Así fue, tras las cámaras, la emisión del episodio más duro sobre Rocío Carrasco

Carme Chaparro
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Hay mucho que no se ve durante la emisión en directo de "Rocío, contar la verdad para seguir viva", muchas cosas que pasan mientras las cámaras no enfocan a una persona concreta, mientras el espectador, en casa, está viendo un video, durante la publicidad, o antes de entrar, cuando la directora del programa, la maravillosa y valiente Anaís, nos da dos pinceladas de lo que vamos a ver. 

Porque ahí, en el plató seis de Mediaset, se entra sin haber visto nada. No sabemos qué va a contar Rocío, cómo, o hasta qué punto.  

Anoche llegué llena de apuntes, y de cifras, y de ejemplos. Entré en ese plató llena de datos.

Y salí, salimos todas de ese plató, llenas de tristeza.

Ayer hubo lágrimas en el plató seis.

No se vieron, porque las mujeres que lloraron no querían que su tristeza fuera la protagonista, que su pena y su llanto eclipsaran lo que habíamos ido a contar. Pero varias de ellas se rompieron, y agacharon la cabeza y giraron su silla para que no se las viera. Porque esas mujeres, compañeras valientes a las que desde aquí mando un gran abrazo, querían que se viera la luna, no su dedo. 

Anoche vi a compañeras derrumbarse como no he visto nunca en un plató. Porque creer a Rocío duele, nos hace replantearnos muchas cosas, y realizar un profundo examen de conciencia

Pero se derrumbaron en privado. Porque querían, queríamos todas las que estábamos allí, que de lo que se hablara fuera del proceso de destrucción mental de una mujer. Y de los hijos. Porque en estos casos todos son víctimas. Los niños y las niñas también.

Que las víctimas de abuso -de cualquier abuso- no son capaces de reaccionar y poner fin a lo que les está ocurriendo por algo que se llama indefensión aprendida: la víctima entra en una espiral de dolor y vulneración porque se da cuenta de que, haga lo que haga, es incapaz de modificar una situación. Eso genera en ella un sentimiento de falta de control en el que el cerebro, para protegerse, te lleva a no hacer nada. Te paralizas, te bloqueas o huyes. Pero, ¿cómo iba a huir Rocío de las portadas de las revistas, de las apariciones en televisión? ¿Cómo huyes de algo que es público y constante?

En las casas de acogida de mujeres cuya vida corre serio peligro -ellas se encarcelan en lugares secretos para tratar de seguir vivas-, no admiten hijos a partir de cierta edad, quince o dieciséis años, porque ya han interiorizado el comportamiento paterno, y esos niños y niñas pasan de víctimas a repetir los patrones del maltratador, punto por punto. Porque eso es lo que han visto toda su vida, y porque eso es lo que han interiorizado como normal. Creen que la única manera de relacionarse entre un hombre y una mujer es esa: la violencia -psicológica o física- y la sumisión.  

Una mujer maltratada tarda diez años de media en denunciar. Algunas lo hacen antes. Otras, no llegan a hacerlo. Las matan antes. Y siempre hay un click, un momento en el que de repente se dan cuenta de lo que pasa. Suele ser con los hijos. Cuando los ven en peligro o cuando se dan cuenta de que están cambiando, es cuando por fin ven lo que les han hecho a ellas. 

Ojalá esa madre y esos hijos puedan volver a abrazarse. Pero la destrucción de los tres ha sido tan brutal que necesitan mucha ayuda para recoger los trocitos en los que se han convertido. 

Y, de nuevo, gracias a Mediaset por llevar este tema en prime time.