El "gran anuncio" de Trump: la candidatura republicana a 2024 que puede toparse con rivales

El expresidente de EEUU, Donald Trump, el pasado 7 de noviembre al finalizar un mitin en Vandalia, Ohio.
El expresidente de EEUU, Donald Trump, el pasado 7 de noviembre al finalizar un mitin en Vandalia, Ohio.

El expresidente de EEUU, Donald Trump, el pasado 7 de noviembre al finalizar un mitin en Vandalia, Ohio.

A las nueve de la noche (hora local, seis más en Madrid), desde su mansión de Mar-a-Lago, en Florida, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciará este martes con práctica seguridad que quiere ser el candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca en las elecciones presidenciales de 2024. El jueves pasado mandó las invitaciones de un acto que plantea como “muy elaborado, muy profesional y muy formal”, dicen sus asesores, pero que ni por las formas contenidas que promete calman a sus compañeros de partido.

Los conservadores le pedían que esperase, al menos hasta que estuvieran los recuentos completos de las elecciones de mitad de mandato del pasado 8 de noviembre, pero Trump no escucha a nadie y va a dar el paso. Lleva meses amagando, pero no lo formalizaba. “Pronto”, “muy muy muy probablemente”, “posiblemente tendré que hacerlo de nuevo”, son las frases con las que jugaba al misterio. Pero en realidad no lo hay.

Si quedaban dudas, las ha despejado este lunes Jason Miller, uno de sus fieles colaboradores, autor del podcast War Room (de la cuerda de Steve Bannon), quien en su último audio ha confirmado que sí, que el titular de la cita será que Trump quiere volver a ser presidente. “No tiene que haber ninguna pregunta, por supuesto que me voy a presentar”, sostiene que le ha dicho literalmente. Miller, de seguido, ha colgado en Twitter un retrato del magnate que avanza lo por venir hasta sin palabras, por más que él mismo confiese que le había recomendado esperar un poco para saltar a los carteles otra vez.

La pronta entrada de Trump en esta carrera parece diseñada en parte para defenderse de posibles acusaciones penales por la apropiación de documentos ultrasecretos de la Casa Blanca, sus esfuerzos por anular las elecciones de 2020 y el ataque al Capitolio por parte de sus partidarios, el 6 de enero del año pasado. También puede tener la intención de socavar a su principal rival potencial para la nominación presidencial republicana, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, que surgió como uno de los mayores ganadores de los comicios del martes.

Sus intenciones de volver por sus fueros son sabidas desde que se montó en un helicóptero y salió de la Casa Blanca en enero de 2021. Se marchó insistiendo en que Joe Biden, su sucesor demócrata, no había ganado las elecciones limpiamente, un argumento que no ha repetido incansable en estos dos años y que encuentra un eco notable entre sus seguidores más acérrimos. Tantos y tan fanáticos que acabaron asaltando el Capitolio, la peor agresión al sistema democrático que ha conocido EEUU.

En todos estos meses, Trump ha seguido sacando a colación la infundada denuncia de fraude, con la que ha mantenido viva la llama entre los suyos, su gente, pero no necesariamente en todo el Partido Republicano. Trump, que como empresario había dado bandazos políticamente hablando, se coló en el partido de derechas como un elefante en una cacharrería, arrasando con su personalidad y su dinero, en un momento en el que faltaba liderazgo y los fondos habían menguado. Hace siete años, supo erigirse en líder a costa de denostar a los que entonces querían subir como Ted CruzMarco RubioJosh HawleyGreg AbbottMike PompeoNikki Haley...

Todo era malo, todo era insuficiente y él, en cambio, parecía el salvador. Ya había corrientes como la del Tea Party que habían ido creciendo en el seno de la formación, criticando un cierto apoltronamiento de los de siempre. Y así se aupó sobre la estructura de una formación con 168 años de historia a sus espaldas que quiso dilapidar. El forastero. Sigue siendo un extraño y eso, ahora, ya queda más en evidencia que nunca.

En este momento es, sin duda, el favorito, sigue siendo la cabeza visible de su formación, pero tras las midterms de la semana pasada las críticas han ido creciendo contra él: por elevar demasiado el tono del debate hasta hacerlo chirriar o por elegir a candidatos de su cuerda pero poco recomendables (o inexpertos, o histriónicos, o poco asentados sobre el terreno o sin tradición republicana), entre otras cosas. Los resultados están ahí: los republicanos controlarán prácticamente con seguridad la Cámara de Representantes pero por la mínima, el Senado se lo quedan los demócratas y han perdido gobernadores clave que eran apuesta propia de Trump.

El empresario tardó en valorar el 8-N y, cuando lo hizo, la autocrítica brilló por su ausencia. “Hicimos un gran trabajo”, dijo, rechazando la narrativa “fake” de los “medios corruptos”, esos que incluso en otros tiempos fueron sus aliados y ahora ya piden su cabeza. “Es hora de que abandone el partido”, afirma el New York Postde Rupert Murdoch. “Trump es el mayor perdedor de las elecciones”, añade el Wall Street Journal.  De 430 candidatos republicanos, 174 tenían su apoyo. A través de su red social, Truth Social, Trump enfatizó que “casi todos sus candidatos habían ganado”. Y aunque es cierto que 159 de ellos sí lo hicieron, 149 iban por escaños ya republicanos, recuerda Sky News.

