La caza de brujas contra las leyendas del Barcelona no tiene ni pies ni cabeza

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FC Barcelona's soccer player Gerard Pique and FC Barcelona's President Josep Maria Bartomeu pose during a news conference after Pique signs a renewal contract at Camp Nou in Barcelona, Spain, January 29, 2018.  REUTERS/Albert Gea
El expresidente del Barcelona, Josep María Bartomeu, y el jugador Gerard Piqué, anuncian en 2018 su renovación (Foto: REUTERS/Albert Gea)

No sé en qué momento la directiva del Barcelona perdió por completo el rumbo. Auditorías habrá al respecto, pero, desde fuera, desde la posición del aficionado, todo hace indicar que fue durante el verano de 2017, cuando el PSG se plantó con 222 millones de euros y pagó la cláusula de rescisión de Neymar Jr., una de las muchas estrellas de aquel equipo que había ganado el triplete dos años antes y venía de protagonizar una remontada histórica ante el equipo parisino en Champions, precisamente con el brasileño como protagonista.

Por entonces, el miedo era que Bartomeu y los suyos repitieran la reacción de Joan Gaspart cuando le llegaron los 10.000 millones de pesetas por Figo y se dedicó a gastárselos en jugadores con mucho nombre (Alfonso, De la Peña, Overmars, Gerard) pero cuyo rendimiento no estuvo a la altura de las altísimas expectativas. Si el club había recibido inesperadamente 60 millones de euros, se acabó gastando 82 y no volvió a ganar un título de entidad hasta 2005, ya con otra directiva.

Algo parecido acabó pasando en 2017. Se fue Neymar (222 millones) y llegaron Dembélé (125), Coutinho (135), Paulinho (40), Nelson Semedo (35), Yerry Mina (12), Deulofeu (12) y Marlon (5). En total, un déficit de 142 millones de euros en una sola temporada, al menos según los números que registra la página Transfermarkt, porque entre variables y secretismos, los oficiales son muy difíciles de obtener. El Barcelona ganó la liga en 2018 y 2019, llegando este último año a semifinales de la Champions (aquella debacle en Liverpool). En los últimos tres años, acumula solo una Copa del Rey. De todos los jugadores fichados a lo largo de esos mercados de verano e invierno, solo Dembélé (y después de, según confesión propia, "haber perdido los últimos cinco años de su vida") sigue en el equipo.

Estábamos todos tan atentos al dinero de los traspasos, que se nos escapaba el que se estaba gastando Bartomeu en sueldos, a menudo mediante operaciones de ingeniería económica consistentes en prolongar años de contrato para acabar pagando lo mismo, pero con menos cargo anual. Así, hasta que pasó lo de 2021 y la bomba pareció estallar, de nuevo ya con otra directiva ya en el poder. Desde entonces, el Barcelona ha tenido que vender numerosos activos (las famosas "palancas") para poder volver a ser competitivo. Si habrá merecido la pena o no, lo sabremos dentro de unos años.

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Sin embargo, tanto desde ciertos sectores de la prensa catalana como desde el diario El Mundo, probablemente con una misma fuente detrás, se ha preferido poner en la diana a los jugadores. Es una forma de populismo que funciona siempre y que se repite década tras década. Se podría resumir en aquel "menos millones y más cojones" que tanto se cantaba en los años noventa. Cuando las cosas van mal, sea en el plano deportivo o el económico, el problema siempre es que los jugadores piden mucho y cobran mucho y el pobre club no ha tenido más remedio que atender a sus caprichos.

A lo largo del último año, hemos visto situaciones rocambolescas como la petición de que Ousmane Dembélé, que estaba siendo el mejor del equipo después de cuatro años de espanto, se quedara en la grada hasta que no aceptara una renovación a la baja. También hemos visto críticas feroces a Umtiti, a De Jong o a Braithwaite, entre otros, por querer simplemente que se cumpla lo que está firmado por las dos partes. En las malas, ya digo, todos son unos peseteros. Y ahora toca cebarse no ya con los que están de paso sino con las grandes leyendas de la década prodigiosa (2006-2016) del Barcelona.

Sobre el contrato de Messi ya se escribió mucho en su momento. Ahora, toca hablar sobre lo que Messi pedía para renovar ese contrato en 2021. Como todo está escrito desde algo parecido a la indignación, se entiende que pretende buscar que el lector también se indigne. Miren, vamos a dejar una cosa clara de una vez: pedir es muy fácil. Yo pido muchísimo a la vida, pero la vida, en general, me da muy poco. Messi está en su derecho de andar con las exigencias que le parezcan mejor. La diferencia es que Bartomeu se las concedía y Laporta decidió que no, que no llegaba.

Al final, la decisión, siempre y en todo caso, va a provenir del club. Andar cazando brujas con antorchas y azadas y que esas brujas sean siempre los jugadores es absurdo. Si Piqué cobra un pastón por temporada -lo haya diferido o no-, no es culpa de Piqué. Es culpa del club que se lo paga; es decir, de nuevo, de Bartomeu. Y así sucesivamente. La alternativa es muy sencilla: buscas en otro lado, rechazas las peticiones, te das un abrazo, le deseas toda la suerte del mundo y miras en la cantera o en el mercado a ver si hay alguien que no sea tan bueno, pero, en fin, tampoco te hunda el club. Por supuesto, apelar a los sentimentalismos y a las traiciones y al egoísmo y a la avaricia es mucho más fácil, pero los negocios, a este nivel, no funcionan así. Todo el mundo lo quiere todo. El problema es que solo lo dan algunos, casi siempre los mismos. Y luego no hay marcha atrás, claro.

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