Armenios y azerbaiyanos mantienen una frágil convivencia en Moscú

Marina LAPENKOVA-MAXIMOVA
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Arminé vende quesos armenios en un mercado del sureste de Moscú. A pocos metros, Avas, un azerbaiyano vende frutas y verduras. "Aquí somos como hermanos, comemos juntos, discutimos y nos disputamos", dice con una sonrisa este hombre de rostro arrugado.

Avas, quincuagenario, tenía 26 años cuando se fue de su país al principio del conflicto de Nagorno Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, que dejó 30.000 muertos y centenares de refugiados al final de la Unión Soviética.

En el mercado, su puesto está al lado de los armenios procedentes, a menudo, de la misma región que él. Desde la reanudación de las hostilidades, a finales de septiembre, todos mantienen la vista puesta en sus teléfonos, donde reciben imágenes de los combates y los bombardeos.

Arminé cuenta que a menudo intercambian hasta vídeos de la guerra preguntándose cuándo acabará. En voz baja esta vendedora armenia de 37 años confiesa que al ver el rostro alegre de los colegas azerbaiyanos, teme que estén mirando el mismo video que a ella le había hecho llorar.

Las tensiones siguen contenidas a pesar de que Arminé, al igual que Avas, aseguran que tienen allegados que combaten en esta región separatista azerbaiyana que Baku quiere reconquistar.

"Por el momento, todo está tranquilo. Armenios y azerbaiyanos miran los vídeos de su guerra y después se van a fumar juntos", ironiza Irina Kaputerko, vendedora rusa y observadora neutra de esta guerra por delegación.

- Llamados a la calma -

Cuando se reanudaron los combates el 27 de septiembre, con una intensidad nunca vista en 30 años, los representantes de las dos diásporas, de más de dos millones de personas cada una, lanzaron un llamado conjunto para que el conflicto no se "desplazara" a territorio ruso.

Y es que en julio hubo enfrentamientos entre las dos comunidades en Moscú y en San Petersburgo, que dejaron varios heridos y vehículos y restaurantes destrozados.

"Se ha hecho todo lo posible para que esto no se vuelva a repetir", asegura a la AFP Chamil Taguiev, el jefe de la diáspora azerbaiyana de la capital.

Enfrente, los armenios "están decididos a evitar cualquier provocación", declara Lusik Gukasyan, vicepresidenta de la Unión de Armenios de Rusia. "La comunidad está en ebullición pero bajo control", resume.

Sin embargo, ambos campos se han movilizado. Las embajadas de los dos países están cubiertas de flores, de retratos de víctimas de los combates y de mensajes de apoyo.

Se han enviado convoyes de ayuda humanitaria y voluntarios se han incorporado a la zona de conflicto. "Varios fieles han venido a que les dé mi bendición para ir a la guerra", dice Gevork Vardanyan, sacerdote de la iglesia armenia de Moscú.

Del otro lado, también se registra "un gran número de demandas de azerbaiyanos dispuestos a partir", señala Chamil Taguiev, que asegura que Bakú rechaza esta ayuda.

- Comunidades "agitadas" -

Djalil Bagirov, moscovita desde hace 25 años, dice estar "dispuesto a ir a luchar en cuanto Azerbaiyán quiera mi vida".

En su taller del sureste de Moscú, donde trabaja una decena de compatriotas, todas las discusiones giran en torno a la guerra. "Pero cambiamos de tema cuando nuestros mecánicos armenios vienen a trabajar cerca", dice, antes de agregar que quiere "evitar la violencia entre nuestras comunidades, muy agitadas en este momento".

Las hostilidades, que ya han dejado más de 1.300 muertos según balances parciales probablemente subestimados, han cambiado el día a día.

"Las bodas se han pospuesto o se organizan en círculos pequeños", dice Shamil Gurbanov, una figura de la comunidad azerbaiyana del sureste de la capital rusa que dirige varios restaurantes.

Nacido en Nagorno Karabaj en 1966, vive en Moscú desde hace 33 años pero su "alma sigue estando en su casa natal", explica. Aunque ésta fue destruida por un obús a principios de octubre, sigue creyendo en una convivencia pacífica, como lo demuestran los numerosos matrimonios mixtos que había en la época soviética.

"Siempre hemos vivido y trabajado juntos aquí. Tenemos la misma mentalidad, el mismo pasado soviético, la misma cocina", dice este hombre, que asegura que sus hijos son todavía más pacifistas.

Su hija Seva, de 24 años, "no quiere saber quién tiene razón en este conflicto", y espera un "compromiso".

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