¿Está bien Biden? Los despistes y tropiezos que obligan a poner su salud bajo la lupa

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Joe Biden, durante un encuentro sobre economía en la Casa Blanca, el pasado 26 de enero. (Photo: Andrew Harnik via AP)
Joe Biden, durante un encuentro sobre economía en la Casa Blanca, el pasado 26 de enero. (Photo: Andrew Harnik via AP)

Joe Biden, durante un encuentro sobre economía en la Casa Blanca, el pasado 26 de enero.  (Photo: Andrew Harnik via AP)

Joe Biden cumplirá 80 años en noviembre. Es el presidente más viejo en la historia de Estados Unidos y ya supera en 3,4 años la esperanza media de vida del país. Por ello, fue asaeteado por sus rivales republicanos en la campaña electoral, que lo criticaban desde el edadismo sin querer reparar en que su propio candidato, Donald Trump, apenas era cuatro años más joven. La etiqueta de Sleepy Joe (Joe el somnoliento) cuajó como burla.

Hoy, una sucesión de despistes y situaciones extrañas han llevado a que la salud del presidente demócrata sea motivo no de chanza, sino de preocupación, a lo que se ha sumado su positivo por coronavirus, que por ahora le ataca con moderación. Todo hace que se retome la pregunta de si podrá o no ser candidato a la reelección en 2024. No ha habido una campaña de acoso y derribo desde la derecha norteamericana, como si ese argumentario estuviera educadamente guardado en el cajón, pero ahí están las intervenciones presidenciales, dejando dudas, que han saltado a las redes sociales y, al fin, a los medios.

Cuando la CNN consulta a la secretaria de prensa de la Casa Blanca si va todo bien es que las alarmas han saltado. Karine Jean-Pierre se rió cuando el periodista Don Lemon le preguntó por su bienestar y su capacidad de llevar las riendas del Gobierno y la consideró “inapropiada”, pero defendió la salud mental y física del presidente después de que haya encadenado todo tipo de percances: caídas de la bicicleta y tropezones caminando, ronquera, pérdidas de atención leyendo en pantalla y chuletas captadas por las cámaras, gestos incomprensibles al aire, olvidos de nombres, confusiones de países...

Biden siempre ha defendido que está bien, que puede asumir la carga. Preguntado por ello en el programa 60 Minutos de la cadena CBS cuando aún era candidato, pidió a los ciudadanos lo siguiente: “Que me miren y vean lo que he hecho y lo que voy a hacer. Mírenme”. Ahora el mundo entero lo mira, como pidió, y ve a un dirigente que llegó al poder desgastado tras una victoria puesta en tela de juicio salvajemente por Trump, que tomó un país dividido, que ha afrontado el coronavirus, la inflación, la guerra de Ucrania, los reveses judiciales... Un señor muy muy ocupado que, de vez en cuando, tiene deslices o hace cosas que no encajan.

A saber: ha tenido dos caídas en público. En la primera, tan sólo dos meses después de su llegada al poder, en enero de 2021, cometió un traspié mientras subía al Air Force One; se tropezó con un escalón, se rehizo pero volvió a caer. En la segunda, en junio de este año, se cayó de la bicicleta cuando quiso bajarse para atender a unas personas, en mitad de un paseo. El pie se le atascó en el pedal. Nada grave en ambos episodios.

Es lo mental más que lo físico lo que llama la atención. En varios discursos ha mostrado desorientación, no sabía bien por dónde irse del escenario o qué hacer acabada su intervención, colocando su mano en el aire como si fuera a saludar a alguien, cuando no había nadie. Estos casos de “mano al aire” o “mano fantasma” se han visto en sus visitas a Auburn (Alabama), una Universidad de Carolina del Norte o Jerusalén (Israel). Siempre reacciona igual: se queda unos instantes con la mano tendida, se detiene silencioso, como confundido, mira a su alrededor y luego sigue con el acto, sonriendo.

Luego están los lapsus y olvidos. En abril, cuando anunciaba una nueva partida de ayuda a Ucrania, intentó pronunciar una palabra compleja, “cleptocracia”, pero le salió lo que no era. “Vamos a apoderarnos de sus yates, sus casas de lujo y otras ganancias mal engendradas de la cleptoc-, sí, la cleptocracia y la klep, los tipos que son las cleptocracias de Putin”, dijo. Biden se rió ante la prensa por su atranque, pero poco después prometió, errónea y vehementemente, que EEUU “acomodará” a los oligarcas rusos “y se asegurará de que tomemos sus ganancias mal engendradas”.

Al hilo de la invasión rusa de Ucrania, un mes antes también afirmó: “Putin podrá rodear Kiev con tanques, pero nunca conseguirá ganar el corazón y la mente de la gente iraní”. Un “viva Honduras” en toda regla. No ha sido el único patinazo geográfico, porque en la Cumbre de la OTAN de Madrid, en junio pasado, el mandatario confundió Suecia con Suiza.

