Angela Merkel, la mujer que conquistó el liderazgo europeo con su pragmatismo político

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Este domingo culminará la era de la canciller referente de Alemania tras 16 años de una gestión guiada por el consenso y su habilidad diplomática. La nacida en Hamburgo se erigió como cabeza del Viejo Continente gracias a sus métodos, su manejo sobrio, poco estridente que unió los polos ideológicos y le permite marcharse con casi un 70% de aprobación. Sus inicios, su llegada a la cima europea y el perfil de una dirigente poderosa que dejará un hueco difícil de ocupar.

Las elecciones que se desarrollarán en Alemania este domingo 26 de septiembre marcarán el punto final de la etapa de Angela Merkel como canciller, un periodo sobresaliente que apalió distintos tipos de crisis a lo largo de sus 16 años sin dañar su imagen.

Mediante un estilo pragmático y de bajo perfil construyó un sólido camino que culminó en la cima del liderazgo en Europa, siendo una pieza imprescindible para soportar los sacudones y divisiones dentro de la Unión Europea.

Luego de desistir en la búsqueda de un quinto mandato, el pueblo alemán elegirá entre Armin Laschet, Olaf Scholz y Annalena Baerbock como canciller tras la salida de Merkel, uno de los hechos que se perfilan como más amenazantes para la estabilidad del país más poblado, importante y poderoso del bloque europeo.

El giro desde la ciencia hasta la política

Los estudios de Merkel iban a un rumbo distinto, lejos de la actividad gubernamental al que terminó arribando. Recibida como Fisicoquímica en la Universidad de Leipzig y con un doctorado en química cuántica en la Academia Alemana de Ciencias de Berlín, su sendero se desvió a la política en 1990, cuando ingresó en la Unión Cristianodemócrata (CDU).

En ese año avanzó sus primeros casilleros al entrar en el Bundestag –la Cámara Baja del Parlamento- y al siguiente se transformó en la ministra de la Mujer de Helmut Kohl. Ocho años después se erigió como presidenta del CDU.

Dos años después debió ceder la candidatura a Cancillería a Edmund Stoiber por presiones de los hombres más fuertes del partido que no confiaban en ella para vencer en las elecciones. Sin embargo, en 2005, con un panorama distinto y un poder más vivo en el ámbito interno, se postuló y ganó el puesto que ocupó por algo más de tres lustros.

Su perfil tiene como rasgos distintivos tomar las posturas de consenso y las decisiones analizadas sin apuro y asesoradas, sin estridencias, con un gran reaccionar en las crisis.

Cuando se habla del pragmatismo de Merkel se hace referencia a su disponibilidad para pensar de una manera y actuar de otra o directamente modificar su pensamiento según amerite el contexto. Así pasó, por ejemplo, en 2017 cuando se legalizó el matrimonio igualitario en Alemania.

La canciller se había expresado en contra –su coalición incluso había bloqueado el debate en el Parlamento reiteradas ocasiones-, pero luego mostró apertura democrática para que el asunto sea resuelto en la Cámara y que los legisladores voten según su convicción y no por un mandato del frente.

Otro caso fue referido a la energía nuclear. Tras promover la experimentación en la materia, luego del desastre ocurrido en Fukushima, la mandataria se retrotrajo y se comprometió a eliminar las 17 plantas nucleares del país. Posteriormente, adoptó una política energética basada en las modalidades renovables, como la eólica y la solar. Los resultados fueron notables: el 46% de la energía utilizada en Alemania en 2020 provino de las energías ecológicas, una cifra récord para un país que, por ejemplo, es uno de los que menos luz solar recibe al año en todo el mundo.

Son apenas ejemplos de una mujer adaptable y diplomática, con una habilidad de persuasión aún en los no votantes. En tres de sus cuatro mandatos, por caso, no tuvo mayoría en el Parlamento.

Las crisis que levantaron la figura de Merkel a otro nivel en la esfera europea

Son cuatro los eventos que atravesaron los años de la canciller al frente de Alemania que le pusieron en un peldaño de liderazgo sobre el resto de Europa: la fragilidad del Euro en 2008, el desapego a la Unión Europea, la crisis migratoria de 2015 y la pandemia del Covid-19.

La crisis financiera del 2008 fue la primera gran prueba con la que debió lidiar. Su gran manejo de la situación fue un ladrillo vital para la construcción de la poderosa figura con la que deja el mando.

Su postura austera aplacó el nerviosismo de la gente, que confió en ella como garantía de la estabilidad y defensa del dinero del pueblo. Los países del sur atravesados de peor forma por la crisis debieron apegarse a la austeridad impuesta a cambio de ayudas económicas, algo que hizo que de puertas al exterior su figura fuese ampliamente criticada y condenada en naciones como España, Italia o Grecia.

Progresivamente, la situación financiera alemana se estableció como la más sólida del Viejo Continente con un crecimiento constante en la última década, algo que permitió a este país consolidarse como la gran potencia a nivel continental junto a Francia.

A pesar de ser bien vista, la misión de Merkel de consolidar a la Unión Europea fue insuficiente en un organismo tan heterogéneo, pero fue importante para sofocar fricciones entre naciones, como sucedió con Polonia y Hungría cuando se determinó el paquete de ayuda para la pandemia. La propuesta incluía sanciones o menor acceso a los fondos comunes si existía violación del estado de derecho, algo que generó temor en los mandatarios de extrema derecha de ambos países. La intervención de Alemania en la negociación disolvió el conflicto.

En 2015, Merkel rompe estructuras nacionales y continentales al abrir las fronteras para los refugiados que huían de los conflictos armados en Siria, Irak y Afganistán, generando resquemores en los conservadores y levantando a la ultraderecha con comentarios racistas.

El 36% de las solicitudes de refugiados en Europa las recibió Alemania, que albergó casi medio millón de personas. La contracara fue la impericia para establecer un sistema de reparto de refugiados en el Viejo Continente.

Esta actitud sorprendente y disruptiva de Merkel, rozando el populismo, provocó las críticas más duras dentro de Alemania y de los demás países de la región que se hayan suscitado a lo largo de los 16 años. Bajo esta polémica surgió Alternativa para Alemania, el partido ultraderechista más fuerte en la nación teutona desde la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su progresivo aumento de poder, Merkel siempre tuvo claro que jamás negociaría con ellos, estableciendo un cordón sanitario a su alrededor que la llevó a preferir pactar antes con partidos de izquierdas.

Su último gran desafío fue la pandemia del coronavirus, manejada con inteligencia por la canciller, adoptando medidas restrictivas paulatinamente. Sin embargo, la mano se puso firme en el inicio de la segunda ola y tuvo que combatir con los gobernadores de los estados que eran reticentes a tomar decisiones antipáticas.

Merkel se retira de la escena con una abrumante aprobación popular del 70% que alcanzó picos de casi 90 en abril del año pasado, siendo casi un hecho su continuidad si así lo hubieses dispuesto. Una sombra extremadamente alargada que parece complicada de igualar para la CDU, Alemania e incluso la Unión Europea.

Con AP, Reuters y EFE

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