Asier Villalibre o cuando la alegría ajena se convierte en ofensa

Guillermo Ortiz
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SEVILLE, SPAIN - APRIL 17: Asier Villalibre of Athletic Club reacts during the Copa del Rey Final match between Athletic Club and Barcelona at Estadio de La Cartuja on April 17, 2021 in Seville, Spain. Sporting stadiums around Spain remain under strict restrictions due to the Coronavirus Pandemic as Government social distancing laws prohibit fans inside venues resulting in games being played behind closed doors. (Photo by Fran Santiago/Getty Images)
Photo by Fran Santiago/Getty Images

Asier Villalibre es un delantero tosco, peleón, de los que se ganan todo lo que consiguen. A sus 23 años, vivió el momento más importante de su carrera en la final de la Supercopa de este año, cuando el Athletic de Bilbao se impuso 3-2 al Barcelona gracias a un gol suyo que mandaba el partido a la prórroga en el minuto 89, al borde del abismo. Villalibre es un currito de esto; a su edad, ni siquiera se sabe si conseguirá establecerse en primera división, si será carne de segunda o qué será de él. Sabemos que, contra todo pronóstico, se ha ganado un puesto en las rotaciones del Athletic, aunque sea como suplente, y que en su palmarés ya aparecerá un título de los que no se regalan sino ganado a pulso.

Como a Villalibre le gusta mucho la música, decidió ponerse a tocar la trompeta en plena celebración sobre el césped de La Cartuja, cosa que repitió después en distintos festejos. Un chico joven, alegre, sanote, festejando un éxito. Sin embargo, no sentó bien. O no le sentó bien a la clase de gente que se enfada por la felicidad ajena, la que considera que un gesto de alegría en el éxito es en el fondo una burla al que se siente triste en el fracaso. El pasado sábado, aprovechando la paliza que le metió el Barcelona al Athletic de Bilbao en la final de Copa del Rey, muchos decidieron ajustar cuentas. Cuando digo "muchos" no hablo ni mucho menos de una mayoría pero sí de una cantidad suficientemente ruidosa y molesta como para anegar las redes sociales.

Villalibre se convirtió en Trending Topic y todo eran memes y bromas sobre su trompeta. Mientras el jugador de verdad se quedaba a aplaudir al campeón mientras este levantaba la copa, su imagen iba de cuenta en cuenta como objeto de burla cruel. No hay triunfo si no hay escarnio, deben de pensar algunos. No sirve de nada ganar si en realidad no lo concibo como una venganza. Todo título es, en el fondo, un ajuste de cuentas. Y si las cuentas hay que ajustarlas contra el delantero suplente de un equipo de mitad de tabla para abajo que un día se atrevió celebrar lo que se había ganado, pues se ajustan y punto. No hay piedad en la mentalidad del aficionado al fútbol más garrulo, en el eterno ofendido que espera la más mínima para ofender.

El origen de esta mentalidad es difuso y no abarca solo al fútbol, por supuesto. De un lado, está el punto de la ofensa, la necesidad de ofendernos por cualquier cosa que digan o hagan los otros llevada al extremo. La imposibilidad de mostrar un sentimiento porque un sentimiento es peligroso, es ofensivo, es una amenaza. De otro lado, tenemos la necesidad de demostrar nuestra superioridad, especialmente si lo hacemos en grupo. La banda de matones que la cogen con uno y le humillan hasta donde les da la gana porque sienten que pueden, que de hecho es lo suyo. No ya el pique sano, la burla al amigo que suele acabar con un abrazo o un "suerte en la próxima". No, el insulto, el agravio, el cebarse al máximo.

Lo que pasa en el campo nunca queda en el campo

Hay algo mal en la cabeza de esa gente. La que entiende el deporte como un "conmigo o contra mí" porque probablemente ya entienda la vida en esos términos. Por supuesto, mejor estos linchamientos de red social que los navajazos de los ochenta o noventa, pero me sigue costando ver la incapacidad de aceptar una derrota y sus consecuencias. Lo que, de toda la vida, se ha llamado, precisamente, "deportividad". Cuanto más distantes se vuelven los objetos de nuestras pasiones -entrenamientos cerrados, hoteles inaccesibles, cochazos que aceleran a la vista de un aficionado- más enconadas se vuelven estas pasiones contra los demás. Si me ganas, me haces daño, me faltas al respeto, incluso. Si yo te gano a ti, prepárate.

FC Barcelona playets celebrate after winning the Copa Del Rey Final match between Athletic Club and FC Barcelona  at Estadio de La Cartuja in Sevilla, Spain, on April 17, 2021. 
Sporting stadiums around Spain remain under strict restrictions due to the Coronavirus Pandemic as Government social distancing laws prohibit fans inside venues resulting in games being played behind closed doors. 
(Photo by Jose Luis Contreras/DAX Images/NurPhoto via Getty Images)
El Barça se proclamó campeón de la Copa del Rey. Foto: Jose Luis Contreras/DAX Images/NurPhoto via Getty Images.

Es triste que todo esto se lo coma Villalibre pero obviamente Villalibre solo pasaba por ahí. No hay nada personal en la burla. Había que buscar una excusa para disparar el odio y Villalibre se convirtió en la diana perfecta. Algún día habrá que hablar de lo del odio en el deporte y lo del odio en la sociedad. Algún día habrá que señalar a los pastores de ese odio, los que lo llevan a un lado o al otro como un rebaño inofensivo sin ser conscientes de los riesgos que eso supone para todos. Cuando de la actuación de Villalibre en la Supercopa no se recuerda su gol decisivo sino que atosigó a Messi hasta que el argentino le tumbó de un puñetazo, tenemos un problema.

Esta búsqueda constante de la polémica, de la injusticia, del plan privado para perjudicar a mi equipo -la semana siguiente lo beneficiarán, pero eso, claro, será un accidente- priva de placer al juego. O exige que el placer lo busquemos en otros aspectos que nada tienen que ver con la competencia. Por ejemplo, el placer de humillar. No dice mucho de nosotros y no tengo nada claro que tenga que ver con la naturaleza humana, sin más. Por otro lado, tampoco hay mucho que se pueda hacer para cambiarlo. Si el tiempo que puedes pasar celebrando, prefieres pasarlo burlándote del que ha perdido, es una cuestión muy personal. Quizá, dirán algunos, mejor que toda esa inquina se centre en el fútbol y no en algo más importante pero es un argumento con poco recorrido: como decía Camus, en el fútbol está todo y lo que pasa alrededor del terreno de juego nunca, absolutamente nunca, se queda alrededor del terreno de juego.

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