El Ártico se está volviendo más verde, pero eso no nos salvará

Javier Peláez
·3 min de lectura
Vista del Parque Nacional Denali en Alaska, EEUU
Vista del Parque Nacional Denali en Alaska, EEUU

En la actualidad, los datos, los estudios y la posición de la mayoría de expertos e investigadores apuntan a que el cambio climático es ya un proceso imparable e irreversible. Las emisiones de gases invernadero apenas han descendido, los acuerdos internacionales han demostrado ser ridículos y ni siquiera un año de pandemia (incluyendo varios meses de confinamiento en casi todo el mundo) han logrado marcar alguna diferencia. Quedan ya pocos resquicios, pocas ventanas de oportunidad para conseguir, o al menos para intentar, que las consecuencias del calentamiento global sean algo más suaves y llevaderas.

Una de las pequeñas ventajas del aumento de las temperaturas a nivel global consiste en que algunas de las regiones, que ahora se encuentran congeladas, podrían ser algo más acogedoras para la vegetación. Hasta hace unos años existía la esperanza de que un clima más cálido en esas latitudes árticas y boreales lograría que esas zonas fuesen más hospitalarias para las plantas, lo que podría ayudar a fijar una buena parte del exceso de dióxido de carbono atmosférico.

Esta idea de que un Ártico más verde podría sernos de utilidad capturando CO2 y disminuyendo los efectos de los gases invernadero ha ido perdiendo fuelle durante los últimos años, pero una nueva publicación en Nature Climate Change ha terminado de tirar por los suelos muchas de nuestras esperanzas. La investigación, dirigida por científicos de la Universidad de California Irvine y la Universidad de Boston, confirma estudios anteriores, y apunta a que es hipotética nueva biomasa verde en regiones árticas no será el sumidero de carbono que necesitamos para que los efectos sean significativos.

Para entender este trabajo científico y sus repercusiones debemos empezar por un dato importante: los ecosistemas terrestres, tanto vegetación como los suelos, absorben y guardan aproximadamente el 30% del dióxido de carbono que la actividad del ser humano emite cada año. El ejemplo más claro de esto es la selva amazónica, un gran aliado en la lucha contra el calentamiento global, no porque sea “el pulmón del planeta” sino porque sirve de contenedor de millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Por esta razón, la idea de que un clima más cálido favorecería el crecimiento de biomasa en regiones ahora congeladas era un planteamiento bien acogido por muchos investigadores. Sin embargo, la misma subida de temperaturas que está convirtiendo el Ártico en un almacén de dióxido de carbono, también está liberando grandes cantidades de CO2 del permafrost, aumentando el tamaño y la frecuencia de los incendios o incrementando la deforestación en el resto del planeta.

Estos últimos factores (incendios, y deforestación) son un importante obstáculo para la contención del CO2 que necesitamos. Los autores del estudio explican que “durante los últimos 31 años las reservas de carbono solo han aumentado de manera muy modesta. Estimamos que durante estas tres décadas se han acumulado aproximadamente 430 millones de toneladas métricas de biomasa, una cifra que podría haber sido casi el doble si no fuera por estos incendios y deforestación que la mantienen baja".

Combinando datos de observación de diferentes misiones satelitales, tanto del Servicio Geológico de EEUU como de la NASA (Landsat e ICESat), los investigadores han presentado un nuevo modelo informático con el que han calculado la cantidad de carbono almacenado en la biomasa de una región de 2,8 millones de kilómetros cuadrados de Canadá y Alaska. El estudio apunta a que la biomasa vegetal está aumentando, pero no tanto como los modelos informáticos anteriores que incluían factores climáticos, pero que tenían problemas para considerar el aumento de los incendios como una variable a tener en cuenta.

Los resultados de este nuevo modelo apuntan a que, en efecto, la biomasa está aumentando, las regiones árticas se están volviendo más verdes, pero también indican que su capacidad para retener dióxido de carbono se verá contrarrestado por otros factores, infravalorados en otros modelos, como el aumento de los incendios.

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