De cómo los espejos podrían salvar la Tierra y evitar las guerras

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Instalaciones de la empresa Heliogen en Lancaster, California. (Imagen capturada del canal Freethink en Youtube).
Instalaciones de la empresa Heliogen en Lancaster, California. (Imagen capturada del canal Freethink en Youtube).

Los espejos llevan fascinándonos desde tiempos inmemoriales, en el antiguo Egipto solo las damas de alta alcurnia podían acceder a burdos espejos de metal pulido. La Grecia de Arquímedes vio como el brillante matemático los empleaba para defenderse de los buques invasores. El arte también está lleno de referencias al azogue. Qué sería de la National Gallery sin su Venus observándose embelesada en uno, merced al genio de Velázquez, o de la literatura sin el mundo imaginado “al otro lado” por Lewis Carroll.

El caso es que uno podría medir el estado del arte de una civilización tecnológica simplemente observando la complejidad de los espejos que se fabrican en un momento dado. Hoy por ejemplo, los astrónomos los fabrican prácticamente perfectos, sin aberraciones perceptibles, lo cual les permite observar el universo con un nivel de detalle que maravillarían a figuras históricas como Galileo, Brahe o Hubble.

Lo cierto es que los espejos tienen mucho futuro todavía por delante, con aplicaciones que apenas empezamos a vislumbrar y que podrían permitirnos dotar de energía limpia y barata a todo el planeta, acabando en el proceso con uno de los motivos que tradicionalmente ha provocado más guerras en el planeta: el acceso estratégico a los recursos energéticos.

En el canal de Youtube Freethink han entrevistado a uno de los profetas de la tecnología conocida como “refinerías de luz solar”, el fundador de la empresa Heliogen, Bill Gross, quien ha ideado una especie de “lente de aumento” portátil capaz de fundir acero usando espejos orientables que persiguen al sol, también conocidos como heliostatos.

Seguramente habréis oído hablar en innumerables ocasiones de centrales solar térmicas capaces de almacenar energía incluso por la noche. Bien, todas estas instalaciones suelen ser enormes, complejas y aparatosas, pero la idea de Gross se basa en reducir su escala (de hecho emplea espejos lo bastante pequeños como poder fabricarse en serie y enviarse por el mundo mediante las redes logísticas existentes). Esto disminuiría enormemente los costes, lo cual facilitaría la implantación de estas “mini refinerías” en cualquier área soleada del planeta. De hecho, Gross imagina trenes de máquinas automatizadas capaces en primer lugar de sembrar los campos con soportes porta-espejos (como hacen las modernas cosechadoras) y más tarde de colocar los heliostatos sobre cada soporte para completar la instalación. Con un sistema automatizado y controlado robóticamente, se podrían cubrir enormes superficies de tierra desértica y aprovechar su potencial energético.

Otra de sus innovaciones principales consiste en dotar de IA al control de orientación de los heliostatos, de modo que gracias al empleo de cámaras que miden el nivel de azul que refleja cada espejo (cuanto más claro el azul, mejor posicionado está este) el sistema sea capaz de calcular (prácticamente en tiempo real) el mejor enfoque de cada heliostato. Así se consigue maximizar la convergencia total de luz, que luego se combina en el punto en el que se encontraría la lente de aumento o el depósito de sales o rocas que actuará como reservorio térmico. ¿Resultado? En el primero de los casos, una acumulación de calor tal que permitiría fundir metales.

Aspecto de las refinerías de petróleo de Kuwait en 1991 durante la Primera Guerra del Golfo y en la actualidad. Si el mundo compartiera los recursos solares de las áreas desérticas, no volveríamos a ver imágenes como esta. (Crédito imagen Wikimedia).
Aspecto de las refinerías de petróleo de Kuwait en 1991 durante la Primera Guerra del Golfo y en la actualidad. Si el mundo compartiera los recursos solares de las áreas desérticas, no volveríamos a ver imágenes como esta. (Crédito imagen Wikimedia).

Como habitante que soy de una zona industrial en la que abundan las enormes factorías, sumamente contaminantes, cuyos procesos se basan en hornos de fundición alimentados con combustibles fósiles, puedo asegurar que la idea me ha parecido fascinante. Es cierto, algo así no podría llevarse a cabo en mi lluviosa Asturias, pero en otras comunidades de España se podrían montar pequeñas refinerías de luz solar para energizar poblaciones, o factorías. ¿Qué no alcanza con una sola? Pues se montan más. ¿Qué lo ideal es que también sirvan para entregar energía por las noches? Pues se emplea ese calor en fundir sales durante el día, como he dicho antes, y el calor acumulado se emplea luego durante la noche para generar el vapor que moverá las clásicas turbinas.

Según sus cálculos, a finales de esta década bastarían 3000 de estas instalaciones ubicadas en áreas desérticas del sudoeste de Estados Unidos, de Australia y del Norte de África para dotar de energía a prácticamente todos los continentes. Con redes eléctricas interconectadas, la energía podría luego moverse a voluntad desde los lugares de producción a las ciudades donde la gente las necesitara. El área total del planeta que deberíamos cubrir con heliostatos para semejante logro, equivaldría a la de Alaska (1.700 millones de Km2).

Pero el mayor beneficio de esta idea, según sus defensores, vendría de los cambios que implicaría en la geopolítica. Teniendo en cuenta que las últimas guerras se han originado por el control de las áreas productoras de petróleo, y que este megaproyecto internacional podría dotar de energía limpia y barata a todo el planeta. ¿Qué necesidad habría de invadir un país del golfo, o de soportar a villanos como Putin o Maduro, si el petróleo y sus derivados dejan de ser un recurso por el que vale la pena morir o matar?

Todo demasiado bonito ¿verdad? En efecto, debo decir que la idea de Bill Gross me parece demasiado idealista y edulcorada. Él es un estadounidense traumatizado por el recorte en la producción de crudo que la OPEP forzó en la crisis de los 70, de modo que contar con 1000 de estas pequeñas refinerías de luz solar diseminadas por los desiertos del sur de su país le tranquilizaría, pues aseguraría el autoconsumo norteamericano. ¿Pero os imagináis a los rusos o a los chinos aceptando alegremente que toda su energía proviniera de Australia o de Egipto? Yo no lo veo… creo que la energía solar jugará un papel extraordinario en el futuro energético del planeta, pero que al mismo tiempo habrá que contar con otras formas de generación: eólica, hidroeléctrica, plantas de fisión nuclear (con suerte fusión si el ITER termina por dar sus frutos en el futuro) etc.

Pero tal vez esté equivocado, y la crisis ambiental a la que nos enfrentamos como especie permita – esta vez si – que olvidemos los nacionalismos y por primera vez nos pongamos a remar a todos en la misma dirección.

Me enteré viendo el vídeo que veis sobre estas líneas, subido al canal Youtube Freethink

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