Así arruiné mi vida con las apuestas deportivas: de robarle joyas a mi madre a vivir solo para pagar las deudas

Eloy es un adicto. No fuma, apenas bebe y jamás ha probado la droga, pero ha arruinado a su familia por las apuestas deportivas. “Esa excitación engancha —revela—, es difícil controlar los impulsos cuando piensas que puedes ganar dinero sin trabajar”. Ahora, en el punto opuesto a ese escenario fabulado y favorable, vive y trabaja para pagar las deudas que ha contraído de su adicción al juego. Se reconoce a sí mismo como un ludópata, aunque nunca haya echado una moneda en una tragaperras. “Esto ya ha cambiado, ahora somos más jóvenes y adictos al juego online”, asegura. Y cuenta su historia para que otros no caigan.

Eloy mostrando una de las webs a través de las que llevaba a cabo sus apuestas online / Foto: Fernando Ruso
Eloy mostrando una de las webs a través de las que llevaba a cabo sus apuestas online / Foto: Fernando Ruso

La primera vez que Eloy apostó jamás pensó que un día acabaría empeñando todas las joyas de su madre, o robándole de la caja fuerte a su hermana, o pidiéndole a sus amigos, o contrayendo deudas con los minipréstamos, o cargando las apuestas en la tarjeta de crédito de su prima. Cualquier opción vale para conseguir dinero, la yesca que se consume en la adicción a las apuestas deportivas online.

Por la cabeza de Eloy, un joven sevillano de 35 años, llegó a pasar la idea de convertirse en ‘gigolò’. “En vender mi cuerpo por dinero”, recuerda. Él nunca lo hizo, aunque sabe de ludópatas que sí recurrieron a esta forma de ingresos.

Eloy no se llama Eloy. Ese no es su verdadero nombre. No lo oculta por vergüenza, ahora que todo su círculo de amistades y su familia sabe de su adicción ha vuelto a mirarlos a la cara sabiéndose un enfermo. Antes mentía para evitar el escarnio de los suyos. Prefiere mantener el anonimato para blindarse por si, en el futuro, dar la cara pudiera generarle problemas a la hora de conseguir un empleo.

Trabaja como camarero y no quiere ser el centro de las miradas si algún día falta dinero en la caja. “Y eso que nunca, nunca, nunca, metí la mano en la registradora; le he quitado cosas a mi familia, pero la caja siempre la respeté”, recuerda el joven que, después de pasar seis meses sin apostar, ha iniciado sus estudios universitarios y espera ser maestro de Primaria.

Un negocio en auge

En España, las apuestas deportivas, con un 52,40% del total en 2018, están comiéndole terreno al resto de juegos en detrimento del bingo, el casino, los concursos o el póker, según los registros de la Dirección General de Ordenación del Juego. También cambia la edad de los apostantes, que baja respecto a años anteriores.

El 85% de los apostantes son hombres, que se concentran en edades de entre los 18 y 45 años, rango al que pertenecen el 81,6% del total, que en España asciende a 1.394.949 jugadores. Cifra que aumentó en 2017 —último año con cifras disponibles— un 7,01% respecto al ejercicio anterior.

Bingo Montecarlo, el lugar al que acudí­a habitualmente Eloy para apuestas presenciales / Foto: Fernando Ruso
Bingo Montecarlo, el lugar al que acudí­a habitualmente Eloy para apuestas presenciales / Foto: Fernando Ruso

El gasto medio por usuario es de 384 euros al año, lo que equivale a 32 euros al mes y poco más de siete a la semana. Aunque aquí también hay diferencias entre géneros: ellos gastaron 429 euros frente a los 134 de ellas. El pico por edades está entre los 36 y 45 años, rango que gastó 593 euros de media al año. En 2018, las cantidades jugadas en apuestas subieron hasta los 6.962 millones de euros. La evolución ha tenido un enloquecido crecimiento desde los 2.009 millones de 2012.

La de Eloy es la historia de un adicto al juego, un perfil cada vez más habitual desde la proliferación de las casas de apuestas en muchos barrios de España. De ellos entran y salen jóvenes, que mantienen su idilio con el azar también a través de sus teléfonos móviles.

