Los artistas no llegan a fin de mes mientras los dueños de gatos se hacen millonarios

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Las reproducciones online son la principal vía de ingresos de los artistas y son irrisorias. Getty Images
Las reproducciones online son la principal vía de ingresos de los artistas y son irrisorias. Getty Images

Es difícil imaginar a Mick Jagger o a Paul McCartney pidiendo limosnas para poder subsistir de su música. Incluso durante sus comienzos, cuando todavía no eran nadie pero ya destacaban en sus carreras a nivel local junto a sus compañeros en The Rolling Stones y The Beatles (Londres y Liverpool), esta opción resulta impensable. Al principio tocaron gratis, como todo artista, pero pronto monetizaron de alguna u otra manera en un mundo de managers, promotores e intermediarios hambrientos de dinero. No fue fácil, pero tampoco tuvieron que mendigar ni tener que superar obstáculos en una realidad en la que los vídeos de gatitos se pagan mejor que las canciones.

En la actualidad, los futuros Jagger y McCartney lo tienen crudo porque el trozo del pastel que les toca ha quedado reducido a migajas en una era donde se ha normalizado que el arte, y las complicaciones necesarias para llevarlo a cabo, valga menos que los retratos caseros de lo mundano, con sus facilidades de ejecución.

Mientras los magnates de las redes sociales y los servicios de streaming continúan haciéndose más ricos, sus equipos siguen ideando maneras de compensar a los artistas de todas las formas posibles menos la más obvia de todas: sacrificando parte de sus ingresos para honrar su música. De esta forma, una compañía como Spotify, que genera unos ingresos de más de ocho mil millones de euros y cuyo co-fundador y CEO, Daniel Ek, cuenta con una suma neta de casi cuatro mil millones de euros, ha puesto en marcha la ‘Recaudación de Fondos para Artistas’ herramienta que sirve para que los usuarios que paguen o no una subscripción realicen donaciones directas a los músicos. Así, Spotify pretende compensar a los creadores tras ofrecerles una cifras irrisorias que rondan los 0,003 céntimos de euro por reproducción, por lo que hacen falta alrededor de 350 escuchas de una canción para llegar al euro. Apple Music paga el doble (todavía sigue siendo menos de un céntimo por reproducción) aunque cuenta con menos reproducciones que su competidor. En ninguno de los dos casos, lo recaudado llega directamente a los artistas.

Al carro de las limosnas también se ha unido Twitter, que ha puesto en marcha Tip Jar, otra forma de donación destinada a “creadores, periodistas, expertos y organizaciones sin ánimo de lucro”. Youtube trabaja en algo parecido a través de Applause, así como la aplicación de audio, Clubhouse. Es en esta realidad donde se está reescribiendo el concepto de la creatividad tradicional, donde es necesario adaptarse a las nuevas maneras de crear y distribuir arte o contenido. Lo contrario es el ostracismo de talentos incapaces de amoldarse a esta nueva realidad. Si tu nivel de genialidad llega a las esferas de Mick Jagger o Paul McCartney y tu pan de cada día depende de unos servicios streaming que el año pasado, en plena pandemia y sin posibilidad de dar conciertos, representaron el 83 por ciento de los ingresos de la industria musical, según un informe de Recording Industry Association of America, quizás sea mejor cambiar de tercio.

Katy Perry incluyó a al perro influencer, Jiffpom en uno de sus vídeos musicales. Reuters.
Katy Perry incluyó a al perro influencer, Jiffpom en uno de sus vídeos musicales. Reuters.

A día de hoy, abrir paquetes y hacer vídeos sobre cómo lo haces te puede reportar unos beneficios de un millón de dólares, como Katie Feeney, que en dos meses llegó a esa cifra con tan solo 18 años de edad gracias a Snapchat. Se puede incluso ganar medio millón sólo con grabar a tu hermana friendo un pavo por el Día de Acción de Gracias o llegar a 20 mil euros por post en Instagram, como Nala Cat, una gata rescatada que está reportando a sus nuevos dueños una millonada.

Mientras este nuevo contenido de click fácil sigue boyante, cada vez es más difícil que el mundo de la cultura tradicional sobreviva si no es capaz de adaptarse a los nuevos tiempos. Los creadores que dan con la tecla gracias a una fórmula donde prima la sencillez y no se valoran otros ingredientes que han definido arte y creatividad en el tiempo están eclipsando el talento de expresiones mucho más complejas. No sólo la atención, sino también el dinero se está canalizando lejos de los próximos Jagger y McCartneys. Quizás haya que hacer como Katie Perry e incluir a uno de esos animales de compañía que generan cifras astronómicas en redes sociales en sus vídeos musicales. Mientras tanto, los periódicos y las revistas se siguen hundiendo, los portales de noticias se ven obligados a sobrevivir a base de subscriptores porque los anunciantes buscan otros horizontes más jugosos, la mayoría de los aspirantes a cineastas ven cómo un minuto en TikTok generará más que cualquiera de sus proyectos o los músicos que han invertido dinero, tiempo y talento en sus creaciones se ven abocados a recibir limosnas online. Esa sí es la nueva normalidad.

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