¿Cómo consiguen los pulpos no atraparse con sus tentáculos?

José de Toledo

La pregunta que se responde en un artículo del mes de mayo de la revista Current Biology no es la más habitual entre la gente. Ni siquiera entre los biólogos, ni aún entre los biólogos marinos. Pero no deja de resultar interesante. ¿Cómo consiguen los pulpos no atraparse a ellos mismos con sus tentáculos?

Los brazos de estos animales están recubiertos de cientos de ventosas. Y estas estructuras son capaces de adherirse – pegarse – a prácticamente cualquier superficie. Menos a ellas mismas, según parece. Un pulpo nunca pega sus propias ventosas a su piel. Porque es, precisamente, en la piel de estos invertebrados donde está el secreto.

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Para entender cómo se ha llegado a esta conclusión hay que explicar el experimento que se ha realizado. Los investigadores partían de un punto importante, y es que cuando se corta un brazo de un pulpo, el apéndice sigue activo durante casi una hora.

Así que el primer paso era cortar un tentáculo, y ver si el resto de brazos se pegaban a él. Si lo hacían, la respuesta era sencilla: el animal reconoce el tentáculo como una estructura propia, y por eso evita pegarse. Esto significaría que los pulpos son capaces de reconocer sus apéndices de una manera parecida a como lo hacemos los vertebrados.

El resultado de este primer paso descartaba esta opción. Y era lo que esperaban los investigadores. La razón es sencilla. Los animales que tenemos esqueleto tenemos un número muy limitado de opciones para situar nuestros apéndices. En cambio, debido a que los pulpos no tienen esqueleto en los tentáculos, estos pueden adquirir casi cualquier forma.

Los animales no reconocían sus propios brazos, pero aún así no se quedaban pegados a ellos mismos. El siguiente paso fue despellejar los apéndices – que, evidentemente, se cortaban a otro individuo distinto – y ver si se pegaban.

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En este caso, el resultado esperado y el que se dio fueron el mismo. Si se quitaba la piel de la extremidad amputada, el animal se pegaba a ella como a cualquier otra superficie. La deducción lógica es que existe algún tipo de compuesto en la piel que hace que las ventosas no se puedan pegar.

Para completar el estudio, los investigadores realizar algunas pruebas más. En una de ellas el brazo tenía la piel, pero no era del mismo animal que se estudiaba. En estos casos los pulpos sí se pegaban, demostrando que hay algún tipo de especificidad. También pegaron la piel del apéndice a otras estructuras – placas Petri de laboratorio – y pudieron ver que los pulpos se quedaban pegados, pero con menos fuerza de la que se esperaba.

Con este estudio se ha podido demostrar cómo evitan los pulpos hacerse un nudo a sí mismos, del que tendrían difícil escapar. A parte de lo interesante – bueno, al menos curioso – del estudio, podría llegar a tener una aplicación práctica.

Se trata de los robots “blandos”, llamados en inglés soft robots. Estos autómatas se están investigando por la gran cantidad de aplicaciones que podrían tener, desde prospecciones marinas hasta en minería. Pero para que sean realmente útiles hace falta evitar que se “anuden” entre ellos al adquirir ciertas formas. Y un primer paso puede ser la estrategia seguida por los pulpos.