Más allá de la prensa, está su propia bancada. Si no hay venganza, al menos sí hay ganas de revancha entre quienes han sido apartados, pisoteados y ridiculizados por el exmandatario. A Ron DeSantis, ese reelegido gobernador de Florida con números formidables y que podría pelearle la candidatura republicana en unas primarias, Trump lo ha llamado “meapilas” en medio de la campaña, y ahora amenaza con hacer públicas informaciones que le harían daño si quiere ir a por la Casa Blanca. Se llama matonismo y puede ir a peor. A Mitch McConnell, líder de la minoría republicana en el Senado e igualmente destacado en su partido, lo ha calificado como “tonto hijo de puta”.

Trump, dicen sus asesores, está demostrando que tiene mal perder, chillando por los rincones y echando la culpa de su derrota hasta a su esposa, Melania. No llama a nadie del Partido Republicano para organizar sus apariciones ni coordinar los datos. Le puede pensar que ha sido mal asesorado y lo paga con todos. De la parte de culpa que él tiene en los decepcionantes datos, ni palabra. Tampoco asumió su papel cuando, siendo presidente, se perdieron las midterms de 2018, ni cuando se fue de la Casa Blanca en 2020, ni con los últimos comicios legislativos. Lleva tres derrotas electorales consecutivas y en su partido se lo hacen saber.

Medios como la CNN o ABC insisten en que, pese a esas críticas, aún Trump guarda un inmenso poder en la formación. Sobre todo, en la base. Arriba, muchas voces se levantan en su contra por sus resultados, sus maneras, su extremismo, su incapacidad para el diálogo, y eso mismo pasa con los donantes, esenciales para sobrevivir, pero la estructura de base sigue con él. Y los electores. Prácticamente todas las encuestas nacionales lo muestran con una ventaja sensible sobre cualquier otro contendiente y, a pesar de toda la controversia que genera, sigue siendo popular entre los votantes republicanos. Por ejemplo, un sondeo reciente de The Economist-YouGov mostraba justo antes del 8-N que un 70% de los votantes republicanos lo ven aún favorablemente. Sin embargo, entre el público en general el porcentaje baja mucho, porque el 55% de los adultos norteamericanos lo ven desfavorablemente.

Pese a ese respaldo no menor, a Trump se le oye estos días desesperado y en esa clave se entiende que anuncie ya su candidatura, a dos años vista de las elecciones presidenciales. La legislación electoral estadounidense somete a una serie de restricciones serias sobre financiación a quienes oficialmente se proclaman candidatos. Eso explica, en parte, que ni él ni el propio Biden hayan dado hasta ahora el paso definitivo de postularse. Biden también insiste en que tiene “la intención”, pero no ha dicho más.

¿Pero puede presentarse?

Trump puede presentarse a la reelección sin problemas, al menos a día de hoy. La 22ª Enmienda de la Constitución de su país sostiene que “ninguna persona podrá ser elegida para el cargo de Presidente más de dos veces”. Sin embargo, no detalla expresamente que tengan que ser periodos consecutivos, con lo que con el descanso de la legislatura actual de Biden le basta para cumplir la ley. No sería el primero que lo logra, ya le ocurrió al demócrata Grover Cleveland en 1893 y 1897.

Las dudas vienen de los procesos e investigaciones que tiene abiertas actualmente en su contra y que podrían complicar su candidatura. La clave está en la Sección 2071 del Título 18 del Código de los Estados Unidos, que explicita que cualquier persona que “deliberada e ilegalmente oculte, elimine, mutile, borre, falsifique o destruya” documentos gubernamentales es culpable de un delito que conlleva una pena de hasta tres años de prisión y multas de 2.000 dólares. Y lo más grave, hablando de reelección: cualquier persona que viole la ley perderá su cargo y será inhabilitada para ocupar cualquier cargo público en EEUU.

Es de eso de lo que podrían acusar a Trump, después de que el Departamento de Justicia confirmase en primavera que tenía 15 cajas de papeles oficiales en su poder y de que ahora el FBI se llevara otra docena de cajas de Mar-a-Lago el pasado agosto. Si se confirma una condena, ¿puede dejarle eso fuera de la carrera presidencial, si ahora mismo además Trump no ocupa cargo público alguno? No, porque la Constitución es la que establece los requisitos para ser presidente y eso está por encima de cualquier ley.

Lo han confirmado numerosos analistas en la prensa norteamericana, el más destacado Rick Hasen, profesor de la Escuela de Derecho Los Ángeles de la Universidad de California, que hace tres meses publicó una tribuna para el New York Times clarísima: el Congreso carece de autoridad para alterar la lista de criterios para la candidatura, por ejemplo, añadir el requisito de no haber sido condenado por llevarse de manera ilícita documentos del Gobierno. “No, no se pueden imponer requisitos para ocupar la presidencia por ley; los requisitos están establecidos en la Constitución. La búsqueda de un truco extraño para desterrar a Trump de la política tendrá que continuar”, añade Jason Willick, columnista del Washington Post.

