Afirmar que el aborto es peor que la pederastia es parte del problema

Gonzalo Aguirregomezcorta
·5 min de lectura

Eso de “con la Iglesia hemos topado” lo aprendí cuando rondaba los siete años de edad y había recalado de manera temporal en un colegio católico. Ni había leído el Quijote, ni tampoco tenía la mínima idea, al menos que yo recuerde, de que la divinidad recaía sobre aquellos hombres de toga larga cuya voz retumbaba con una gravedad lapidaria. Son vagos los recuerdos de aquella efímera etapa, pero hay uno que tengo sellado en un lugar accesible de mi memoria: el día que me dio por bromear con un compañero sobre un cura que tenía una botella de sangre de Cristo descorchada y guardadita cerca del altar. Era una capilla enorme, para la dimensión de un chiquillo de aquella edad, fría y justiciera desde el momento en que el eco nos delató. Aquel día, con el escapulario bien colocado, a mi amigo y a mí nos dio por imitar al sacerdote, por imaginarle borracho y con la botella de vino en la mano. Algunas de las palabras que salieron de su boca durante aquella misa, la replicamos, por lo bajini, con tono de borrachuzo. A mi colega y a mí esa complicidad nos pareció hilarante. Lo siguiente que recuerdo es al cura tirándome de las patillas con tanto entusiasmo que acabé subido en lo alto de la mesa. Tuve suerte.

Nunca noté la mano de ningún párroco sobre mi pierna o sus dedos acariciándome el cuello. Sí recuerdo a uno que me quiso tirar de la lengua en el confesionario, para que le hablara sobre hipotéticas exploraciones corporales que se suelen llevar a cabo en la pubertad, creo recordar que no confesé aquello que vendían como el tipo de pecado que debería quitarle el sueño a cualquier niño de bien, y me limité a decirle alguna cosilla que se arreglaba con dos Padrenuestros. Pero ya está, nada que ver con las historias, con los rumores, con las sospechas que siempre rondaron los ambientes educativos católicos desde la adolescencia en adelante, cuando ya éramos capaces de atar cabos.

En España se han confirmado 120 casos de abusos sexuales denunciados.
En España se han confirmado 120 casos de abusos sexuales denunciados.

El silencio ha sido el camino ‘menos problemático’ para lidiar con los abusos sexuales sufridos por representantes eclesiásticos. Solo algunos valientes se han atrevido a denunciarlos, como las 120 personas que han alzado la voz en España, según una investigación llevada a cabo por El País, o las 100 mil personas en el mundo que en 2018 estimó ECA Global (‘terminando con el abuso clerical’, en sus siglas en inglés). Los testimonios con nombres y apellidos de víctimas de estos abusos han trascendido en Irlanda, en Chile, en Australia, en España, en Argentina, en Canadá, en Estados Unidos… en países con procesos judiciales relativamente solventes. Sin embargo, ¿qué habrá pasado en otros puntos del mundo donde la población apenas tiene protección? ¿Qué hay de las cifras en las naciones en vías de desarrollo? Sus historias yacen escondidas, sepultadas.

Tampoco es fácil determinar con números reales el impacto que esta confusión moral ha provocado en aquellas personas que se han quitado la vida como consecuencia de los abusos de aquellos a los que le confiaron su fe. ¿Cómo se mide la pérdida de confianza, la sensación de indefensión, el proceso de negación o el sentimiento de culpabilidad? ¿De qué manera se lidia para borrar de la memoria episodios que parecen salidos de una película de terror? Nada de esto parece haber preocupado tanto a la Iglesia como limpiar su imagen a base de talonario. Miles de millones de dólares, congregaciones arruinadas y algunos curas procesados no parecen suficientes para hacer frente a un daño de magnitud incalculable, “justificado por la divinidad” y que, tapado por vanidad, ha salpicado incluso a las máximas instancias del Vaticano.

Manifestación pro-vida frente a la Corte Suprema de EEUU. (Getty Images)
Manifestación pro-vida frente a la Corte Suprema de EEUU. (Getty Images)

Y sin ser suficiente, todavía hay quien banaliza sin complejos la pederastia eclesiástica. Un sacerdote de Rhode Island, contrariado porque hay legisladores que apoyan la legalización del aborto en el estado más pequeño de EEUU, no dudó en afirmar que el provocar el final de un embarazo es más atroz que la pedofilia.

“La pedofilia no mata a nadie, pero el aborto, sí”, esgrimió el reverendo Richard Bucci, sirviente de la Iglesia del Sagrado Corazón. Insistir en que el aborto es contrario a la ley moral y olvidarse de incluir en ese saco a los abusos cometidos por curas a lo largo de la historia no es una concepto salido de cualquier guión de José Luis Cuerda; es una confirmación de la insensatez que todavía reina en el catolicismo más inmoral. Se trata de una demostración de cuán alejados están algunos de sus representantes de la realidad, de cuán perturbadas deben estar las mentes de aquellos que pasan por alto esos siglos de oscurantismo que van saliendo a la luz con cuentagotas.

Pero eso sí, la licencia de hablar sobre moralidad que no se la quiten; tampoco su capacidad de influir en los feligreses bien intencionados o en moldear el futuro de las nuevas generaciones a base de tirones de patilla. Es una pena que unos pocos estén tirando por tierra el trabajo que realizan miles de sacerdotes que vivirán el resto de sus días con el estigma de un estereotipo cada vez más extendido, cada vez más terrenal.

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