El año en que toda España se puso de acuerdo en adorar a Alejandro Valverde

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Spanish cyclist and 2nd placed Alejandro Valverde celebrates on the podium of the 86th edition of the men's race 'La Fleche Wallonne', a one day cycling race (Waalse Pijl - Walloon Arrow), 202,1 km from Blegny to Huy, on April 20, 2022. - Belgium OUT (Photo by JASPER JACOBS / BELGA / AFP) / Belgium OUT (Photo by JASPER JACOBS/BELGA/AFP via Getty Images)
Alejandro Valverde tiene el reconocimiento unánime de todos los aficionados españoles al ciclismo. Foto: JASPER JACOBS/BELGA/AFP via Getty Images

Hubo un momento, a escasos 100 metros de coronar el Muro de Huy y cruzar por tanto la línea de meta de la Flecha Valona, en el que toda la España ciclista dio por hecho que Alejandro Valverde se llevaba su sexta corona. Aquel escenario nos era demasiado familiar: Dylan Teuns tirando con media bicicleta de ventaja, y "El Bala" justo detrás, esperando, contando los metros exactos para lanzar su ataque imbatible. Todo estaba preparado para la heroicidad. Todo menos las piernas del murciano, que tuvo que sentarse y vigilar que no le adelantara nadie por detrás para conformarse con un más que meritorio segundo puesto.

A los casi 42 años -los cumplirá en pocos días-, no se le puede pedir más. Y lo curioso, lo bonito, casi, es que todos nos hemos puesto de acuerdo en que esto es así: que no se le puede pedir más y, por lo tanto, no se lo pedimos. En un mundo del deporte en el que tanto se da el odio por el odio, la crítica gratuita o la manía caprichosa, Valverde ha conseguido en este último año de su carrera unir a todos los aficionados. Todos queremos que gane, pero todos estamos dispuestos a perdonarle que pierda después de intentarlo con todas sus fuerzas. Algo con lo que sabemos que podemos contar siempre.

Porque lo que ha hecho que Valverde se convierta en un ídolo nacional no son solo sus numerosos triunfos ni su sorprendente longevidad -pasó a profesionales en 2002 y competía con Erik Zabel en los sprints del grupo en la Vuelta a España-, sino la sensación de voracidad que siempre ha transmitido. Una voracidad alocada, por supuesto, algo que también forma parte de su encanto. Con Valverde, siempre hemos sabido que iba a luchar, pero no sabíamos muy bien qué desgracia iba a pasarle por el camino o qué táctica desastrosa iba a llevarle al segundo o tercer puesto.

A Valverde costó quererle, primero por esa tendencia al despiste, al "se me enganchó la bolsa y se me fueron los primeros", al estar mal colocado casi siempre... y luego, obviamente, por sus vínculos con Eufemiano Fuentes y la Operación Puerto, un borrón que pagó con dos años de sanción deportiva y que puso a su perro Piti en la portada de todos los medios deportivos. Aun así, hemos sabido perdonarle porque nos ha seguido divirtiendo, que es lo que le pedimos al deporte.

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Cuando nos ponemos frente al televisor, soñamos con que suceda algo especial, algo que parezca reservado solo para nosotros. Valverde siempre ha sido el protagonista ideal de esos momentos únicos. Podían ser barbaridades como ganarle a Armstrong en los Pirineos o proclamarse campeón del mundo en Innsbruck lanzando un sprint a casi 400 metros de meta y aguantando la primera posición ante la impotencia de Bardet, Woods o Dumoulin. Y esto con 38 años y medio, ahí queda la cosa. Su séptima medalla en unos Mundiales, algo que nadie ha conseguido en la historia.

También podían ser errores imperdonables, como el despiste de Florencia, cuando le arruinó el título de campeón del mundo a "Purito" Rodríguez por no irse a la rueda de Rui Costa y quedarse con Nibali. O las múltiples caídas que han estado tantas veces a punto de acabar con su carrera, la más grave de todas en el prólogo del Tour de 2017, poco más de un año de tocar la gloria en Austria. Hay quien saca a relucir todo el rato su extenso palmarés (cinco Flechas, cuatro Liejas, dos Clásicas de San Sebastián, una Vuelta a España...) y hay a quien se le queda corto (solo cuatro etapas en el Tour, ni un solo monumento fuera de Lieja, la manía de esquivar Flandes año tras año para centrarse en la carrera española que coincidiera en el calendario).

En cualquier caso, todo eso queda en el pasado. Ya a nadie le importa si hizo bien o si hizo mal y nadie se va a poner a debatirlo. En lo que llevamos de año, su último como profesional, Valverde está consiguiendo todo lo que se propuso: el reconocimiento y el cariño del público, la admiración de los jóvenes del pelotón (a Pogacar le saca diecinueve años; a Evenepoel, veinte) y una colección de resultados más que decente, sobre todo teniendo en cuenta el nivel actual del ciclismo español: quinto en la Comunidad Valenciana, primero en O Camiño, segundo en la Strade Bianche detrás del citado Pogacar y segundo de nuevo en Huy.

No hay nadie en el pelotón español que se acerque a esos resultados salvo, quizá, Pello Bilbao. Entre ellos dos, copan prácticamente los triunfos españoles. Al vasco le queda un Giro que tiene muy buena pinta si no tiene que trabajar demasiado para Caruso... y al murciano le queda, este mismo fin de semana, la Lieja-Bastoña-Lieja, su otra gran prueba de un día, donde el año pasado se coló entre los favoritos y no fue capaz de superar al sprint al ubicuo marciano esloveno. Sus mejores días quedan muy atrás, pero igual no los echa tanto de menos. Tal vez sea mejor esto: la ausencia de presión y la devoción de los aficionados. Cuesta imaginar que no se esté replanteando su decisión. Nada hace pensar que con 43 años vaya a rendir peor que con 42. Y él lo sabe.

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