Así es vivir en Gaza, la cárcel para los palestinos sin luz, sin agua y sin comida

El sol vuelve a salir un día más sobre la Franja de Gaza y sus dos millones de habitantes se preparan para una nueva jornada en la que no hay prácticamente nada que celebrar. Las protestas de las últimas seis semanas en la que exigían la devolución de las tierras ocupadas por los israelíes han dejado decenas de muertos y miles de heridos, personas que han sucumbido ante el fuego israelí mientras que protestaban pacíficamente.

La situación, al igual que hace diez, cinco o dos años, es dramática. Los inquilinos de esta estrecha franja de tierra de apenas 365 kilómetros cuadrados tienen que enfrentarse con la pobreza extrema, las malas condiciones sociales o la falta de comida y electricidad por culpa del bloqueo del país vecino.

Protestas de palestinos en la frontera (AP).

Vivir en Gaza significa soledad y aislamiento; la reclusión en un espacio muy pequeño (42 kilómetros de largo y 12,5 de ancho) del que no pueden salir: todo el oeste está cubierto de agua; en el este hay una valla metálica con alambre de púas; en el norte un muro gigantesco; y la comunicación con el sur a través de Egipto es muy reducida.

Es como una cárcel de la que resulta imposible escapar y la mayoría de su población no conoce otro lugar que no sea este, especialmente desde que en 2007 Israel impuso un férreo bloqueo.

En la Franja faltan muchas cosas y solo sobran muertes, demasiadas en la última década, más de un centenar en las últimas semanas. Hay electricidad apenas unas pocas horas al día, lo que provoca numerosos quebraderos de cabeza a la población local. Lo normal es entre cuatro y seis horas diarias como mucho de suministro, pero en algunas ocasiones se reduce a dos o tres, por lo que las tareas de la casa quedan muchas veces en suspenso y mantener los alimentos en buen estado supone un esfuerzo extra que no suele verse recompensado.

Los apagones son habituales en Gaza (REUTERS).

El bloqueo también impide la entrada de comida y medicinas, por lo que normalmente los hospitales están en condiciones muy precarias y los médicos se ven incapaces de tratar varias dolencias. En los casos más graves se intenta evacuar a la gente a Egipto, aunque no siempre es posible.

La economía de la franja está lejos de ser boyante. Un 53% de sus habitantes viven en la pobreza (una cifra cuatro veces superior a la Cisjordania), tal y como ha revelado un estudio de la Oficina Central Palestina de Estadísticas. La tasa de desempleo en el tercer trimestre de 2017 se situaba en el 46,6% según datos de Naciones Unidas, ascendiendo a un 64,9% en el caso de los jóvenes.

Los hospitales suelen estar colapsados (REUTERS).

Este sentimiento de injusticia y de enfado por la situación provoca que muchos se dirijan a la frontera para mostrar su malestar, arriesgándose a sufrir heridas e incluso a perder la vida por la reacción del Ejército israelí, siempre propenso a utilizar las armas.

La ausencia de agua potable es una dificultad añadida con la que los palestinos han aprendido a convivir. Se estima que el 95% de las aguas subterráneas no son aptas para el consumo y la que sale por los grifos es demasiado salada. Tal y como denuncia Médicos sin Fronteras, el sistema de desecho y tratamiento de aguas residuales no es eficiente, así que las personas ya no se bañan en el mar.

La violencia está presente habitualmente en la Franja y los palestinos viven con ella, conscientes de que cualquier bala perdida, cualquier manifestación o simplemente estar en el lugar equivocado en el momento equivocado les puede costar la vida. Una realidad dramática que desgraciadamente se ha convertido en una parte más de la rutina.