AMLO y el dilema de acabar con la violencia "protegiendo" a los criminales

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AMLO durante una conferencia de prensa. (AP Foto/Marco Ugarte)
AMLO durante una conferencia de prensa. (AP Foto/Marco Ugarte)

AMLO tiene muy claro que en todos los seres humanos habita una pequeña dosis de bondad. Por eso no tiene reparo en decir que su gobierno también protege a las bandas criminales del país. En su visión humanista de la vida, nadie es lo suficientemente malo como para merecer que le pasen cosas malas. Como en cada postura que expresa, sus seguidores ya han adoptado como propia esa opinión y la defienden contra viento y marea ante la oleada de críticas por parte de la oposición.

El problema no es que lo piense, porque ciertamente, y aunque sea muy difícil asimilar en un país azotado por la violencia, los criminales también tienen derechos humanos. Y no se puede caer en el juego de idealizar la “mano dura” tan solicitada y añorada en estos días. Ya son excesivas las consecuencias negativas que le ha otorgado a México esa mentalidad: hay que rememorar los daños colaterales, como los llamó Calderón, o las ejecuciones extrajudiciales, dos escorias vigentes que el gobierno actual no ha podido remediar (en 2021 hubo 25 asesinatos sumarios a defensores de los derechos humanos, según Comité Cerezo Social).

Sin embargo, hay que ponerse en todos los zapatos o al menos hacer el intento. El error de López Obrador no es de concepción, sino de comunicación. Si fuera un poco más estratégico, entendería que sus buenas intenciones tienen barreras muy claras. No basta con desear las cosas y con apelar a la bondad del género humano. Si fuera tan fácil, su petición a los delincuentes de que no hagan sufrir a sus mamás ya habría sido adoptada como política pública a nivel mundial.

¿Cómo pedirle paciencia y entendimiento a aquellas personas que han sido víctimas de la delincuencia organizada y no han encontrado sosiego para la legítima furia que sienten? ¿Cómo hablar de presunción de inocencia y derechos humanos con personas a quienes les negaron sistemáticamente el acceso a la justicia cuando la necesitaron? Y queda claro que, directa o indirectamente, cada vez son más mexicanos los que padecen la ola expansiva de violencia en México, porque la realidad siempre termina por alcanzar a todos.

López Obrador dijo desde siempre que él atacaría la raíz del problema, que la violencia no se acaba con violencia. Pero, al día de hoy, en el país es imperceptible algún cambio sustancial que garantice seguridad. “Ataca las causas, la desigualdad, pobreza, da pensiones y becas y tendrás gente buena”, ha dicho el actor Damián Alcázar, obradorista confeso.

No es tan sencillo. No se trata de definir el bien y el mal, y después ponerse la capa purificadora para pretender que los delincuentes encuentren un angelito de la guarda en lo más profundo de sus entrañas. El debate tendría que ser mucho más amplio y tomar distancia de los reduccionismos. Pero hoy en día todos consideran que se puede hacer política desde Twitter. Necesitamos buscar y encontrar los matices necesarios, y no las conclusiones absolutas que tanto gustan en estos días. Queda claro que eso es imposible en una atmósfera en la que se privilegian las bocas que escupen más fuego.

Tan equivocado estaba Felipe Calderón en deshumanizar a los delincuentes como lo está López Obrador al creer que con atacar las causas y apelar al humanismo acabará con la violencia en México. Quizá ha olvidado también que ya solo le quedan dos años y medio. A corto y mediano plazo, el presidente y su corte pueden hablar de todas las estadísticas que quieran y hacer de las buenas intenciones una bonita costumbre, pero los dilemas seguirán inconclusos: resolver la violencia con abrazos y hablarle de humanismo a personas que perdieron la esperanza hace mucho tiempo.

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