Al-Razi, cuando el mundo islámico estaba a la vanguardia científica

Ilustración mostrando a Al-Razi destilando preparados en su laboratorio de Bagdad
Ilustración mostrando a Al-Razi destilando preparados en su laboratorio de Bagdad

En Occidente, desde los tiempos del filósofo británico Francis Bacon (1561-1626) asumimos que la experimentación y la observación son la base del conocimiento científico. Por desgracia, antes que esta corriente (y otras como el racionalismo) se impusieran, hubo que cruzar el Rubicón de la Iglesia y su oposición a todo cuanto contrariase a su doctrina (y por tanto a su poder), algo que desgraciadamente llegó tarde para Giordano Bruno o Galileo.

Gracias al cambio de mentalidad que trajo el renacimiento, fue posible la posterior revolución industrial y el progreso tecnológico que esta implicó. Esto también permitió que en Europa se generalizasen paulatinamente conceptos como el estado laico y la democracia, lo que a su vez hizo posible el triunfo – ya sin censuras – del método científico.

Cuando volvemos la vista sobre el mundo islámico, es común escuchar voces que dicen que esta parte del planeta necesita pasar por su propia revolución laicista y racionalista que la haga salir de su actual “edad media”, lo cual seguramente nunca sucederá si las mujeres no dan un paso al frente.

Pero conviene recordar que esto no siempre fue así, de hecho en el siglo VIII de nuestra era surgió una corriente filosófica-teológica del islam, conocida como Mutakallimūn, que se inspiró en las ideas de Demócrito y de Pitágoras introduciendo una visión del mundo más racionalista que la habitual, de la mano de personajes como el persa Al-Razi (Razes para el mundo occidental). Aquellos sabios trataron de reconciliar la fe con la razón, rechazaban la interpretación literal del Corán, al que consideraban una creación humana. De hecho, algunos como el propio Al-Razí, guiado por su notable capacidad de observación y sus dotes interpretativas, llegaron incluso a ser críticos con la religión.

Si me permitís voy a centrarme en este personaje, llamado realmente Muhammad ibn Zakariya al-Razi, para tratar de poner freno a una cierta islamofobia que muy a menudo olvida – desconozco si interesadamente o desde la ignorancia – que en oriente próximo también surgieron científicos notabilísimos que merecen un estudio y un reconocimiento que no siempre alcanzan.

Al-Razi destacó prácticamente en todas las áreas del conocimiento de su época, bien fuera poesía, medicina, filosofía, física, e incluso química (entonces alquimia), y a este gran pensador le debemos el descubrimiento del ácido sulfúrico. Además, fue el primer médico que diferenció claramente dos enfermedades infecciosas que solían considerarse la misma: la viruela y el sarampión. También fue el primero en preparar lo que ahora se llama yeso de paris, un compuesto de sulfato de calcio que se utiliza para formar moldes para mantener los huesos fracturados en su lugar.

Veamos un ejemplo del sentido común y del enfoque científico del que hacía gala este sabio persa, uno de los más prestigiosos habitantes de la Bagdad de su tiempo. Fue precisamente la fama y consideración de la que gozaba la que le permitió obtener de las autoridades el permiso para establecer un hospital en la ciudad, lo cual le llevó al dilema de tener que elegir el mejor emplazamiento posible. ¿Qué hizo?

La historia cuenta que Al-Razi hizo colocar varios trozos de carne en otros tantos lugares candidatos a albergar el sanatorio. Finalmente, tras observar la degradación de cada pedazo pasados unos días, eligió la localización donde la carne se había mantenido fresca durante más tiempo.

Para acabar, me gustaría recordar que también ha habido invenciones originales del área islámica que cambiaron nuestro mundo, y que de hecho en tiempos de Al-Razi o del gran médico persa Avicena (en quien por cierto se inspira Noah Gordon en su famosa novela “El Médico”) o de nuestro Averroes, el saber de los occidentales estaba absolutamente en pañales en comparación.

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