La “carrera armamentística” de las polillas

Uno de los símiles más habituales en biología evolutiva es el de la “carrera armamentística”. Siendo sinceros, es una imagen mental bastante poderosa y explicativa. Sobre todo si pensamos en las dinámicas depredador-presa. Cuando una especie comienza a sufrir una presión de depredación alta – es decir, las técnicas de caza de la especie que se alimenta de ellos mejoran – los animales cazados desarrollan características o estrategias para evitarlo. Es decir, evolucionan hacia una mejora de sus “armas defensivas”. Por su parte, la especie depredadora pasa por un proceso similar, mejorando sus técnicas de caza en un ciclo sin fin.

Recientemente se han publicado dos artículos que tratan sobre este tema, y los dos sobre el mismo grupo biológico, los lepidopteros heteróceros. O como son mejor conocidos, las polillas.

Interfiriendo las comunicaciones

El primero de los artículos de los que vamos a hablar se centra en las estrategias que utilizan estos insectos para evitar a sus depredadores. En concreto, la que utilizan la polillas halcón (familia Sphingidae). Su principal enemigo son los murciélagos, otros animales nocturnos con lo que comparten hábitat.

Así que, ¿cuál es la mejor estrategia para enfrentarse a otro animal volador, mucho más hábil que tú? Con una solución bastante elegante y que podría salir de cualquier película de guerra: interferir en sus comunicaciones.

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Los murciélagos se guían por el sonido, empleando lo que se conoce como ecolocalización: emiten un sonido, y calculan los obstáculos – y también dónde están las presas – en función del “sonido rebotado” o eco. La solución que emplean las polillas es, simplemente, generar sonido de una frecuencia similar a la que tiene este eco, que desorienta a los murciélagos y hace que detecten a las polillas como objetos más grandes de lo que son en realidad.

Para generar estos sonidos, emplean una membrana vibratoria denominada tambor. En el caso de los esfíngidos, esta estructura biológica se sitúa en la zona genital, justo cubriendo las gónadas. El tambor ya existía, y servía para llamar a la cópula. Únicamente se le ha buscado otro uso.

Hablemos de sexo

El segundo artículo trata sobre las oportunidades que alguna de las adaptaciones tienen en la vida normal del animal. Y también se centra en polillas y su defensa contra los murciélagos.

Muchas especies de polillas han desarrollado sistemas para detectar a sus depredadores. Básicamente, han mejorado sus oídos para detectar los “gritos” que los murciélagos emiten para luego detectar el eco. Y también han adquirido toda una serie de comportamientos relacionados con ello.

Pero, como ocurre muchas veces en la naturaleza, la utilidad de una adaptación puede ser muy distinta de la razón que llevó a ella. En este caso, las polillas han decidido utilizar sus nuevas estructuras para algo muy distinto, pero casi más importante: el sexo.

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Los oídos más desarrollados les sirven para localizar a posibles parejas a mucha mayor distancia. Pero no sólo eso, también para detectar si están disponibles y receptivos para los encuentros sexuales. Ahí es donde entran los comportamientos de huída que han desarrollado para evitar a sus depredadores: algunas polillas “se hacen las valientes”.

Para demostrar que están disponibles para procrear, y al mismo tiempo para dejar claro que son ejemplares interesantes, dejan de utilizar las mejores técnicas de huída. Es decir, no escogen la forma de escapar más eficaz, sino otra algo más arriesgada.

Con esto marcan de manera muy clara cuáles son sus cualidades y sus intenciones, hacen una declaración de principios. Se trata, en realidad, de una manera de comunicación sobre disponibilidad e interés sexual muy compleja, que hasta hace poco no se creía al alcance de estos insectos.