Valverde, Setién, Koeman: el año que el Barcelona destrozó tres modelos

Guillermo Ortiz
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Barcelona's Dutch coach Ronald Koeman gestures during the Spanish league football match between FC Barcelona and Valencia CF at the Camp Nou stadium in Barcelona on December 19, 2020. (Photo by LLUIS GENE / AFP) (Photo by LLUIS GENE/AFP via Getty Images)
Photo by LLUIS GENE/AFP via Getty Images

No creo que haya ningún equipo del mundo en el que la narrativa cuente tanto como el Barcelona. En ese sentido, es un club metódico, racionalista, que no solo necesita ganar, como todos, sino que necesita saber por qué gana, tener un relato, una explicación a cada resultado. De ahí que la palabra “modelo” esté en boca de todo el mundo, todo el rato: la prensa, los aficionados, los propios jugadores... Otra cosa es qué sea “el modelo” y cómo se materialice. Si se puede ejercer una hegemonía mediante una sola manera de entender el juego, una táctica única, como si esto fuera ajedrez, no está nada claro. Ahora bien, hay que reconocer que, cuando se lo ha tomado en serio -y nadie se lo ha tomado tan en serio como Pep Guardiola- la cosa ha salido bien. Desde el convencimiento y la pedagogía se consiguen grandes cosas.

El modelo por excelencia del Barcelona es el llamado “juego de posición”, normalmente distribuido en un 4-3-3 con extremos bien pegados a la banda. A partir de la pelota y la ocupación correcta de espacios para poder pasar lo antes posible el balón y recuperarlo cuanto antes en caso de pérdida, el Barcelona fue la gran referencia europea desde 2009 a 2015. Hasta que dejó de serlo. Pese a los numerosos títulos que dejó Ernesto Valverde en las vitrinas del club, su trabajo siempre fue discutido precisamente por prescindir de la excelencia. Para Valverde, o para sus jugadores, el modelo era sin más una suerte de posibilismo. Lo mínimo para ganar, normalmente con el equipo descolocado y expuesto pero aprovechando los contraataques para sacar el máximo de las condiciones goleadoras de Luis Suárez y Leo Messi.

Aquel Barcelona de Valverde no jugaba bien pero ganaba. Intuyo que a veces no sabía cómo y por eso luego no sabía tampoco por qué perdía en París 4-0 o en Turín 3-0 o en Roma 3-0 o en Liverpool 4-0. Las derrotas mostraban a un equipo partido, roto, sin identidad y abandonado a la suerte de sus estrellas. Otra cosa era la liga: el Barcelona era inclemente con los equipos más débiles e incluso con los de su nivel. Aunque las hecatombes eran frecuentes en Europa por su incapacidad de presionar arriba, de mantener el balón y de no acularse hasta su propio área en cuanto las cosas se complicaban, España era territorio amable para Valverde. Así, hasta que, entre críticas y críticas, el Atlético de Madrid les eliminó en las semifinales de la exótica Supercopa de España jugada en Arabia y el clamor llevó a la acción: el 14 de enero, Valverde era destituido como entrenador y el modelo posibilista sellaba su fracaso. No servía para el Barça, había que buscar otra cosa.

¿El qué? Bueno, volver a las esencias. El mal llamado “cruyffismo”. Frente a todos los exégetas posteriores, Cruyff siempre fue un hombre con una excelente capacidad de adaptación. No era Van Gaal, vaya. Ni siquiera Guardiola, aunque Pep tenga también una gran variedad de recursos que a menudo sorprenden incluso a sus seguidores por su aparente contradicción con las “leyes sagradas”. Dentro de lo que había el mercado, el más “cruyffista” era Quique Setién y a por Quique Setién fueron los directivos del Barcelona sin demasiada fe. El problema del modelo cruyffista, como casi cualquier modelo por otro lado, es que requiere una adhesión y una confianza absoluta por parte de todos. Setién llegó con dudas a un club que le veía como un extraño, la prensa le golpeó desde el primer día, la directiva que le fichó llevaba años renegando de su maestro y los jugadores estaban a cualquier otra cosa.

