Bacterias cada vez más resistentes a los antibióticos, ¿la pandemia del futuro?

Nos acercamos a un futuro donde los antibióticos que conocemos cada vez nos ayudarán menos a combatir las infecciones. Las consecuencias de eso pueden tener una magnitud que todavía no nos imaginamos: muchos procedimientos quirúrgicos, como los transplantes, podrían ser imposibles. El mundo necesita nuevos antibióticos, pero la investigación en este campo no es rentable para el mercado farmacéutico.

Un mundo donde una herida en la rodilla pueda ser fatal. Un transplante, una misión imposible. La lucha contra la neumonía, una batalla perdida. Este es el futuro que se cierne sobre nosotros si no logramos encontrar una manera de contrarrestar la resistencia cada vez mayor que tienen las bacterias contra los antibióticos.

Desde que se descubrió la penicilina en 1928, estamos acostumbrados a poder tratar una gran variedad de infecciones provocadas por bacterias, las mismas infecciones que antes podían significar la muerte y que, en las próximas décadas, pueden volver a poner nuestros sistemas de salud en jaque.

Años de uso de antibióticos han tenido una consecuencia previsible: las bacterias, unos organismos extremadamente adaptables, han logrado desarrollar resistencias a varios de estos fármacos para sobrevivir. Sin embargo, este proceso evolutivo y natural se ha acelerado cada vez más.

Antibióticos: el fármaco contra todo

Parte de culpa la tiene el uso indiscriminado e irresponsable de los antibióticos. Estamos acostumbrados a administrarlos para todo, incluso cuando no son necesarios, acuciando así a las bacterias a evolucionar para evitar sus efectos. A pesar de que la conciencia alrededor de un consumo responsable ha aumentado, la pandemia de Covid-19 reveló que, cuando vuelve a atenazarnos el miedo a la enfermedad, una vez más buscamos escudarnos con los antibióticos.

La Organización Panamericana de la Salud calcula que, durante el inicio de la pandemia, se trató con antibióticos el 94 % de los casos graves de coronavirus, a pesar de que esta enfermedad está provocada por un virus y no una bacteria. Este tratamiento solo fue útil para un 8 % de los pacientes que contrajo alguna infección secundaria derivada del Covid-19.

La irresponsabilidad también recae sobre la ganadería intensiva, por ejemplo: se administran cantidades masivas de fármacos contra las bacterias a los animales de granja para evitar infecciones pero también porque, si se dan en pequeñas dosis, contribuyen a engordarlos.

Las pérdidas económicas de los antibióticos

Ya en la década de los 60, las bacterias habían desarrollado resistencia contra la penicilina. Sin embargo, en ese momento había una miríada más de antibióticos que podían sustituirla y ayudar a esquivar la evolución de las bacterias.

Hoy en día, eso apenas es una posibilidad. Nos estamos quedando sin antibióticos nuevos: el microbiólogo José Luis Martínez, del CSIC, apunta a France 24 que existe un "vacío científico" y un "vacío económico". Por un lado, la mayoría de antibióticos tienen origen natural, y ya hace años que buscar en la naturaleza no está proporcionando nuevos elementos contra las bacterias. "Los antibióticos sintéticos, además, no dan los resultados esperados", agrega Martínez, quien considera que eso se podría solucionar con más investigación.

Sin embargo, más investigación cuesta más dinero, y la industria farmacéutica no está dispuesta a invertirle a los antibióticos. Son fármacos baratos, que se administran durante un período corto de tiempo y que, por si fuera poco, curan. Algo que debería ser una buena noticia se traduce en menos beneficios económicos para las empresas.

Actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, solo hay 43 antibióticos en ensayos clínicos, mientras que existen más de 5.000 nuevos tratamientos en estudio para el cáncer.

¿Un mundo sin antibióticos?

Las consecuencias de la resistencia bacteriana a los antibióticos ya se sienten hoy en día. Infecciones como la tuberculosis, la gonorrea o la neumonía son cada vez más difíciles de tratar. Se estima que unas 700.000 personas mueren anualmente debido a la falta de antibióticos que funcionen. Esta cifra podría superar los 10 millones en el año 2050 si no se toman medidas.

José Luis Martínez apunta otros impactos de esta problemática. "El mayor problema son aquellas enfermedades para las que hay antibióticos que podemos usar, pero cuando detectamos cuál nos sirve llegamos tarde y la infección ha progresado", asegura el microbiólogo.

Además, recuerda que "si no tenemos sistemas para tratar las infecciones hay muchos procedimientos médicos que no podremos realizar, como los transplantes" u otras cirugías o tratamientos que impliquen riesgos altos de infecciones o que dejen los pacientes inmunosuprimidos.

¿Qué podemos hacer?

Para evitar llegar a un mundo sin antibióticos, hay varias cosas que pueden y deben hacerse. La primera es tratar de ralentizar el desarrollo de resistencias haciendo un uso más responsable de los antibióticos, tanto en humanos como en animales, pero también cortando la cadena de transmisión de las bacterias.

"Hay que romper esas rutas, y dentro de eso son importantes los contactos entre humanos y animales y también a través de las aguas residuales (...) Controlar adecuadamente el tratamiento de las aguas residuales es esencial para luchar contra la resistencia a los antibióticos", asegura Martínez, dado que son en esas aguas donde se vierten todas nuestras bacterias.

Por otro lado, es indispensable mayor implicación pública en la investigación de nuevos antibióticos, naturales o sintéticos, para combatir las enfermedades infecciosas. Sin embargo, la respuesta no solo está en los antibióticos: Martínez nos recuerda que "el problema es la infección, no el antibiótico" y que se pueden encontrar otros métodos para luchar contra la enfermedad.

Por ejemplo, las vacunas: "si tenemos sistemas mejores para luchar contra la infección, el problema sanitario será menor. Las vacunas contra las bacterias patógenas suelen ser peores que contra los virus, hay muchas vacunas pero todavía habría que progresar en ese método".

La conclusión: un uso responsable y más investigación.

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