Por qué el bielorruso Lukashenko ha lanzado el pulso de los migrantes contra la UE

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El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, en una imagen de archivo. (Photo:  via AP)
El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, en una imagen de archivo. (Photo: via AP)

Dice el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, que la “utilización política” de la migración por parte de Bielorrusia “está poniendo en riesgo la vida de miles de seres humanos”. Es la visión compartida por toda la Unión Europea: no estamos ante una crisis puramente humanitaria sino ante una “guerra híbrida”, un intento de Minks de poner contra las cuerdas a Bruselas usando no la guerra abierta sino un arma tan sensible como estas personas que, provenientes de entornos de conflicto o persecución o hambre, buscan el abrazo de Europa.

La explicación a la crisis de inmigración que hay ahora mismo en la frontera de Bielorrusia con países como Polonia o Lituania hay que encontrarla, pues, no sólo en la desesperación y en las condiciones de vulnerabilidad de iraquíes, kurdos, sirios o yemeníes que han entrado en el país y ahora tratan de cruzar a suelo comunitario -con poco éxito- sino en la “fabricación” hecha por “el último dictador de Europa”, Lukashenko, como lo llama Matthias Poelmans, especialista belga en la UE.

Echa la vista atrás para poner contexto: “El año pasado, en un entorno de notable oposición interna, Lukashenko, manipuló unas elecciones presidenciales y luego reprimió brutalmente a la disidencia. Entonces la UE, que ya había impuesto sanciones contra su régimen, añadió más castigos. El pasado mayo, desvía el rumbo de un avión con origen y destino en Europa para detener por las bravas a un periodista crítico y de nuevo se le imponen sanciones. En paralelo, la UE acogía a los líderes más contestatarios, que han escapado para no ir a la cárcel, y hasta los ha premiado en el Europarlamento. Así que en represalia, Lukashenko ahora ha decidido utilizar a seres humanos inocentes de otros países como rehenes. Se le puede llamar chantaje”, añade.

Es lo que denuncian las Inteligencias de diversos países del club comunitario, además de ONG que están sobre el terreno tratando de ayudar a los migrantes, como la Ocalenie Foundation o Minority Rights: que desde Minks se ha organizado una vasta red de tráfico de personas por todo Oriente Medio, completada con una campaña de desinformación que lanzaba bulos sobre supuestas ofertas de empleo y casa en países europeos, sobre todo la jugosa Alemania. El plan era volar directamente a Bielorrusia y cruzar luego a Polonia, Letonia o Lituania y seguir caminando hacia el oeste.

La propia Comisión Europea es clara al ahora de señalar con el dedo. Lo dice por ejemplo en el texto en el que justifica las nuevas sanciones adoptadas: “Tras las perturbaciones políticas que han tenido lugar en Bielorrusia y las medidas restrictivas adoptadas por la UE, en junio de 2021 Bielorrusia comenzó a organizar vuelos y viajes internos para facilitar el tránsito de migrantes hacia la UE, primero a Lituania y posteriormente a Letonia y Polonia. La mayoría de los migrantes eran nacionales iraquíes, afganos y sirios”, acusa.

“El número de llegadas irregulares a Lituania durante 2021 es más de cincuenta veces superior al número correspondiente durante 2020. Polonia y Letonia también han sido testigos de un enorme aumento de los cruces irregulares de sus fronteras desde Bielorrusia. El número de llegadas irregulares diarias se ha reducido drásticamente gracias a los esfuerzos concertados de la UE. No obstante, la presión migratoria en la frontera sigue siendo elevada”, añade.

Un plan “personal” del presidente

Las denuncias hablan de personal público trabajando junto a agentes de viajes, compañías aéreas y hasta coyotes en las zonas kurdas de Irak, hasta Yemen e incluso Afganistán, donde la llegada de los talibanes al poder ha acelerado el exilio de sus nacionales. Lo relata, por ejemplo, Pável Latushko, exministro de Cultura bielorruso, quien en una entrevista con la Agencia EFE sostiene que estamos ante una crisis cocinada “a fuego lento” por las autoridades de su país. “Lukashenko es una persona muy vengativa. Quiere castigar a Europa por no reconocerle como legítimo presidente tras las fraudulentas elecciones de agosto de 2020″, resume.

Desde su exilio en Polonia, explica que el plan fue trazado “personalmente” por Lukashenko en abril. “El coordinador es su hijo, Víctor (antiguo asesor de seguridad nacional), que viajó entonces a varios países de Oriente Medio para organizar la llegada de inmigrantes irregulares”, señala. Los ejecutores de la “operación especial” serían el KGB, el Comité Estatal de Fronteras y el Ministerio de Exteriores.