No duermes, te obsesionas con el dinero, apuestas por las noches a cosas irrelevantes, como un partido vóleibol de la liga taiwanesa”, cuenta Eloy. “En el trabajo también apuestas, solo por la excitación; incluso prefería apostar a hacer el amor con mi novia”, confiesa el joven, que acabó con esa relación.

—¿Cómo explicarías la adicción a un no adicto?

—Vivía para conseguir dinero para apostar. Delante de las apuestas estabas excitado, pero cuando empiezas a perder, comienza la ansiedad, un sinvivir. Y si no tienes dinero se te hace muy largo el día. He desvalijado a mi familia por apostar.

Eloy recuerda su primera apuesta. Recibió un mensaje de una empresa de apuestas. “Primera apuesta gratuita”, decía. Le llamó la atención, se registró y le dieron diez euros. Aficionado al tenis, vio que se jugaría un partido de tenis del jugador Verdi que se pagaba 51 euros a uno. Y apostó un euro. El tenista salvó tres bolas de break y acabó ganando. “Yo gané 51 euros y pensé que esto sería la hostia”, recuerda. “Después ya empecé a apostar como una persona ludópata —sigue—, tenía necesidad de seguir porque estaba convencido de que era dinero fácil”.

“Creí que me iba a forrar”

Eloy siempre ha sido un tipo risueño. Casi nunca dejaba aflorar el complejo de ser el de menos recursos de su familia. Su padre es médico jubilado, su madre es enfermera y sus hermanos también están vinculados al sector de la salud. Todos gozan de estabilidad económica, pero él no. “Yo nunca he sido nadie”, lamenta.

“Por eso creí que las apuestas eran una manera de ganar dinero, que me iba a forrar; creí que con cabeza lo conseguiría, pero pierdes la cabeza y apuestas a todo”, justifica Eloy. En dos semanas perdió mil euros. Entonces le entró la necesidad de recuperar ese dinero.

Y siguió perdiendo. Robaba el dinero de la caja fuerte de su hermana, pero se daba las trazas para reponerlo antes de que se dieran cuenta. Cuando ya situación se tornó insostenible y apenas podía sostener la mentira, se marchó a Madrid a trabajar de camarero. El azar, caprichoso, quiso que en el mismo bloque en el que vivía abrieran una casa de apuestas. Perdió 6.000 euros antes de que su familia se diese cuenta y decidiera apoyarlo.

Eloy, nombre ficticio, llegó a plantearse vender su cuerpo a cambio de dinero / Foto: Fernando Ruso
Eloy, nombre ficticio, llegó a plantearse vender su cuerpo a cambio de dinero / Foto: Fernando Ruso

“Pensaban que tenía un problema de drogas, mi madre me pagó esa deuda y empecé a hacer terapia con un psicólogo”, recuerda. “Creo que se dieron cuenta porque convencí a mi novia de que apostara y en una noche perdí mil euros delante de ella —explica—; jamás se me olvidará su cara”.

En Madrid, las casas de apuestas se concentran en barrios obreros como Usera, Tetuán o Carabanchel. La tendencia se repite bajo el mismo patrón por otras ciudades de España. En Sevilla hay lemas contra la presencia de estos establecimientos invaden las aceras a su alrededor. “Fuera casa de apuestas”, se lee. E incluso hay asociaciones que llegan a pegar pegatinas en sus escaparates a modo de respuesta.

El juego, en la campaña electoral

El juego ha llegado también a la campaña electoral, donde Unidas Podemos, a través de su líder, Pablo Iglesias, ha anunciado varias medidas: desde impedir la apertura de estos establecimientos por debajo de las diez de la noche a mantenerlos alejados de los centros escolares o establecer controles físicos que impidan el acceso de menores e incluso limitar el gasto en este tipo de actividad. También propone prohibirles anunciarse como a sectores como el del tabaco y el alcohol.

En este último punto también coincide con la tesis ya expuesta del PSOE de regular la publicidad y los juegos online en sí. En España hay una media de 6,63 salones de juego por cada 100.000 habitantes.

—Eloy, ¿ves útil la propuesta?

