La “morsa asesina” ha resultado no serlo

José de Toledo
Recontrucción de la cabeza de la "morsa asesina". Copyright: Robert W. Boessenecker
Recontrucción de la cabeza de la "morsa asesina". Copyright: Robert W. Boessenecker

Una de las características más interesantes de la ciencia, y quizá la más importante, es el análisis crítico que hace de los hechos y datos. Y esto parte de la forma en que se trabaja en las disciplinas científicas. Los hechos no se prueban, se aceptan aquellas explicaciones que aún no han podido ser refutadas. A esto se le conoce como el principio de falsación.

Un ejemplo claro de esto es el caso de la “morsa asesina”, un fósil de un pinnipedo – grupo biológico al que pertenecen focas, morsas y leones marinos – con una mandíbula muy potente y largos dientes. Al descubrirse este animal en los años 80 del pasado siglo, los paleontólogos se quedaron desconcertados. No existía ningún otro pinnípedo, vivo o extinto, que tuviese las mismas características.

Para tratar de explicar su hallazgo, los científicos en aquel momento formularon una hipótesis, una propuesta coherente con los datos y la información ya conocida. Es decir, una idea sobre la que trabajar, en base a la que realizar estudios y experimentos, siempre tratando de demostrar que es falsa. Si no se consigue esta demostración, se acepta la hipótesis.

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Y la explicación era muy sencilla. Dado el tamaño que debía tener el animal, la fuerte estructura de su mandíbula y la longitud y forma de sus colmillos, se trataba de lo que se conoce como depredador terminal. Un animal carnívoro que se alimenta de otros depredadores, que en este caso podrían ser aves u otros mamíferos marinos. Esto suponía una diferencia respecto al resto de sus congéneres, que se alimentan principalmente de peces aunque pueden atacar a otras presas.

Para que esta explicación fuese válida, los enormes colmillos debían ser una adaptación a un cambio de dieta. Es decir, que como resultado de la evolución y adaptación de los animales, estos hubiesen ido modificando sus dientes para poder alimentarse de otros animales.

Durante la última década han ido apareciendo nuevos datos, en la forma de más ejemplares fósiles de esta especie, conocida como Pelagiarctos sp. Y estos nuevos animales estaban más completos, especialmente en los cráneos que aparecieron completos. Gracias a ello, se tiene una imagen mucho más precisa.

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La nueva explicación sobre la biología y la evolución de este animal aparece en un artículo reciente de la revista PLoS One. En este trabajo se demuestra que la situación es, precisamente, todo lo contrario a lo que se creía.

Los colmillos de la “morsa asesina” no son el resultado de una adaptación, sino todo lo contrario. Se trata de características primitivas, mucho más similares a las que tenían los pinnípedos de este grupo al comenzar su evolución. Y ninguno de ellos era un depredador terminal.

Un grupo de leones marinos, con los que la "morsa asesina" estaría emparentada. Por Allen Shimada de la NOAA liberada al Dominio Público, via Wikimedia Commons
Un grupo de leones marinos, con los que la "morsa asesina" estaría emparentada. Por Allen Shimada de la NOAA liberada al Dominio Público, via Wikimedia Commons

La diferencia fundamental entre las dos explicaciones esta en dónde se sitúa Pelagiarctos en la evolución de su grupo. Con los nuevos datos se ha podido entender que se trata de un animal emparentado con los leones marinos, y no con las focas. Y estos, desde su aparición como grupo biológico, han tenido dientes muy poderosos. Sin embargo, a pesar de su dentición, estos animales se alimentan principalmente de peces. Estas presas resultan más fáciles de cazar que los mamíferos marinos o las aves.

Lo que resulta interesante es que, si no hubiese existido la hipótesis de la “morsa asesina”, los autores del último artículo no hubiesen puesto tanto esfuerzo en entender los nuevos ejemplares. Como había algo que no terminaba de encajar, han dedicado mucho tiempo y esfuerzo en resolverlo, demostrando que la idea inicial era falsa y aportando otra mucho más precisa. Que, evidentemente, también puede demostrarse falsa en un futuro.