Así son los colegios que pagamos con nuestros impuestos: ganchillo para niñas, futbol para niños.

Parece mentira que pueda existir algo así en el siglo XXI. Pero existe. Hay quien lo defiende hasta el punto de llevar a sus hijos allí. Y lo pagamos entre todos. Sí. Usted y yo. De nuestros impuestos.

Pagamos colegios que les enseñan a las niñas que lo suyo es el ganchillo o labores caritativas en los comedores sociales, y a los niños que lo suyo es ir al Bernabéu a ver jugar al Real Madrid. Actividades dirigidas de manera exclusiva sólo a niñas o sólo a niños.

En uno de los casos más extremos, investigado ya por la Comunidad de Madrid, uno de los colegios segrega incluso en las actividades extra escolares: el centro no permite que los niños se apunten a actividades consideradas como femeninas, ganchillo, por ejemplo. O programa salidas extraescolares a labores caritativas como un comedor social sólo para las chicas; y a lugares más “masculinos”, como un estadio de futbol, sólo para los chicos.

67 colegios concertados españoles discriminan por sexo a niños y niñas.

Este colegio –el católico Juan Pablo II de la localidad madrileña de Alcorcón- lo pagamos entre todos: es uno de los más de los 67 centros escolares españoles concertados que aplican la educación mixta diferenciada: niñas por un lado, niños por otro. Con el dinero que le quitan cada mes a usted de la nómina, o con el IVA que paga por el café, los pañales o los zapatos de los niños. Con ese dinero.

Y aquí se abren varios debates:

  • ¿Deben pagar todos los ciudadanos de un país constitucionalmente aconfesional las escuelas religiosas de familias que quieren educar a sus hijos con un determinado credo?
  • ¿Deben pagar todos los ciudadanos españoles las escuelas que separan a niños de niñas, con todas las carencias -demostradas en múltiples estudios científicos- que eso conlleva para la vida real?
  • ¿Deben pagar todos los españoles a escuelas que programan actividades sólo para niñas como clases de ganchillo?

Durante seis años yo fui alumna de un colegio religioso concertado femenino. Desde los 8 a los 14 años. Las niñas de mi clase tenían miedo, respeto y adoración por los chicos. Las niñas de mi clase veían a los niños como héroes románticos. Las niñas de mi clase no se atreverían a pedirles ni una goma de borrar. Nunca habían tenido con ellos una conversación de patio de colegio. Nunca habían intercambiado cromos. Nunca habían compartido un bocadillo a mordiscos.

Porque muchas de las niñas de mi clase del colegio de monjas eran incapaces de establecer una relación de iguales (“hola, ¿me prestas el boli?”) con un chico. Ellos eran, por inusuales, mitos. Y chicas confiadas de sí mismas se volvían ante un chico seres inseguros, incapaces de balbucear media frase coherente.

En 2013 el Tribunal Supremo avaló una decisión de la Junta de Andalucía para retirar las subvenciones públicas a los colegios que segregan por sexo. No cuestionaba el tribunal la existencia de este tipo de educación, pero sí que se pague con dinero de todos. 67 escuelas en España  -la mayoría vinculadas a la Iglesia- reciben dinero del Estado –de  lo que usted paga cada mes de sus impuestos- para seguir funcionando.

Separar a los niños y niñas refuerza el sexismo y fomenta los estereotipos hombre-mujer, según un estudio de la revista Science, que además prueba que este tipo de centros  no mejoran los resultados académicos. Yo vi más diferencias de nivel entre las chicas de mi clase de las monjas que entre chicos y chicas del instituto mixto al que fui después. ¡Claro que hubo momentos difíciles estudiando con chicos! El juego tú-eres-popular tú-no puede ser muy cruel, sobre todo en la adolescencia de hormonas revolucionadas, pero te prepara para la vida que te espera fuera. Para construir la igualdad entre hombres y mujeres no podemos seguir segregando por espacios.

Si la diferente evolución de la inteligencia entre chicos y chicas fuera la verdadera razón de segregar por sexos, quizá mejor segreguemos por notas, ¿no? Pero temo que esa no sea la razón.

 

 

 

 

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