Sí, probablemente haya pedacitos de dinosaurio fosilizados en la luna

Miguel Artime
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Hace 66 millones de años, llegó desde el cielo el heraldo que anunciaba el fin de la era de los dinosaurios. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).
Hace 66 millones de años, llegó desde el cielo el heraldo que anunciaba el fin de la era de los dinosaurios. (Imagen Creative Commons vista en Pixabay).

El 16 de julio de 1969, mientras Armstrong pisaba por primera vez la luna en nombre de la humanidad, muchos pensaron que no solo era el primer hombre, sino que en realidad era el primer embajador del planeta Tierra en alcanzar los remotos páramos lunares. ¿Pero fue el rubicundo astronauta realmente el primer organismo terrestre en posar su masa en nuestro satélite? Probablemente sí, al menos vivo y de una pieza, muerto y en pedacitos ya a es otro cantar

Estos días en las redes sociales se ha retwitteado de forma viral un pequeño extracto de un libro publicado en 2017 por el divulgador Peter Brannen. La obra en cuestión, titulada ““The Ends of the World”, contiene una pequeña entrevista que el autor realizó a uno de los mayores expertos en el suelo de la península de Yucatán, el geofísico mexicano Mario Rebolledo Vieyra.

¿Por qué se ha difundido tanto este texto? La razón es que a mucha gente le ha sorprendido, maravillado, fascinado [elíjase opción] la posibilidad de que 66 millones de años antes que Armstrong, los dinosaurios se las apañaran para alcanzar la luna, aunque en el trayecto no pudieran presumir de tecnología, ya que estaban todos hechos puré.

Es bien sabido que el impacto del asteroide que provocó la extinción masiva que acabó con “casi” todos los dinosaurios (ahí siguen las aves) envió al espacio grandes porciones del planeta Tierra, algunos de los cuales fueron a parar a la superficie de nuestra vecina cósmica, la luna.

Pero dejemos que sean Brannen y Rebolledo quienes lo cuenten:

“El meteorito en sí era tan gigantesco que ni siquiera notó que hubiera atmósfera alguna”, dijo Rebolledo. “Viajaba de 20 a 40 kilómetros por segundo y tenía una anchura de 10 kilómetros, probablemente 14, que empujaba la atmósfera generando una presión tan increíble, que el océano bajo él simplemente se desvaneció”.

Estos números son precisos, pero no transmiten de forma útil la escala de la calamidad. Lo que implican es que hubo una roca más grande que el Everest que golpeó al planeta Tierra mientras viajaba 20 veces más rápido que una bala. Esta velocidad es tan alta que atravesaría la distancia que separa del suelo a un Boeing 747 en plena altitud de crucero en apenas 0,3 segundos. El asteroide era tan grande que, incluso en el momento del impacto, su cabeza habría asomado más de una milla por encima de la altitud de crucero de ese mismo avión. En su descenso, casi instantáneo, comprimió el aire debajo de él con tanta violencia que – brevemente – se volvió varias veces más caliente que la temperatura superficial del sol.

“La presión de la atmósfera bajo el asteroide comenzó a horadar el cráter antes incluso de que tocara el suelo” añadió Rebolledo. “Después, en el momento en que el meteorito tocó la zona cero, estaba totalmente intacto. Era tan masivo que la atmósfera ni siquiera le provocó un rasguño”.

A diferencia de las imágenes sobre impactos de asteroides generadas por computadora a las que nos tiene acostumbrado Hollywood, en las que aparece una briqueta de carbón extraterrestre ardiendo suavemente en el cielo, en Yucatán el día habría sido agradable un segundo, y el mundo se habría acabado al segundo siguiente. Cuando el asteroide chocó con la Tierra, en la porción de cielo situada sobre la roca, en lugar de aire y atmósfera habría un agujero de vacío abierto al espacio exterior. Cuando los cielos se precipitaron para cerrar ese agujero, enormes volúmenes de tierra fueron expulsados a la órbita y aún más allá, todo en apenas uno o dos segundos tras el impacto.

“Así que probablemente haya pequeños trozos de hueso de dinosaurio en la luna”, le pregunté.

“Sí, probablemente”.

¡Una lástima que el libro de Brannen no se haya traducido al castellano!

Me enteré leyendo IFLScience y Kottke.org .

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