Más recientemente ha sido sorprendente su despiste al leer el monitor en el que se van pasando sus discursos, hasta el punto de decir en alto: “Final de la cita, repite la frase”. No se inmutó, no se dio cuenta de lo que estaba repitiendo sin pensar. Sorprendente ha sido, igualmente, la chuleta en la que sus asesores le indicaban lo que tenía que hacer en una intervención, detallado tan al milímetro que llamaba la atención. Rezaba así:

“TÚ entras en la Sala Roosevelt y dices hola a los participantes”.

“TÚ te sientas”.

“Entra la prensa”.

“TÚ haces unos breves comentarios (2 minutos)”.

“TÚ haces una preguntas a Liz Shuler, presidenta, AFL-CIO. Nota: Liz participa de forma virtual”.

“TÚ das las gracias a los participantes”.

“TÚ te vas”.

Joe Biden, el 23 de junio pasado en la Casa Blanca, con su chuleta. (Photo: JIM WATSON via Getty Images)
Joe Biden, el 23 de junio pasado en la Casa Blanca, con su chuleta. (Photo: JIM WATSON via Getty Images)

Joe Biden, el 23 de junio pasado en la Casa Blanca, con su chuleta.  (Photo: JIM WATSON via Getty Images)

Biden ha estado bajo la lupa por llamar “presidenta” y “primera dama” a su vicepresidenta, Kamala Harris; por olvidar el nombre de Scott Morrison, entonces primer ministro de Australia, al que se refirió como “ese compañero de ahí abajo”, o por no dar con el nombre del secretario de Defensa, Lloyd Austin, “el tipo que dirige ese equipo allí”. En otra rueda de prensa, no supo referirse al Pentágono como Pentágono. Hasta se le ha señalado por quedarse dormido, o al menos cerrar los ojos, durante una sesión de Cumbre del Medio Ambiente de Glasgow (Escocia) y por preguntar literalmente en un acto en Texas: ”¿Qué estoy haciendo aquí?”. Su rostro era de desconcierto, no de broma. Su última anécdota es del jueves mismo, cuando dio a entender por una poco afortunada expresión que sufría cáncer.

El parte

Ante todos estos episodios, las reacciones oficiales son nulas. La respuesta siempre es que Biden está bien y sus asesores se remiten, como mucho, a los análisis médicos hechos públicos el pasado noviembre, cuando se sometió a una colonoscopia. A raíz de esa prueba, Politico y Morning Consult realizaron un sondeo que desvelaba que el margen entre los votantes que creen que Biden tiene “buena salud mental” y los que no están de acuerdo ha pasado de 21 puntos porcentuales a menos dos. Un 46% de los norteamericanos estaba de acuerdo en que gozaba de “buena salud mental” y un 48% estaba en desacuerdo. Hasta un 50% estaba en desacuerdo con que gozara de “buena salud” en general, lo que significa que hubo un cambio de 29 puntos porcentuales desde octubre de 2020.

En aquella ocasión, el doctor Kevin O’Connor, médico de cabecera de Biden desde el 2009, concluyó que el mandatario está “sano”, “fuerte” y es “apto” para acometer los trabajos de quien ocupa el Despacho Oval. En comparación con su último chequeo, de diciembre de 2019, Biden presentaba una mayor rigidez al caminar, que se debe a una neuropatía (un problema de los nervios) “leve” que afecta a los pies y a secuelas de una fractura vieja. También se da cuenta de una frecuente tos que, dijo el doctor, se debe a un reflujo gastroesofágico, para el que ha comenzado recientemente a tomar medicación. Esa tosecilla ha obligado a su gente a decir reiteradamente, que Biden no tenía coronavirus.

Más allá de eso, tiene alergias estacionales, algún ataque de asma después de hacer ejercicio (las crisis graves las tuvo de joven), arrastra diversas lesiones deportivas e hiperlipidemia (una alteración en el metabolismo de las grasas).

El que fuera vicepresidente con Obama ha tenido una vida intensa desde que entró en política en 1972, como senador, pero también ha vivido una intenta vida personal, soportando la pérdida de su primera mujer y dos de sus hijos, con la huella que eso deja en el cuerpo y la mente. En 1988 sufrió una hemorragia intracraneal, causada por un aneurisma, y en la operación en la que se lo retiraron descubrieron un segundo. Todo fue limpiado sin consecuencias pero el trance fue grave, hasta el punto de que un sacerdote acudió a su habitación para darle la extremaunción, según The Washington Post. A raíz de esa intervención, sufrió un coágulo y una embolia pulmonar.

