Las crías de foca saben poner vocecitas para conseguir lo que quieren

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Young harbour seal / common seal (Phoca vitulina) on the beach, Harbor Seal station Friedrichskoog, Germany. (Photo by: Arterra/Universal Images Group via Getty Images)
(Photo by: Arterra/Universal Images Group via Getty Images)

Si hay mucho ruido, los bebés suben el volumen de sus vocalizaciones. Normal, hay que hacerse oír. Pero solo con eso no basta: dependiendo del sonido del ambiente, si un bebé se quiere hacer oír, tendrá que modificar el sonido que hace. Más agudo o más grave, según se necesite

Que, es curioso, es lo mismo que hacen los bebés humanos. Porque quienes hacen lo que acabamos de explicar son bebés de foca, como se explica en un artículo reciente

Muchos animales son capaces de cambiar el volumen de su "voz" según las condiciones del medio. Pero modular el tono, que sepamos, somos capaces de hacerlo muy pocos animales. Los humanos, seguro, y como demuestra el siguiente experimento, las focas

Para demostrarlo, los investigadores seleccionaron a ocho bebés de foca nacidos en cautividad. Cuando alcanzaron cierta edad – entre una y tres semanas, tiempo suficiente como para que hayan llegado a cierta independencia, y así al separarlos no hacerlos sufrir más de lo necesario – situaron separaron a cada bebé foca en un recinto aislado.

Un recinto aislado de otras focas, y de cualquier sonido. De hecho, las salas no tenían agua para evitar el sonido de gotas o corrientes. También para evitar que los bebés foca sufriesen más de lo necesario, los animales no pasaban allí más tiempo del estrictamente necesario.

Después de un corto periodo de adaptación, para controlar el estrés que el cambio y la nueva situación pudiesen producir, se les ponían sonidos y se grababan sus llamadas, para comprobar qué vocalizaciones producían, y si las cambiaban según las necesidades. Las grabaciones que servían como sonido ambiente habían sido grabados en el mar de Frisia, una región cercana que contiene un hábitat natural de miembros de su especie

Como era previsible, y ya se sabía, los bebés de foca cambiaban el volumen para adaptarlo al del ambiente. Este hecho resultaba fácil de comprobar: el volumen de las grabaciones del ambiente se iba incrementando poco a poco – tres decibelios cada vez. Según los sonidos iban ganando en volumen, los animales aumentaban el suyo.

Pero esto no era lo interesante. Lo interesante es que hacían algo más. Algo mucho más interesante. Dependiendo del sonido que viniese de su entorno, modificaban su tono, la frecuencia del sonido que producían. Para conseguir hacerse escuchar, para que sus llamadas llegasen con mayor nitidez, los bebés foca empleaban un tono más grave, una frecuencia menor, para “cortar” el ruido ambiente.

Esto demuestra dos cosas. Primero, una capacidad de adaptación muy clara. Y lo segundo, un control amplio sobre sus capacidades vocales, ya que modular el tono de voz en función de su ambiente demuestra un control sobre su aparato fonador mucho más fino de lo que podría parecer.

Es decir, ponían "vocecitas" para conseguir atención. Un comportamiento que mostramos los humanos, y que durante mucho tiempo consideramos único de nuestra especie.

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