—No sé si es bueno o malo, cuando estás en el juego no hay nada que te frene apostar. Solo lo veo útil para evitar que apuesten los niños de colegios, porque muchas casas de apuestas están junto a colegios; pero, con internet, ¿quién le puede poner barreras?

Después de unos meses sin apostar, Eloy recayó en cuanto se vio con dinero en la mano y lejos del control de sus familiares. Luego llegaron los microcréditos de unos 500 euros, más de una docena, que todavía hoy paga. Los perdió y volvió a caer en la inercia de querer recuperarlos. “Quería irme lejos, no suicidarme, aunque esa sea una salida habitual entre los ludópatas”, confiesa el joven.

Su adicción se radicalizó. Si el local de apuestas abría a las diez, él llegaba a y media y salía a las cuatro y media de la tarde. Empeñaba objetos, como la cámara de su madre, hasta que empezó a mercadear con sus joyas. “Por lo menos diez bolsas de oro, unos 5.000 euros”, cuenta.

Eloy mostrando en su teléfono plataformas de apuestas integradas dentro de los propios medios de información deportiva / Foto: Fernando Ruso
Eloy mostrando en su teléfono plataformas de apuestas integradas dentro de los propios medios de información deportiva / Foto: Fernando Ruso

Así, tensando la cuerda, estuvo meses. “Sabía que me iban a pillar”, asegura. Pero siguió apostando hasta la misma noche en la que lo descubrieron. “Hice una última apuesta, era un partido de tenis de la ITF, con dos jugadores desconocidos —apunta—; y la gané, fui a cobrarla con mi madre, recuerdo perfectamente que eran 40 euros”. Su punto de inflexión.

Cuando todo se supo, Eloy esbozó su deuda en un papel. Unos 17.000 euros entre microcréditos, dinero prestado a amigos y demás. Las llamadas de sus acreedores superaban diariamente la treintena. “Sabía que había tocado fondo”, advierte.

Eloy defiende que los días posteriores a esa noche fueron los peores de su vida. Además de ir a recuperar las joyas empeñadas de su madre, mantuvo varias entrevistas en centro de internamiento para personas adictas. “Ahí sentí el miedo”, confirma. No quería verse conviniendo con enganchados a la droga o al alcohol, visiblemente desmejorados.

“He tocado fondo en mi vida”

Pero internarlo era inasumible dada la comprometida situación económica. Entonces oyó hablar de un centro en Sevilla: Asejer, una asociación de jugadores de azar en rehabilitación. “La ludopatía no tiene una pastilla que cure, pero esta es mi pastilla: la terapia”, confirma totalmente convencido. “Cuando vas sales aliviado, cuentas tu vida a una docena de desconocidos y sientes que lo que te pasa a ti no es algo raro, que ellos están en tu misma situación”, detalla. “Cada día llega alguien nuevo porque esto es una epidemia, y va a ir a peor”.

—¿Están cayendo muchos jóvenes?

—Bastante gente. Cuando tú vas a terapia al principio te crees que te vas a encontrar con drogatas, pero allí hay gente muy normal. Yo he tocado fondo en mi vida, pero hay doscientos que me superan.

Eloy tiene controlados sus ingresos y gastos. Su hermano ejerce de fisco, auditándole las cuentas al detalle. Ni un euro entra o sale sin que él lo sepa. “Yo no llevo dinero encima, y cuando lo necesito, lo pido; aunque luego tenga que justificarlo”, explica el sevillano. “No es control, es una ayuda”, advierte.

En seis meses sin apostar, Eloy ha conseguido recuperar la comunicación con su madre. “No me gustaba llegar a casa después de perder dinero, por eso esperaba a que ella se durmiera para entrar; recuerdo que me quedaba esperando en el portal o en el coche escuchando música para pasar el agobio”, narra. También el descanso que da una vida sin mentiras. “Yo era un mentiroso compulsivo, toda mi vida era una mentira —insiste—; no era feliz, pero lo parecía”.

—¿Qué le diría a una persona que vaya a hacer su primera apuesta?

—Que no la haga, que esto es una droga, con los mismos síntomas, te dominan, que solo llegas a vivir para las apuestas… y que no apueste.

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