El juego de posición requiere de una disciplina fascinante. En el fondo, es todo lo contrario del llamado “tiki-taka”. Yo te la paso y tú me la pasas y luego yo te la devuelvo y no avanzamos ni dos metros. Eso lo hace cualquiera. El juego de posición requiere de un esfuerzo y de un aprendizaje de conceptos tremendos, en ocasiones agotadores. La etapa de Setién en el equipo fue un continuo negociar y hacer las cosas a medias: ni el equipo técnico tuvo tiempo para inculcar estos conceptos -la pandemia partió en dos la adaptación- ni tuvo la contundencia de exigir más a sus jugadores, especialmente a los que claramente ignoraban sus directrices. En cuanto al resto de la plantilla, se notaba un empeño especial en no equivocarse más que en hacer algo creativo y propio. Era un equipo lento, atenazado por la presión, como si cada partido fuera un examen de conducción en el que cada error se va a penalizar luego. Todo acabó en la pérdida de la liga y en un sonrojante 8-2 en Champions ante el Bayern. Setién fue fulminado. Tras el posibilismo, el cruyffismo también caía en desgracia.

¿Qué quedaba? La disciplina. En tiempos de derrotas y desencanto, los entrenadores que abogan por la disciplina y la mano dura siempre son bienvenidos de entrada. Todo el entorno está enfadado y quiere venganza. Ese era el papel de Koeman: no hacer amigos, eliminar camarillas y vicios adquiridos, hacer un equipo poco espectacular pero ordenado. Un equipo de esforzados guerreros que se dejaran de tonterías. El problema de este tipo de discursos -como todos los discursos, en el fondo- es que exige resultados. Si yo digo que voy a jugar muy bien al fútbol y que el aficionado se va a divertir (aunque no gane siempre), luego tengo que demostrarlo en el campo. Si digo que va a ser un equipo ganador y contundente, sin fisuras (aunque igual aburra un poco), la victoria tiene que llegar desde el primer momento.

No voy a decir que el Barcelona de Koeman no le gane a nadie porque a alguien le ha ganado... pero gana poco. No solo eso, sino que cuando gana normalmente sigue siendo por una genialidad de alguno de sus delanteros. Es cierto que la baja de Ansu Fati condiciona mucho un equipo que empezaba a girar en torno a él, pero no parece excusa suficiente. El Barcelona de Koeman es capaz de 30-40 minutos de cierto esplendor. Luego, se desconecta del partido y entran en pánico. No hay ningún tipo de disciplina posicional y cada uno hace la guerra por su cuenta, con el balón o, sobre todo, sin él. Jordi Alba se queda como extremo en vez de alcanzar la posición desde atrás, desplaza al extremo al centro, donde se junta con los innumerables medias puntas del equipo, y a Messi no le queda más remedio que caer a banda derecha, donde se empeña en recibir y conducir... hacia el centro. La receta ideal del embudo.

O mucho cambian las cosas o este modelo disciplinado también va a fracasar. No es solo el fracaso de un equipo o de tres entrenadores sino de tres maneras de entender el fútbol. El fracaso de tres narrativas en un club que hasta enero no sabrá ni quién lo va a presidir. En el Barcelona, y así vuelvo al principio, quemar un entrenador es quemar una narrativa, una esperanza racional. El balance del año no es solo pésimo en cuanto a resultados sino en cuanto a posibilidades: si se quisiera prescindir de Koeman -y se querrá en breve, si todo sigue igual-, ¿quién sería el elegido?, ¿cómo se ilusionaría al aficionado con un nuevo relato de presente y futuro? Todos han quedado deslegitimados en demasiado poco tiempo. Todos, como poco, están bajo sospecha. El gran dominador de la liga esta última década deambula ahora mismo en campos de recién ascendidos mientras en Europa, el primer rival de entidad le mete tres goles sin despeinarse. Eso es lo que hay. Ni siquiera sabemos qué quieren hacer con Messi. Ni Messi lo sabe. Y, quizá, en ese desencuentro se resuma todo.

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