En 2003 se le detectó una arritmia leve, que nunca ha requerido de medicación, y en 2008 se le detectó un pólipo adenomatoso en el colon, que no era maligno ni le ha dado complicaciones, pero ha obligado a revisiones periódicas. También se le intervinieron de unos melanomas de las manos, no cancerígenos, causados por su prolongada exposición al sol. También benigna fue una hiperplasia (aumento en la producción de células en un órgano o tejido normal) en la próstata que le obligó a pasar por el quirófano, como la vesícula, que le quitaron hace años. .

El parte certifica que Biden mide 1,82 metros, pesa 83 kilos, usa lentillas, no fuma ni bebe y practica deporte cinco veces por semana.

¿Y la reelección?

Según la firma de sondeos Civiqs Poll’s, el índice de aprobación de Biden ha bajado hasta el 30%, su nivel más bajo desde que llegó al cargo, cuando en enero de 2021 era de un 48 -y eso que el país estaba completamente partido en dos por el trumpismo-. Arrastra un 58% desaprobación, un mal dato se mire como se mire, que se asocia sobre todo a la compleja situación económica -a escala mundial, es verdad, generada en gran parte por la guerra en Ucrania-, y que es peligroso cuando en noviembre se celebran las elecciones de mitad de mandato, en las que están en juego la Cámara de Representantes y el Senado de Estados Unidos, y a dos años largos de unas nuevas presidenciales en las que Trump amenaza con presentarse de nuevo.

Con estos números y estas dudas sobre su salud, no es de extrañar que los mismos que decían que no llegaría a acabar la legislatura estén empezando a asomar la cabeza de nuevo. Sin citar expresamente estos episodios, desde el republicanismo se insiste en que no tiene “fuerza” ni “empuje” para acabar. Pero es que desde dentro, desde el Partido Demócrata, hay algunas voces muy reconocibles que tampoco han mostrado su apoyo sin fisuras. Entre ellos, Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders.

Barack Obama, el presidente del que fue escudero, ha llegado a escribir un mail al antiguo médico de la Casa Blanca diciendo que ha asestado un “golpe bajo” a Biden por decir en Twitter que quizá Biden no estaba en su mejor momento. Ese correo se ha filtrado, se entiende que como ayuda a la imagen del actual presidente.

Queda todavía mucho trecho hasta decidir si Biden se presenta o no a la reelección o si, como muchos creyeron, esta legislatura es una preparatoria para el lanzamiento de Harris, la actual número dos, que ha perdido fuelle tras su irrupción arrolladora en la Administración estadounidense y que fue presidenta durante unas horas apenas durante la reciente colonoscopia del presidente.

Ante su estado de salud, ha vuelto a saltar a la prensa el proceso por el que se podría pasar si cae realmente enfermo. La enmienda 25 de la Constitución establece que si, por cualquier motivo, el vicepresidente y la mayoría de los secretarios del gabinete en ejercicio deciden que el presidente “no puede cumplir con los poderes y deberes de su cargo”, simplemente pueden ponerlo por escrito y enviarlo a dos personas: el presidente de la Cámara y el presidente pro tempore del Senado. El vicepresidente, en este caso la vicepresidenta Harris, pasa inmediatamente a ser “presidenta interina” y asumiría todos los poderes del presidente.

Si el presidente quiere cuestionar esta medida, puede hacerlo, pero luego le correspondería al Congreso resolver el asunto con una votación. Se necesitaría una mayoría de dos tercios en ambas cámaras para mantener a la vicepresidenta en el cargo. Si no se alcanza ese umbral, el presidente recuperaría sus poderes. Es importante destacar que la vicepresidenta Harris solo ejercería como “presidenta interina”. Entonces, el presidente electo aún no ha perdido su cargo, solo sus poderes, y no necesariamente de forma permanente. Esta disposición involucra a un presidente enfermo que se niega o no puede afrontar su discapacidad.

El tema surgió entre los altos funcionarios de la administración durante el segundo mandato del presidente Ronald Reagan, informa Reuters, ya que entonces se contaban historias sobre si estaba distraído o el exactor, directamente, no estaba a la altura del cargo, en tiempos duros de bloques mundiales. Se decía que era perezoso, que no estaba interesado en el trabajo, que casi no veía documentos ni quería reuniones, pero los especialistas decidieron que Reagan todavía estaba en posesión de sus facultades y completó todo su tiempo.

El Biden que dio la rueda de prensa en la Cumbre de la OTAN, paseándose en el estrado micro en mano, sonó a dirigente activo, mitinero, con ganas. Vino a contrarrestar su imagen anquilosada de estos meses, pero fue un suspiro. En las redes eso no se repite. Las manos al aire, sí. “Le deseo buena salud”, le dijo Vladimir Putin cuando su homólogo lo llamó “asesino”. Por una vez, nos sumamos un anhelo del ruso.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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