Por qué el amianto, denostado por sus propiedades cancerígenas, puede ser vital contra el cambio climático

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Placas de fibrocemento - uralita - almacenadas en una vieja estación de ferrocarril de Granada. (Imagen Creative Commons / crédito: Flicker PhotoLanda).
Placas de fibrocemento - uralita - almacenadas en una vieja estación de ferrocarril de Granada. (Imagen Creative Commons / crédito: Flicker PhotoLanda).

Los que tienen cierta edad recordarán perfectamente que el amianto (o asbesto) era antiguamente una sustancia de lo más utilizada en material de construcción. Con él se fabricaba el fibrocemento (o uralita), una sustancia particularmente resistente al calor que contenía en su composición entre un 10 y un 30% de amianto. Hasta que quedó prohibido en 2002, este fue uno de los materiales más usados en España en el sector de la construcción, especialmente en los tejados.

A partir de ese año fuimos completamente conscientes de que la exposición al amianto provocaba distintas enfermedades serias, como el cáncer de pulmón, el mesotelioma (una forma rara de cáncer que afecta al revestimiento protector que cubre a muchos órganos internos) y la fibrosis pulmonar.

Después de este breve repaso al auge y caída del uso del amianto. ¿Cómo os quedaría el cuerpo si os dijera que ahora podría convertirse en un aliado poderoso, en la lucha contra el calentamiento global? Pues así es. Tal y como explican en la web de noticias del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts, a pesar de su potencial cancerígeno los residuos mineros de la extracción del amianto podrían emplearse para atrapar permanentemente al carbono en forma de rocas.

La naturaleza tiene una forma eficaz, pero sumamente lenta, de atrapar el carbono a través de un ciclo geológico. De hecho, la mayoría del carbono presente en nuestro planeta se almacena en la litosfera. Buena parte de ese carbono inerte (un 80% concretamente) se encuentra en la caliza y sus derivados. Las calizas, son rocas sedimentarias compuestas principalmente por carbonato de calcio (el compuesto con el que los moluscos forman sus caparazones).

Como curiosidad, la catedral de Burgos, las pirámides de Egipto y los famosos acantilados blancos de Dover, están formados por caliza, así que como podéis comprender, en el mundo existen cantidades ingentes de carbono “secuestrado” en esta clase de rocas.

¿Por qué no imitar a la naturaleza? Bien, como os había dicho el ciclo lento del carbono es eficiente sí, pero como su propio nombre indica también desesperadamente calmoso. Nosotros por desgracia no tenemos tanto tiempo por culpa del cambio climático provocado por el aumento de emisiones de CO2 a la atmósfera. Esa es la razón por la que miles de científicos en todo el mundo se devanan los sesos intentando encontrar soluciones rápidas y efectivas que nos permiten almacenar grandes cantidades de carbono permanentemente y de modo estable.

Crisotilo o amianto blanco. (Crédito imagen Wikipedia).
Crisotilo o amianto blanco. (Crédito imagen Wikipedia).

Ahí es donde entra en juego el amianto, concretamente su forma más común: el crisotilo (o amianto blanco), mineral del grupo de las serpentinas de caolín que cuenta con yacimientos en buna parte de Europa y Norteamérica. En España por ejemplo, es muy abundante en Santa Marta de Ortigueira (La Coruña). La particularidad del crisotilo es que cuenta con una gran superficie, al ser un material fibroso, lo cual le convierte en un mineral especialmente bueno a la hora de atrapar moléculas de dióxido de carbono disueltas en agua de lluvia, o flotando en el aire.

Cuando este amianto blanco reacciona con el CO2 produce minerales cuya composición incluye carbonatos de magnesio (como la magnesita). Este último mineral es sumamente estable, por lo cual el CO2 atrapado en su entramado químico podría perdurar durante milenios lejos de la atmósfera.

La pregunta es cómo acelerar estas reacciones para formar minerales atrapa-carbono. Bien, la idea sería aprovechar los desechos producidos en zonas mineras y transformarlos físicamente para que entren en contacto con el CO2 atmosférico. Esto podría producirse desenterrando los materiales, moliéndolos en partículas más finas y esparciéndolo en capas extensas y poco profundas al aire libre para aumentar el área de la superficie reactiva expuesta al aire.

Dado el enorme potencial de la técnica, de funcionar podría servir para atrapar cantidades enormes de CO2, y lo bueno es que no solo funciona con amianto blanco sino con muchas otras variedades de residuos mineros. Obviamente, habrá que trabajar con esas sustancias de forma segura, de modo que antes de lanzarse a explotar masivamente esta técnica convendría evaluar los riesgos para la salud de los operarios desde un punto de vista científico.

Pero si finalmente la idea termina por llevarse a cabo, sin duda algunos materiales como el temido amianto podrán convertirse en firmes aliados para la batalla que nos queda por delante. ¡A eso lo llamo yo un lavado de imagen!

Me enteré leyendo MIT Technology Review.

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