Arguineguín, puerto pesquero de Canarias convertido en centro de acogida para migrantes

Pablo MELIAN
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Said El Hallaji por fin se abraza a su hermano Lehcen, que llegó en patera a España hace una semana. Desde entonces dormía en el puerto pesquero de Arguineguín, epicentro de la crisis migratoria que viven las islas Canarias.

Más de 18.000 migrantes, alrededor de la mitad el último mes, han llegado al archipiélago este año en peligrosas travesías por el océano Atlántico desde África.

Muchos vienen de Marruecos, como Lehcen. Su hermano Said, que trabaja en la huerta de Murcia (sur de España), ha volado hasta la isla de Gran Canaria para encontrarlo.

"No nos veíamos desde hacía tres años", señala Said, con una mascarilla con la bandera española, que confía en poder ir con su hermano al aeropuerto para llevarlo a la España peninsular.

El lunes fue agitado en Gran Canaria. Hasta cinco embarcaciones llegaron, con unas 150 personas a bordo, y varios autobuses salieron del muelle de Arguineguín para realojar a cientos de jóvenes en centros provisionales.

Con más de 30 grados y a pleno sol, su humilde malecón de cemento es un ir y venir de policías, trabajadores de Cruz Roja y agentes del Frontex (Agencia Europea de Fronteras y Costas).

Ideado como primer punto de acogida para los migrantes, que esperan en carpas instaladas en el muelle a ser inscritos por la policía y a someterse a una PCR, este pequeño muelle pesquero se ha desbordado.

Unas 600 personas duermen allí, pero hace un par de semanas llegó a albergar más de 2.000 en condiciones que una juez calificó el lunes de "deplorables" y que fueron duramente criticadas por Human Rights Watch o Amnistía Internacional.

Los acuerdos europeos con Turquía, Libia y Marruecos para restringir la ruta mediterránea desviaron el flujo de migrantes a este archipiélago, que revive la crisis de 2006, cuando desembarcaron 30.000 migrantes a las islas.

Como entonces, el gobierno español despliega su diplomacia en África para frenar las salidas de embarcaciones y reactivar las repatriaciones, paralizadas por la pandemia.

Al mismo tiempo, trata de mitigar la saturación de Arguineguín realojando los migrantes en instalaciones turísticas, en su mayoría vacías, y habilitando campamentos provisionales con capacidad de hasta 7.000 plazas.

- Tres días sin agua -

Hasta 17 hoteles de las islas están siendo utilizados para realojar migrantes. Como los apartamentos Vistaflor, a unos 20 kilómetros de Arguineguín, entre un campo de golf y las idílicas dunas de Maspalomas.

Un grupo de siete malienses pasea por las inmediaciones. Llegaron juntos el 31 de octubre, por lo que ya cumplieron con la cuarentena y tienen permitido salir. Aunque no quieren dar sus apellidos, acceden a hablar con la AFP.

Toma la palabra Abdulai, de 31 años, con las cortadas en la cara propias de la etnia de los Peul: "El barco fue duro, horrible, durante tres días no teníamos nada que comer ni agua, bebíamos agua del mar y nos meábamos encima".

"En Mali era peor, con problemas políticos y guerras, es muy complicado, todavía peor con la pandemia. Me gustaría ir a Barcelona, donde tengo familia, o quedarme aquí", añade su compañero Casama. "Aquí estamos tranquilos, damos las gracias", se despiden, antes de pedir un cigarro por la charla.

También gesticulan pidiendo un pitillo algunos de los realojados en las más de 500 habitaciones que tienen las torres del hotel Waikiki.

En cuarentena, no tienen permitido salir a la calle, tampoco acceder a la piscina o a las zonas comunes, por lo que pasan los días de charla entre los balcones, desde los que cuelga una bandera de España, como señal de paz en un vecindario que recela de su presencia

- 'Turistas inseguros' -

"Hace un daño terrible meterlos aquí. Hemos recibido correos de Finlandia preguntando cuánto de lejos estamos de los hoteles con emigrantes. Y no les podemos mentir", señala Luciano Rodríguez, propietario del restaurante Guarapo, a unos 50 metros del Waikiki.

"Los turistas se sienten inseguros. No he visto a esta gente rompiendo nada y atacando a alguien, pero crea incertidumbre y caen las reservas", añade.

Abdel Rostom, un marroquí que lleva 14 años viviendo en Gran Canaria, está muy preocupado. Viene a Arguineguín para recoger "al familiar de un amigo que vino en patera y enviarlo a la península".

"Lleva aquí una semana y su madre nos llama día y noche llorando para que lo saquemos. Está fatal, necesita al menos una foto", dice en la entrada de esta jungla de plásticos y lonas plantada en un espigón, sin camas y con 25 baños químicos.

Antes de recibir a Abdel Hak, Rostom graba con el teléfono la llegada de los tripulantes de una nueva patera. Algunos caminan descalzos o sin camiseta, exhaustos por el esfuerzo. Ahora les tocará dormir varios días en el suelo de un muelle inexplicablemente utilizado como centro de acogida.

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