Bagdad continúa su revolución sobre la arena, en "Tahrir Beach"

Por Hervé BAR
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Iraquíes bailan en la "playa" cerca de la plaza Tahrir, epicentro de las protestas en Bagdad, el 21 de diciembre de 2019

A lo largo del río Tigris, sobre una extensa franja de arena, se baila hip-hop, se dan toques a un balón y se fuman pipas de agua. En el centro de Bagdad, a dos pasos de la ya famosa plaza Tahrir, la generación pos-Sadam continúa su revolución, en la playa.

"Nuestros dirigentes nos han privado de todo: de nuestros derechos, nuestro dinero, nuestra dignidad (...) Aquí descubrimos simplemente el sabor de la libertad", sonríe Ammar Salah, de 20 años.

Desempleado y sin dinero, Ali acude a esta "playa", como la llaman sus ocupantes, para embriagarse de lo que queda del viento de revuelta que sopla en Irak desde octubre.

"Ya no tenemos nada que perder, ¡no nos moveremos hasta que los ladrones en el poder no se hayan ido!", lanza con los pies hundidos en la arena, antes de volver a su partido de fútbol.

Muy cerca de Tahrir, epicentro de la revuelta, la playa ha conservado su ambiente apacible y casi carnavalesco de esos días.

"Aquí se encuentra la magia de los inicios del movimiento", constata Ali, periodista asiduo de este lugar.

Pues a medida que se recrudeció la represión -460 muertos y 25.000 heridos-, y se iba organizando el campamento autogestionado de Tahrir, la esencia ha cambiado.

"La movilización es menor, las figuras han cambiado, milicianos y espías se han infiltrado entre los manifestantes", lamenta. La influencia de los partidarios del líder chiita Moqtada Sadr se puede sentir cada vez más.

- "¡Alegría!" -

La playa de Tahrir se extiende a orillas del río Tigris, entre los puentes Senek y al Jumhuryia, donde las fuerzas de seguridad bloquean el acceso a la protegida Zona Verde.

En este barrio, las centenarias casas de ladrillo con balcones de madera, actualmente deteriorados, ilustran el pasado glorioso de la ciudad. Modernas edificaciones desfiguran ahora el paisaje, con los T-wall, paredes de cemento antiatentados, recubiertos de grafitis.

Los tuk-tuk rojos y amarillos -taxis de pobres convertidos en emblema revolucionario- depositan a sus sonrientes pasajeros en esta orilla.

La duna está en parte ocupada por improvisados mausoleos, rodeados de flores secas: un casco de obrero, una camiseta ensangrentada, banderas iraquíes sobre la arena, recuerdan a los "mártires" caídos en las barricadas.

Sus retratos decoran las tiendas donde los más decididos pasan la noche.

"Prohibido tirar su basura", indican pancartas pegadas en las tiendas. Cada uno limpia su parcela de arena, para demostrar su civismo por el "nuevo Irak".

Con Sadam Husein, y durante la guerra civil, era impensable pasear por este lugar, cerca del palacio del dictador, y de la Zona Verde del ocupante estadounidense. "¡Era demasiado peligroso! No había nadie, sólo perros por la noche", recuerda Ayman, un exvecino.

Con esta playa, toda una nueva generación se vuelve a apropiar de las orillas del Tigris. "Hemos llorado tanto, ¡ahora queremos alegría!", exhorta uno de los innumerables eslóganes pintados en un muro.

- "Cambiarlo todo" -

La violencia parece lejana. Tres adolescentes tratan de sacar de la arena la rueda trasera de una moto, mientras otros jóvenes con camisetas ajustadas y pantalones arremangados juegan al vóleibol.

Una canción de tecno iraquí y éxito rap ("I got love") irrumpe para anunciar un concurso de baile hip-hop. Con un fular alrededor de la cabeza, dos grandullones dan vueltas sobre su cabeza entre aplausos.

La víspera, hubo un curso de yoga, del que las fotos de fuertes barbudos en la clásica postura del perro o con los pies en el aire causaron sensación en las redes sociales.

La mayoría son jóvenes, hombres, y pobres. Como Sofiane, de 26 años, con el brazo deformado por la poliomielitis, quien nunca obtuvo "ningún subsidio" por su enfermedad y tiene la esperanza de que las manifestaciones van a "cambiarlo todo".

Algunos filman con sus teléfonos. "Estas escenas eran inimaginables hace aún unos meses", dice con asombro Ali. Antes de decir escéptico: "No estoy seguro de que esto vaya a durar".