El plan, añade, tiene tres etapas: primero se envía a las fronteras a los migrantes llegados en avión (justo a países que han dado apoyo a los opositores, han denunciado el supuesto fraude electoral y han presionado para que se aprueben sanciones contra su vecino); luego dejar que acampen en la frontera, como hacen ya, y “vender a los medios de comunicación occidentales lo duro que es la vida de los inmigrantes, de forma que Europa acepte acogerles”; y finalmente, ante la presión, lograr que Bruselas levante en todo o en parte las sanciones que ahora mismo le asfixian y que van desde el embargo de armas y la prohibición de exportar bienes destinados a la represión interior a la inmovilización de activos y la prohibición de viajes a diversos mandos.

Desde 2020, las autoridades de Bielorrusia han venido cancelando o simplificando los requisitos de visa para 76 países; entre ellos hay varios afectados por serios conflictos, como Siria, Libia, Irak y Afganistán, por lo que la llegada de migrantes lleva meses produciéndose, aunque no al ritmo actual, cuando en la república exsoviética se encuentran cerca de 7.000 refugiados, de los que unos 2.000 se concentraban desde el pasado día 8 en la zona de Bruzgui-Kuznitsa, junto a Polonia.

El exministro dice que, tras este paso, en el aeropuerto de Minsk se puso un consulado del Ministerio de Exteriores. “El visado cuesta 180 euros por cabeza. Bielorrusia les da un visado grupal, que cuesta sólo 30 euros, y la diferencia va a los bolsillos del Estado”, explica. “Cada día la Administración presidencial se embolsa unos 100.000 euros de dinero negro” que ganan las agencias turísticas que gestionan la llegada de esos “turistas” irregulares, señaló.

Lo que no se cuenta a los migrantes, recuerda Poelmans, es que Europa no quiere una crisis de refugiados como la de 2015, que se ha blindado y es menos porosa -y solidaria- ante estos fenómenos y que justo intentan entrar por el lado más duro de la muralla, el del este donde gobierna la ultraderecha populista y antimigrante, que no va a abrir las fronteras. De ahí viene lo que tenemos ahora: familias enteras tiradas en un bosque y junto a los pinchos de una alambrada, soldados que les echan a los perros encima y al menos 10 muertos ya.

Europa tiene un talón de Aquiles: tiene valores, tiene escrúpulos, no le da igual tener a miles de personas ahí tiradas pasando hambre y frío (...) También tiene una opinión pública libre que presiona para que sean asistidas. Lukashenko lo sabe

“Europa tiene un talón de Aquiles: tiene valores, tiene escrúpulos, no le da igual tener a miles de personas ahí tiradas pasando hambre y frío, muriendo a sus puertas. También tiene una opinión pública libre -no como la suya- que presiona para que estas personas sean asistidas. Lukashenko lo sabe y actúa en consecuencia, aunque se defiende diciendo que todas las acusaciones son faltas y que esta crisis es obra de “estructuras mafiosas” europeas.

Qué puede pasar

El analista entiende que “la UE, por el momento, está haciendo lo correcto”. “Esta semana, ha endurecido, en lugar de relajar, las sanciones al régimen e igual de importante, han extendido su política diplomática de palos y zanahorias por todo Medio Oriente para reprimir esa red de tráfico internacional”, recuerda.

Entiende que funciona. ¿Por qué? Porque varias aerolíneas turcas y la nacional bielorrusa han dejado de llevar pasajeros iraquíes, sirios y yemeníes a Minsk, porque se ha logrado a base de conexiones y de ofrecer un mercado de 27 países que las autoridades de las naciones de origen colaboren. Además, Lukashenko ha dado orden de ir levantando los campamentos improvisados en la frontera y está negociando con la canciller alemana, Angela Merkel, para reconducir la situación. La germana, de salida del cargo, es la que está calmando las aguas, hablando con Rusia -la gran defensora de Bielorrusia- frente a una OTAN tremendamente preocupada y que ve cómo Polonia estudia incluso invocar el artículo 4 de la carta atlántica para pedir ayuda a su treintena de aliados.

