El baño sangriento de Melbourne 56: cuando la política participa en los Juegos Olímpicos

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Por: Rodolphe Desseauve

El barón Pierre de Coubertin estaba convencido de que los deportes “construyen relaciones amistosas entre los pueblos” y fundó los Juegos Olímpicos modernos como un medio para ayudar a promover relaciones internacionales pacíficas. Sin embargo, en la larga historia de los Juegos, la competencia deportiva se utilizó para desahogar intensas tensiones geopolíticas.

Tras el violento golpe de Valentin Prokopov, el húngaro Ervin Zador sangra profusamente por encima de la ceja.  (Bettmann/Getty Images)
Tras el violento golpe de Valentin Prokopov, el húngaro Ervin Zador sangra profusamente por encima de la ceja. (Bettmann/Getty Images)

El partido de waterpolo de 1956 entre Hungría y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), tristemente, quedó marcado en la historia como el “Baño sangriento” y fue, sin dudas, uno de los más claros ejemplos en los que la política ha entrado en los Juegos hasta corromper sus valores más fundamentales.

Revolución en Budapest de 1956​

Para entender el antagonismo que se desató el 6 de diciembre de 1956 en la piscina olímpica de Melbourne, es necesario explorar el contexto europeo de la época. Hungría había estado bajo control soviético durante siete años y, en el otoño de 1956, ocurrió un violento levantamiento popular contra el poder dominante en la capital, Budapest.

Lo que comenzó como protestas estudiantiles se convirtió en una rebelión, a principios de noviembre, cuando el primer ministro, Imre Nagy, anunció el deseo de Hungría de retirarse del Pacto de Varsovia, la alianza militar formada un año antes por ocho países comunistas de Europa del Este. La URSS respondió de inmediato y desplegó un gran destacamento del Ejército Rojo en Hungría, el 4 de noviembre, para reprimir la rebelión.

Los juegos de verano en otoño

Los Juegos Olímpicos de Verano comenzaron el 22 de noviembre de 1956 a raíz de esta sangrienta represión que dejó miles de víctimas en Hungría. Fueron los primeros Juegos Olímpicos de Verano que se realizaron en otoño. Ese año, Melbourne fue la primera ciudad del hemisferio sur en organizar los Juegos Olímpicos. Además, el calendario habitual tuvo que adaptarse a las estaciones para poder desarrollar las competencias en las condiciones climáticas óptimas.

Sin embargo, la distancia geográfica entre Australia y Europa no fue suficiente para aliviar la evidente tensión entre las delegaciones húngara y soviética, que incluso empeoró cuando el público local se puso del lado de los magiares en la ceremonia de apertura. Estas tensiones finalmente explotarían durante el torneo de waterpolo, un deporte muy importante para ambas naciones.

El maestro húngaro se encuentra con el aprendiz soviético

El equipo húngaro de waterpolo era el actual campeón olímpico y europeo, además del gran favorito para ganar la competencia. Ganar el oro era para ellos la única opción. Por otro lado, el ambicioso equipo soviético había realizado un tremendo esfuerzo durante los años anteriores para convertirse en un fuerte rival, e incluso entrenó en Hungría para inspirarse en los métodos locales.

El sorteo finalmente puso a los dos equipos cara a cara en las semifinales, y las tensiones geopolíticas superaron la rivalidad atlética. "Desde el comienzo del partido, el público podía percibir que los jugadores se sentían tensos, irritables, vengativos y, obviamente, más interesados en pasar insultos que la pelota", según describió el periodista Benoît Heimermann en The Olympic Games, from Athens to Athens, publicado por L'Equipe y el Museo Olímpico de Lausana.

Un partido intenso pero predecible

Aunque fue un partido apasionante de principio a fin, no había suspenso en cuanto al resultado. Rápidamente, y con el bullicioso apoyo del público australiano, el equipo húngaro logró una ventaja y mantuvo el control del juego. Cuando faltaban unos pocos minutos para el final, los grandes favoritos del torneo de waterpolo ganaban 4-0.

El ganador ya estaba decidido, pero el partido se tornó violento. Tras la lesión de uno de sus compañeros, el astro húngaro Ervin Zador se posicionó en la defensa, frente al mejor jugador soviético, Valentin Prokopov, y aprovechó para burlarse abiertamente de él. La estrella soviética se salió de las casillas y dio un violento puñetazo a su adversario en la cabeza.

Todos contra todos en la piscina olímpica

“Cuando giré la cabeza, vi su puño volando por el aire”, dijo Zabor a The Guardian. "Sentí cómo me golpeaba en la cara, escuché el ruido y, de repente, vi las estrellas". El jugador húngaro recibió un golpe encima de la ceja y cayó al agua inmediatamente, cubierto en sangre. El partido se convirtió en una batalla campal.

Varios jugadores de ambos equipos resultaron heridos y los protagonistas finalmente dejaron atrás una piscina teñida de rojo. La pelea generó un revuelo en la multitud y varios espectadores corrieron por las gradas para desafiar a los jugadores soviéticos, quienes finalmente abandonaron el lugar bajo una escolta policial.

Una "venganza" simbólica

Varios días después, Hungría ganó la medalla de oro al vencer a Yugoslavia en la final. Los atletas soviéticos ganaron la medalla de bronce y tuvieron que soportar un último golpe: escuchar el himno húngaro en el podio. Esta “revancha deportiva contra la geopolítica”, según el politólogo Pascal Boniface, estaba completa.

Pero la victoria era puramente simbólica. Mientras los Juegos se desarrollaban en el otro lado del mundo, las tropas soviéticas continuaban la brutal represión contra la rebelión en Budapest. Cuando finalizaron los Juegos, más de la mitad de la delegación húngara (68 atletas de 112) decidió no regresar a su país.

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