier forma, no se podía descartar que los daños en la piel tuviesen otro origen. Para poder descartarlo, los investigadores tomaron muestras de piel dañada de varios individuos de cada una de las especies. Y los resultados confirmaron lo que ya sospechaban: no había ningún agente infeccioso presente en las heridas. Es decir, ni virus ni bacterias eran los responsables de las marcas.

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El siguiente paso fue estudiar por separado a cada una de las especies, pero con el mismo método y protocolo. De esta manera los datos se podrían comparar, lo que daría una visión general de todo el asunto.

Lo que quedó claro es que los daños en la piel dependen de la pigmentación propia de cada especie, y de sus hábitos. Esto no resulta en absoluto sorprendente; a fin de cuentas ocurre igual en otras especies que también “se ponen morenas”.

Los más sensibles a la radiación solar resultaron ser los rorcuales azules (Balaenoptera musculus), que son los que tienen niveles de pigmentos más bajos. En este caso, los daños llegaban a afectar a las mitocondrias, los orgánulos celulares responsables de la respiración celular. Estas piezas de la maquinaria celular tienen su propio ADN, que resultaba afectado.

Las otras dos especies tienen mayor protección frente al sol, mayor aún en el rorcual común (Balaenoptera physalus) que en el cachalote (Physeter macrocephalus). Estos dos cetáceos cuentan también con mecanismos para “disparar” una respuesta genética de estrés: cuando detectan que están recibiendo mucha radiación aumentan rápidamente sus niveles de pigmentos, oscureciendo su piel.

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Lo que los científicos no han podido demostrar – y en lo que ya están trabajando – es si estos daños epiteliales pueden provocar cáncer. Desde luego, es lo que ocurre en el otros muchos animales, y lo que por toda lógica debería ocurrir. Aún así, resulta necesario comprobarlo.

Esto supondría un problema difícil de atajar a nivel de conservación. Aunque – o cuando – se demuestre que una exposición prolongada al sol provoca cáncer en ballenas, no hay muchas medidas que se puedan tomar. Puede servir como sistema de alerta para detectar problemas, y como recordatorio de que los cambios en el planeta tienen efectos mucho mayores de lo que pensamos.

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