Nunca hasta ahora ha habido que plantearse la aplicación de la ley y la prevalencia de la Constitución en el caso de un presidente, pero sí hay dos precedentes en el Congreso, en 1969 y 1995, que juegan a favor de Trump: la Constitución gana. Aún así, la 2071 no para de salir en los debates sobre los papeles supuestamente sacados por Trump, porque fue objeto de una breve revisión en 2015; fue cuando Hillary Clinton, que quería ser candidata de los demócratas a la Casa Blanca, había utilizado un servidor de correo electrónico privado para realizar asuntos gubernamentales mientras era secretaria de Estado. Decenas de miles de emails pasaron por allí, con el riesgo que ello conlleva.

Trump fue el mayor impulsor de una campaña para que se vedara a Clinton de la campaña y, así, nunca llegase al Despacho Oval. Clinton nunca fue acusada de ningún delito relacionado con su uso del servidor y la conclusión final fue la misma: el Congreso no puede alterar los criterios de elegibilidad establecidos en el texto de la Constitución. La situación actual de Trump ya tiene respuesta en lo legal, pero aún así se puede esperar que genere pelea en el barro electoral, importante, si se presenta en 2024 e incluso antes, en función de cómo avances los casos.

Trump tiene piedras en el camino, de las grandes. El expresidente tiene que hacer frente al comité de la Cámara de Representantes que busca arrojar luz sobre el papel que jugó el multimillonario en la irrupción de sus seguidores en el Capitolio de Washington, el día de Reyes de 2021. Cientos de los suyos sembraron la violencia y el caos dentro de la sede del Congreso, retrasando la certificación de la victoria de Biden, poco después de escucharle a él un discurso incendiario.

Manifestantes pidiendo cárcel para Trump por llevarse papeles confidenciales a su casa y por el asalto al Capitolio, el pasado agosto, ante la Torre Trump de Nueva York.
Manifestantes pidiendo cárcel para Trump por llevarse papeles confidenciales a su casa y por el asalto al Capitolio, el pasado agosto, ante la Torre Trump de Nueva York.

Manifestantes pidiendo cárcel para Trump por llevarse papeles confidenciales a su casa y por el asalto al Capitolio, el pasado agosto, ante la Torre Trump de Nueva York.

El Departamento de Justicia está investigando el ataque, pero aún no ha presentado cargos contra el expresidente. Sin embargo, a finales de julio, el fiscal general, Merrick Garland, no descartaba esta posibilidad. “Pretendemos hacer rendir cuentas a quien sea penalmente responsable de (su papel en) los hechos ocurridos alrededor del 6 de enero, en cualquier intento de interferir con la transferencia legal del poder de una administración a otra”, dijo. Hay informaciones de que el Pentágono borró los mensajes sobre el asalto al Capitolio al marcharse Trump, por lo que se teme que fueran comprometedores, y, lo peor, que la toma al Capitolio fue el culmen del intento de golpe de Trump, dice el comité investigador, entre otras cosas por su dejadez al no llamar a la Guardia Nacional.

Trump ha sido citado a declarar por el comité del Congreso que investiga el asalto, aunque no hay fecha concreta, puede ser el cualquier momento a partir del 14 de noviembre. El pasado viernes, los abogados de Trump presentaron una demanda para que no declare ni entregue la documentación que se le reclama. Sostienen que hay precedentes en los que se ha preservado la separación entre el poder legislativo y el ejecutivo y, por tanto, no se ha forzado a un presidente o expresidente a declarar.

También se enfrenta Trump a la investigación de un gran jurado en Georgia para considerar si debe ser acusado penalmente por sus esfuerzos para presionar al secretario de estado de este territorio y a otros funcionarios para que anularan los resultados de las elecciones de 2020, que él consideraba un fraude. El Departamento de Justicia está examinando esa impugnación de Trump a los resultados de las elecciones presidenciales de 2020, también pueden surgir problemas.

Y tiene pendiente el proceso más casero: la fiscal general del estado de Nueva York demandó en septiembre a Trump y a sus hijos Donald Jr., Eric Trump e Ivanka Trump por presunto fraude con sus empresas y con la Organización Trump. Tres años han durado las investigaciones sobre las prácticas comerciales del expresidente de Estados Unidos. En una demanda de más de 200 páginas se acusa a la Organización Trump de participar en “numerosos actos de fraude y tergiversación” en la preparación de los estados financieros anuales de Trump de 2011 a 2021.

Todo esto, aunque sea candidato, le puede alterar la carrera, más allá de si hay o no primarias en el seno de su formación. De momento, habrá que ver en qué términos se presenta, qué plantea y en qué tono. Lo hará en el mismo lugar que apenas el sábado fue el escenario de la boda de su hija más discreta, Tiffani. A lo mejor eso lo endulza...

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