El ayuno, una prometedora arma contra los efectos nocivos de la quimioterapia

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Mi abuela solía decir que somos lo que comemos. Salvando las distancias, esto es bastante cierto en general: sabiendo lo que se lleva a la boca cada persona podemos adivinar mucho de su composición corporal y su salud.

Pero ¿qué nos hacemos cuando no comemos, es decir, cuando ayunamos? ¿Nos volvemos más fuertes o nos debilitamos frente a situaciones de estrés o daño, como accidentes o productos tóxicos? ¿Podría servir de ayuda para minimizar los estragos de la quimioterapia, un veneno que ataca tanto a las células malignas como a las sanas?

Estas preguntas se las planteó la investigadora Marta Barradas, del grupo de Síndrome Metabólico en el instituto IMDEA Alimentación, aplicándolas a su especialidad: la biología de las células y las moléculas. ¿Qué le pasa a la composición de las células cuando dejamos de ingerir alimentos un tiempo prolongado?

Para resolver la cuestión, Barradas y sus colegas decidieron hacer un ensayo nutricional con 20 voluntarios humanos sanos, que ayunaron 36 horas, y con ratones jóvenes y saludables, a los que dejaron sin comer 24 horas. Recogieron muestras de sangre antes y después.

Baja la insulina y sube la grasa saludable

Desde hace ya tiempo se sabe mucho sobre cómo funciona el ayuno a nivel metabólico y hormonal. Cuando comemos, nuestro páncreas segrega insulina a la sangre, una hormona que transmite señales a los tejidos para que almacenen energía. Cuando pasan varias horas tras la última comida (entre 10 y 14, dependiendo de cada persona), los niveles de esa sustancia disminuyen mucho.

El cuerpo experimenta entonces un cambio metabólico drástico y empieza a tirar de sus reservas más abundantes: la grasa. El tejido adiposo, que hasta entonces sólo servía para almacenar energía sobrante, comienza a volcar ácidos grasos libres a la sangre, que poco a poco se convierten en la principal fuente de energía del cuerpo.

Volvamos a nuestra pregunta: ¿qué les pasa a nuestras células cuando ayunamos? Resulta que todas las células están rodeadas de una membrana finísima que las separa del exterior, formada sobre todo por ácidos grasos: exactamente las mismas moléculas que se liberan a la sangre durante el ayuno. Así que el Grupo de Síndrome Metabólico decidió colaborar con Aleix Sala-Vila, del Grupo de Riesgo Cardiovascular y Nutrición en el Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas, especialistas en estudiar la composición de las membranas celulares.

El ayuno mejora las membranas de las células

Sala-Vila se mostró inicialmente muy escéptico, ya que normalmente las intervenciones nutricionales requieren varias semanas para provocar transformaciones claras en la composición de las membranas. Pero, al analizar los glóbulos rojos de los voluntarios humanos y de los ratones en ayunas, observó sorprendido que los envoltorios celulares experimentaban indudablemente cambios en algunos ácidos grasos, tras solo dos días de intervención: ahí había algo interesante.

Un análisis más detallado reveló otro resultado muy llamativo: los ácidos grasos de las membranas no se transformaban aleatoriamente, sino que seguían un patrón muy claro. Tras la restricción de alimentos, tenían más ácidos grasos insaturados, asociados a una mejor salud; y menos ácidos grasos saturados, relacionados con problemas metabólicos y cardiovasculares.

Es decir: el ayuno hacía parecer más saludables a nuestras membranas. Por último, vieron que estas variaciones se vinculaban muy estrechamente con la vía de la insulina, la hormona que señaliza la presencia de alimento: cuanto más bajaba la señal de esta, más claro era el cambio en los ácidos grasos de las membranas. Algo así como si, al ayunar, las células se hicieran un lifting y dejaran de fumar.

Propiedades antitóxicas

Todo esto está muy bien, pero ¿qué consecuencias tiene que nuestras membranas se carguen de ácidos grasos insaturados durante el ayuno y que la señal de la insulina se apague con más intensidad? ¿En qué nos ayuda (o perjudica)? Para averiguarlo, el investigador Adrián Plaza, también del Grupo de Síndrome Metabólico, se basó en estudios anteriores que habían mostrado una propiedad muy interesante del ayuno: su capacidad de proteger de situaciones de daño y toxicidad.

En particular, el ayuno reduce los efectos secundarios de la quimioterapia, la estrategia más común para tratar el cáncer. Aunque las células cancerosas son más sensibles a ese tratamiento que las sanas –y los médicos ajustan la dosis de compuestos para matar solo al tumor– no se pueden evitar los efectos secundarios serios en los pacientes.

Los investigadores buscan constantemente formas de reducir este daño colateral. Desde hace años se sabe que el ayuno protege a los ratones y a los pacientes de cáncer de los efectos de la quimioterapia, pero no se entiende bien cómo lo hace. Una posibilidad era que el lifting que experimentan nuestras células cuando se restringe la comida sea el responsable de que sean más resistentes a los fármacos administrados.

Ratones más resistentes

Para poder estudiar esta posibilidad, Adrián Plaza diseñó una plataforma en la que podía medir en ratones cuánto daño sufren diferentes tejidos (corazón, hígado, riñón, médula ósea e intestino) cuando se les administra quimioterapia. De esta manera, observó que los animales que mostraban una composición más saludable de sus membranas y un apagón más acusado de la señal de la insulina estaban más protegidos por el ayuno frente a los efectos secundarios del tratamiento.

Podemos predecir, por lo tanto, cómo va a responder un paciente al ayuno cuando se combina con la quimioterapia, en función de cómo respondan al ayuno las membranas de sus células y su señalización de la insulina.

Existen en la actualidad varios ensayos con personas que reciben quimioterapia a las que se les administra un ayuno corto, como el promovido en Madrid por el grupo del investigador Pablo José Fernández Marcos con pacientes de cáncer de colon. Conocer mejor cómo protege frente a los efectos secundarios nos va a permitir diseñar mejor estos ensayos clínicos.

Además, estos resultados abren nuevas vías de investigación: ¿podemos entrenar a los pacientes para que respondan mejor a la restricción de alimentos y, así, sean más resistentes a los efectos del tratamiento? ¿Podemos buscar estrategias que mimeticen el ayuno sin necesidad de dejar de comer? ¿En qué otras situaciones de estrés o daño podría ser también beneficioso el ayuno?

Mi abuela también decía: lo que no te mata te hace más fuerte. No creo que se estuviera refiriendo precisamente a las membranas de las células pero, como casi siempre, ¡mi abuela tenía mucha razón!

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Pablo José Fernández-Marcos recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, código PID2020-114077RB-I00.