La crisis se resolverá más temprano que tarde, pero quedan las personas. “Si estas rutas migratorias a través de Bielorrusia se cierran (y se cerrarán) y los recién llegados dejan de llenar los campos del bosque, la UE debería dar el siguiente paso y dejar entrar a los refugiados que ya están allí. No hacerlo provocaría muertes masivas y un desastre humanitario que la UE, que se enorgullece de sus valores, no sobreviviría sin encajar un fuerte golpe a su credibilidad”, escribe el analista de Bloomberg Andreas Kluth.

“El bloque debería entonces, en un arreglo de una sola vez, reasentar a estos refugiados, y cada estado miembro debería recibir su parte. Con el tiempo, este precedente podría incluso convertirse en el germen de una reforma de la política general de asilo de Europa que debería haberse llevado a cabo hace tiempo”.

La intención de Minsk es devolver a unos 5.000 personas a sus países de origen y enviar los restantes 2.000 a la UE, en particular a Alemania, algo a lo que el club comunitario se opone. Más de 400 migrantes fueron repatriados el jueves a Irak, en un día de récord.

El problema es que eso, ocurra o no, puede no ser el final y Bielorrusia siga presionando. Lukashenko ya ha lanzado la piedra del gas, de impedir que llegue el que Rusia suministra a Europa y pasa por su territorio, pero el presidente ruso, Vladimir Putin, afirma que Lukashenko “nunca me habló sobre eso, ni siquiera le dio una pista”. Y que es muy muy sencillo que, en un terreno volátil, los conflictos se agraven por accidentes o sucesos puntuales: ya ha habido disparos contra los migrantes, aparentemente no con munición leta, pero los nervios afloran y los errores se cometen. “Las cosas ya están muy mal. Ya mueren personas”.

El papel de Rusia

Rusia, claro, es clave en esta estrategia. Siendo como es el padrino de la exrepublica soviética, la que más férreamente va de la mano de Moscú desde su independencia, siempre surge la sombra de la sospecha de hasta qué punto Putin ha estado detrás de esta maniobra. Su intervención ante las amenazas sobre el gas ha sido conciliadora, pero es permanente la sospecha de los pasos que puede dar para desestabilizar a la UE, con la que tiene un duelo de poder viejo ya.

Es verdad que se han cosechado, por la firmeza de la UE, más sanciones, que no es un buen escenario para su socio, pero por otra parte se ha creado un problema enorme en la frontera este europea que desgasta a su adversario. Porque pone el tema migratorio en primera línea, lo más humano y lo más doloroso, mientras que Bruselas sigue peleando su política al respecto; porque marca la agenda comunitaria; porque llega a la Unión a arropar a Polonia en un momento en que la está sancionando por sacar los pies del tiesto de los valores comunitarios.

De momento, en mitad de esta crisis, ha recibido una mala noticia: Alemania suspende el proceso de licencia del gigantesco gasoducto ruso Nord Stream 2. Propiedad de la rusa Gazprom y con una inversión de alrededor de 2.500 millones de dólares, con participación también de varias empresas europeas, las obras terminaron en septiembre. Desde entonces, las tuberías que recorren 1.224 kilómetros por el fondo del Mar Báltico hasta las costas del norte de Alemania seguían esperando la licencia necesaria para operar. Pero el regulador alemán Agencia Federal de Redes ha suspendido el proceso de certificación, necesario para que el proyecto obtenga dicha licencia, alegando que el operador no está legalmente constituido bajo legislación alemana, sino que tiene sede en Zug, Suiza, y está sujeto a otra legislación. Los Verdes, que se oponen al proyecto, van a llegar como socios al Gobierno germano y las cosas pueden complicarse más aún.

El conflicto polaco-bielorruso ha servido para desviar la atención. En el caso de Lukashenko, de su oposición interna. En el caso de Putin, de sus movimientos en la frontera ucraniana. EEUU ha advertido a sus aliados europeos de que Rusia puede estar planeando una invasión más amplia en esa zona y quedarse con provincias rebeldes, ampliando el conflicto iniciado en 2014. En los últimos días, Putin ha enviado bombarderos nucleares a patrullar el espacio aéreo de Bielorrusia, cerca de la frontera con Polonia. Tampoco hace gracia eso en Bruselas.

Habrá que esperar a los próximos días para ver el papel de los diferentes actores, la mediación o el choque, la situación humanitaria de las personas implicadas en la crisis, para ver cómo evoluciona. Lo que parece claro es que el afán de Lukashenko por permanecer en el poder no varía ni con críticas ni con sanciones y que buscará estrategias para meter el dedo en el ojo a quien le hace daño. Con más o menos ayuda externa. Y, mientras, los migrantes, sin esperanza.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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