La barra libre de PP y PSOE con las leyes, un peligro cuando Vox llegue al poder

Asier Martiarena
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El líder de Vox, Santiago Abascal. (AP Photo/Paul White)
El líder de Vox, Santiago Abascal. (AP Photo/Paul White)

En 2012, el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, decidió cambiar la ley de radio y televisión para modificar la forma de elección del consejo de administración de la radiotelevisión pública que exigía el consenso de dos tercios de la Cámara de los Diputados. El gallego decidió que, para sortear el bloqueo del PSOE liderado por Alfredo Pérez Rubalcaba, lo mejor era que bastará con la mayoría absoluta que el PP tenía, de aquella, en el Congreso. ¿Les suena?

Sí, es la misma estrategia que están empuñando ahora PSOE y Unidos Podemos para aplicar la reforma judicial que Pablo Casado (PP) está bloqueando desde dos años en contra de las directrices de la Constitución.

PSOE y PP llevan décadas retorciendo el reglamento a su favor. Fíjense lo que sucedió en 2011. Después de 7 años de disputas y retrasos para la reforma constitucional, ambos partidos aparcaron sus diferencias y, en menos de 15 minutos, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy acordaron encorsetar de manera permanente al gasto público en España con la excusa de fijar la “estabilidad presupuestaria” por mandato constitucional. Una modificación de calado de la Constitución de 1978 que se aprobó por la vía de urgencia y sin referéndum, como siempre se había exigido para abordar cualquier cambio en la Carta Magna.

Por no hablar de la adicción que acabaron sufriendo José María Aznar y Felipe González, por separado, a los decretos ley. Para legislar de espaldas al debate en la Cámara de representantes.

Como ven, la historia no deja de repetirse. Con el matiz de que, a cada nueva contorsión, el nudo se hace más grande y asfixia más a la democracia. Con un peligro aún mayor a la vuelta de la esquina. La extrema derecha podría acabar gobernando el país en unos años. Parece imposible, pero viendo la velocidad a la que el PP se está diluyendo en las tesis de Vox, y la facilidad con la que tiran de ellos cuando los números no le dan, no es descartable. Conociendo las aficiones franquistas de los Abascal y cía. parece arriesgado que el propio juego democrático ya esté retorcido para cuando ellos lleguen dentro de una coalición de la derecha.

Y a todo esto se suma la degradación que las instituciones públicas están padeciendo desde hace años. La entrada de nuevos partidos debía poner fin al bipartidismo. Pero la polarización de las posturas ha hecho que los dos bloques sigan ahí, pero con un nivel político lamentable como ayer demostró la portavoz de Interior del PP, Ana Vázquez Blanco.

La apuesta por el insulto en lugar del argumento y la descalificación en lugar de la negociación es el daño colateral de tanto uso partidista del espacio común para el que los votantes han elegido a nuestros representantes y no ayuda a que se observe el futuro político del país con esperanza ni a que las instituciones recuperen algún día el grado de confianza perdido ante tantos atajos torticeros.

Los antiguos gobiernos, y el de ahora, han ido sumando cada uno su granito de arena y cuando se mira para atrás uno se topa un castillo de pequeñas licencias y subterfugios que empantanan la democracia con una barra libre de privilegios que no redundan en la ciudadanía.

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