La angustia de los tártaros de Crimea, exiliados tras la anexión rusa

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Viven con miedo por sus allegados y luchan para preservar su cultura. Los tártaros de Crimea huidos de esta península ucraniana tras la anexión por parte de Rusia resisten a diario contra la angustia del exilio.

En el siglo XVIII y bajo el mando de Stalin, la potencia rusa "hizo de todo para que nuestro pueblo dejara de existir", asegura Rustem Skybine, un reputado ceramista y miembro activo de la diáspora tártara en Kiev.

La historia se repite, según este hombre de 45 años nacido en Uzbekistán durante el exilio forzado de los tártaros durante la época soviética.

Desde la anexión de 2014, Moscú despliega una política de "represión" contra esta etnia musulmana de lengua túrquica mayoritariamente opuesto a la tutela rusa, asegura.

Unos 90 de sus compatriotas están actualmente encarcelados y decenas de miles han optado, como él, por exiliarse al resto de Ucrania.

El último golpe para ellos fue la detención a principios de septiembre de Nariman Djelial, un politólogo respetado y jefe adjunto del Medjlis, una asamblea tradicional de los tártaros considerada como una "organización terrorista" por Rusia.

Está acusado de "sabotaje" de un gasoducto que abastecía una base militar rusa. Sus compañeros y Kiev aseguran que es un montaje, mientras los servicios secretos rusos difundían en televisión confesiones de sus supuestos cómplices.

"Es un acto significativo de los ocupantes" que busca intimidar a los militantes tártaros, estima Alim Aliev, de 33 años y cofundador en Kiev de la ONG Crimea SOS. "Nuestro movimiento ha sido decapitado", añadió.

"Mi mayor miedo es por mis allegados" que se quedaron en la península, continúa, asegurando que los tártaros allí "tienen miedo de expresarse públicamente".

Cuando Moscú anexionó Crimea tras la revolución pro-Occidental en Kiev, los tártaros se opusieron masivamente al movimiento.

Pero entre la represión, un referéndum de anexión a Rusia y el despliegue de fuerzas rusas, sus voces fueron rápidamente acalladas.

Los tártaros que optaron por Rusia aseguran que no existe ninguna represión y Moscú defiende que solo actúa contra "extremistas" y "terroristas".

"Hay que sumergirse en el ambiente de la Crimea rusa para entender que se vive en armonía en una sociedad multiétnica", decía a principios de septiembre el líder de una organización cultural tártara, Eïvaz Umerov, a la agencia Ria Novosti.

No obstante, unos 30.000 tártaros, un 10% de la comunidad, partieron a otras regiones de Ucrania, muchos de ellos integrantes de la élite.

"Fue realmente una fuga de cerebros, la parte más activa: estudiantes, empresarios, militantes", asegura Aliev.

- "Volveremos" -

Algunos de ellos se acordaron de los relatos de sus familiares de las deportaciones masivas de Stalin de 1944. "Hemos vuelto a sentir lo que nuestros padres nos contaron", dice Skybine.

Puesta a prueba en múltiples ocasiones a lo largo de la historia, esta comunidad ha desarrollado una resiliencia cultural y lingüística. Como no hay escuelas que enseñen el tártaro, las familias se enfrentan a un importante desafío.

"No sé si los niños de cinco o siete años aprenderán nuestro idioma", dice Eskender Budyurov, de 61 años.

Aunque se han iniciado algunos cursos gratuitos, la tarea recae sobre todo en la familia.

La falta de mezquitas en un país mayoritariamente cristiano ortodoxo se ve compensada por algunos lugares de plegaria de las otras minorías musulmanas que viven en Ucrania, especialmente llegadas del Cáucaso.

Por primera vez, el gobierno ha desbloqueado este año fondos para la promoción de la cultura tártara, celebra el ceramista Skybine. Y las tensiones étnicas y religiosas son casi inexistentes.

"Los ucranianos pueden ser fríos hacia los musulmanes. Pero cuando se trata de tártaros de Crimea, dicen: 'estos son nuestros musulmanes'", dice Aliev.

Los exiliados esperan el fin de la "ocupación" rusa y desean poder volver a Crimea, como lo hicieron muchos en los años 1980 durante el ocaso de la Unión Soviética.

"Nuestros abuelos y nuestros padres esperaron 70 años antes de poder volver", dice Skybine. "Nosotros también volveremos".

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