El surfista que miró a los ojos a la muerte y viajó 13.000 kilómetros para salvar su vida

Antonio Gil
·5 min de lectura
OAHU, UNITED STATES - DECEMBER 11: Billy Kemper of Hawaii is eliminated from the 2019 Billabong Pipe Masters with an equal 17th finish after placing second in Heat 7 of Round 3 at Pipeline on December 11, 2019 in Oahu, United States. (Photo by Ed Sloane/WSL via Getty Images)

Billy Kemper es un luchador nato. Alguien intrépido, sin miedo. Uno de los mejores surfistas de olas grandes de la historia, ganador del Jaws Challenge en cuatro ocasiones y dos veces campeón del mundo en la modalidad. Pero sobre todo alguien que se debatió entre la vida y la muerte tras un accidente practicando el deporte que lo es todo para él. Notó el filo helado de la guadaña, pero se negó a dejar este mundo… aunque tuviera que luchar como nadie para conseguirlo.

Siempre en busca de nuevos retos, Billy Kemper puso el ojo en una previsión de olas impresionantes que llegarían a la costa de Marruecos en febrero de 2020. Lo organizó todo, lio a sus dos mejores amigos y se puso rumbo a África, dejando a su mujer y sus cuatro hijos en Hawaii para ir a ganarse el pan y vivir una experiencia única. “Vuelve de una pieza”, le dijo su esposa al despedirse fundidos en un abrazo. Ése era el plan, pero las cosas no salieron como estaban pensadas.

En su segundo día de coger olas en Marruecos, después de nueve horas en el agua. Billy, sus amigos Koa Smith y Luke Davis y el local Jerome Sahyoun se disponían a volver a la arena. Sin embargo, una última línea de olas espectaculares les retuvo un poco más. “Éstas que vienen no se van a repetir”, les dijo Sahyoun. “Cogemos un par y nos vamos”, dijeron los forasteros. Sin embargo, uno de los mejores días de surf de sus vidas se convirtió en una auténtica tragedia.

Uno de los pilotos de las motos de agua de asistencia acudió a la orilla, donde ya estaba Koa. “¡Billy está realmente jodido!”, gritó. Kemper había salido despedido de su tabla y se había golpeado con unas rocas. Permaneció inmóvil flotando en el agua. No podía hacer funcionar ninguno de sus músculos, hasta que otra de las motos llegó a su rescate. Entonces su cuerpo se puso en marcha y a duras penas subió a la plataforma de asistencia. El dolor era inaguantable. Se había partido la pelvis. “No sé qué pasó realmente. Fue un golpe tan violento que me quedé inconsciente. Hice todo lo posible para pedir ayuda o moverme, pero no pude porque mi cuerpo estaba agarrotado. Tengo suerte de que no haya venido una segunda ola detrás”, explica el propio Kemper en su documental Billy, que puede verse en el canal oficial de la World Surf League (WSL) en YouTube.

Billy fue trasladado a toda prisa a un hospital a Casablanca, en una viaje de cuatro horas en ambulancia. Además de la fractura de pelvis y todo el dolor que ello conllevaba, Kemper cada vez tenía más problemas para respirar. Se había roto varias costillas, tenía una rodilla completamente destrozada y, al permanecer inconsciente en el mar, tenía líquido en los pulmones. Nunca había tenido miedo a las olas, pero éstas le habían dado una paliza de muerte.

Su salud empeoraba por momentos y Billy cada vez tenía más miedo. Se puso en contacto con su médico de confianza en Estados Unidos y con los organizadores de la WSL. Les informó de que en aquel hospital no podían atenderle como requería una situación que cada vez pintaba peor. Tanto que una noche llamó a Smith casi sin poder articular palabra. “Koa, no puedo respirar. Sácame de aquí ahora mismo”. En ese momento comenzó la peor parte de todo este drama.

Este contenido no está disponible debido a tus preferencias de privacidad.
Actualiza tu configuración aquí para verlo.

Kemper y sus amigos estaban a 13.000 kilómetros de casa. Debía volver a Estados Unidos para ser operado de urgencia, pero el tiempo, la distancia y las circunstancias jugaban en su contra. No podía abandonar la camilla pues podría sufrir una hemorragia interna y la única manera de volar era en un jet privado. La gente de la WSL lo organizó todo y tras varias escalas y muchas, muchísimas, horas en el aire, Billy y sus amigos llegaron a Canadá. Ya estaban a un paso de casa… pero la pesadilla no había acabado.

La crisis sanitaria por pandemia de Covid-19 ya afectaba a todo el mundo y varios países estaban cerrando fronteras, incluido Estados Unidos. Una información que Billy y toda la expedición recibieron con el avión en la pista de despegue. No saldrían de Canadá porque no podría entrar en el país vecino. “Pasó, literalmente en ese momento. Fue como, ‘¡oh, no! ¡Han cerrado fronteras!’”, explica un Kemper al que se le fue el mundo al suelo cuando escuchó que el piloto apagaba los motores del jet.

No se trataba sólo de ver a la familia y ser tratado por los mejores médicos. La cuestión si podría volver a caminar, volver a surfear. Finalmente, la esperanza volvió a brillar gracias a una compañía estadounidense de jets que tenía aviones en Canadá. Tras toda una odisea, Billy pudo finalmente regresar a su país, ser tratado con éxito y comenzar un duro trabajo de rehabilitación. Meses después, y sin olvidar el día que tuteó a la muerte, Kemper volvió a surfear. Volvió a su hábitat natural. Volvió al océano. “Cuando surfeé por primera vez después del accidente, fue como tomar la primera ola de mi vida otra vez. Tuve las mismas emociones que cuando era niño”, explica el hawaiano. “Justo por eso es por lo que sacrifiqué tantas cosas. Por eso he trabajado más que nadie. Es la razón por la que merezco estar donde estoy. Surfear es lo que hago. Sin ello, no soy Billy”.

Más historias que te pueden interesar: