El dueño de la “mega-garra” fósil tenía el cerebro de una araña

José de Toledo

Un artículo reciente

ha conseguido algo que pocas veces se da en ciencias: ha conseguido resolver dos respuestas con un único estudio. Basándose en los restos fósiles de un curioso animal, los autores del trabajo han logrado explicar qué era la “mega-garra” que tenía esta especie. Y al mismo tiempo han respondido a la pregunta de cuándo aparecieron – y a partir de qué grupo biológico evolucionaron – los arácnidos.

Habría que aclarar lo que se entiende por “mega-garra”. No se trata de una estructura biológica enorme, del tamaño que podría tener la pata de uno de los dinosaurios más grandes. Es muy grande, sí, pero en comparación con el resto del cuerpo del animal. Que, en realidad, es bastante pequeño, de algo más de tres centímetros de longitud.

Fósiles parecidos a los que se han estudiado se conocen desde hace tiempo. Se trata de un grupo de animales del Cámbrico – en torno a 520 millones de años –, el momento en que apareció la vida animal más compleja. La característica que tienen en común estos animales es un apéndice en la parte frontal de la cabeza, que recuerda a unas tijeras. De hecho, el nombre que reciben estos animales significa “mega garras” en griego, Megacheira.

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Pero ¿a qué grupo pertenecen estos animales? ¿Cuáles son sus descendientes? En Biología siempre se hacen estas preguntas. Por su forma y sus estructuras estaba claro que se trataba de artrópodos, el grupo al que pertenecen los crustáceos, insectos y arácnidos. También era seguro que habían vivido y se habían extinguido en el Cámbrico.

Quedaba por saber hacia qué evolucionaron. Ahí estaba uno de los problemas, que tenían características que hacían pensar en dos grupos distintos. Por una parte, el megacheiro – la garra frontal – recordaba a las “pinzas”, los quelíceros, de las arañas. Pero también tenían diez pares de apéndices birrámeos, algo que ahora sólo presentan ciertos crustáceos.

Al excavar en uno de los yacimientos más ricos del planeta, el de Chengjiang en China, los investigadores dieron con unos ejemplares muy interesantes. En la roca, además del cuerpo, habían quedado marcas del sistema nervioso.

La forma del cerebro de arácnidos y crustáceos es muy distinta. En arañas, escorpiones y animales afines el cerebro del animal está formado por tres conjuntos – clusters - de nervios unidos entre sí, que forman una estructura llamada ganglio cerebral. Este glanglio se asocia a otros paquetes nerviosos de los ganglios corporales, formando lo que se podría entender por el cerebro del animal.

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En cambio, en crustáceos el “cerebro” tiene una configuración muy distinta. El ganglio cerebral y los corporales están muy alejados entre sí. Se conectan unos con otros a través de fibras nerviosas largas que se engrosan en ciertas zonas, como si fuesen peldaños de una escalera.

Al estudiar con detenimiento las imágenes del sistema nervioso de la especie fósil de China, conocida como Alalcomenaeus, pudieron comprobar a qué se parecía más. Y la cosa estaba muy clara: el “cerebro” de este animal era muy parecido al de una araña. De hecho, tan parecido que podría ser el de cualquier especie moderna.

Gracias a este estudio sabemos de dónde vienen los arácnidos. Pero también sabemos que los “proto-arácnidos” (por llamarlos de alguna manera) y los antecesores de los crustáceos compartieron hábitat durante los primeros momentos de vida de los animales en nuestro planeta.