En Afganistán y Uganda se impulsa el empoderamiento femenino con nuevos formatos tecnológicos

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Imagen del programa _Learn_, de la afgana Pashtana Durrani.
Imagen del programa _Learn_, de la afgana Pashtana Durrani.

El quinto objetivo de la Agenda 2030 resalta en uno de sus epígrafes la importancia de la tecnología como herramienta de empoderamiento femenino. No es una demanda nueva, pues en la Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres (Beijing, 1995) se defendía en el punto 35 “el acceso de las mujeres en condiciones de igualdad a los recursos económicos, incluidos la tierra, el crédito, la ciencia y la tecnología…”.

Pasados los años, y como se constata en diferentes informes internacionales, la situación ha mejorado, pero siguen existiendo enormes carencias en este ámbito. De esta manera, por ejemplo, en el continente africano se indica que el uso de internet entre los hombres supera en 250 millones al del género femenino y que las mujeres están infrarrepresentadas en los puestos de trabajo derivados de las tecnologías, en la alta dirección y en las carreras académicas.

Desde un punto de vista académico, uno de los paradigmas más útiles para la investigación de estas situaciones es el postcolonialismo digital y los estudios feministas decoloniales, que reivindican el potencial de cambio social a través de la tecnología y su uso como difusión de las narrativas y experiencias de aquellos sectores marginados tradicionalmente del relato global occidental, patriarcal y capitalista.

En este artículo quiero hacerme eco de diferentes iniciativas ubicadas en África Oriental y Oriente Medio, en concreto en Uganda y Afganistán, donde el protagonismo recae en mujeres, ya sea como creadoras de contenidos digitales o como personajes protagonistas de estas.

El colectivo feminista ugandés Pollicy

Pollicy es un colectivo feminista ugandés que trabaja en la intersección de datos, diseño y tecnología con el fin de concienciar sobre problemáticas actuales y favorecer la inclusión digital de los sectores más desfavorecidos. Detrás de este proyecto se encuentra Neemar Iyer, que es una firme defensora de los derechos digitales femeninos. En ese sentido, sobresale el serious game Digital Safe Tea, que aspira a erradicar la violencia de género en línea que sufren las jóvenes africanas. Se enlaza así con una de las aspiraciones de la Agenda 2063 de la Unión Africana: “acabar con la discriminación y la violencia contra las mujeres y jóvenes africanas”.

Este título está protagonizado por tres chicas que, a través de la toma de decisiones, informarán y educarán al usuario sobre seguridad digital o acoso online: catfishing, zoombombing o phishing. Toda la estética del juego, así como la música, es un claro alegato reivindicativo del protagonismo femenino.

Afghan Hero Girl

Cambiando de localización, nos situaremos en Afganistán. Tras la toma del poder por los talibanes en agosto de 2021, la situación social, económica y cultural de las mujeres no ha hecho más que empeorar. Hace unos meses, Human Right Watch hacía un llamamiento para que reabrieran las escuelas de secundaria para niñas. El pasado mes de abril se confirmaron los peores presagios al permanecer cerradas las puertas de la educación para este sector tan desprotegido y silenciado de la población.

Frente a esta política de la sinrazón, desde hace años existen en suelo afgano diferentes escuelas y academias, con un fuerte componente de cooperación e inclusión, que a través del mundo tecnológico aspiran a lograr la plena integración económica y laboral de la mujer. En textos previos, destacamos la labor de Code to Inspire y de su máxima responsable, Fereshteh Forough. Desde su creación en 2015 en Herat han logrado que más de dos centenares de jóvenes (en los últimos tiempos desde la reclusión forzada de sus hogares) se gradúen y dominen diferentes programas informáticos de diseño y desarrollo, lo que les ha permitido lograr trabajos con salarios superiores a la media del país.

El caso de Code to Inspire no es un hecho aislado en Afganistán. Paralelamente debemos nombrar Digital Citizen Fund, de Roya Mahbood; Learn, de Pashtana Durrani; o Sola, de Shabana Basij-Rasik. Entre sus múltiples trabajos podemos resaltar la creación de equipos de robótica de niñas que han participado en concursos internacionales, y que en la actualidad han encontrado refugio en Qatar; desde Ruanda (todas estas organizaciones se han visto obligadas proseguir su actividad en el extranjero o vía online) facilitan techo, comida y educación a decenas de alumnas procedentes de 28 de las 34 provincias de Afganistán o proporcionan herramientas y recursos para continuar con sus misiones educativas desde el encierro obligado de la casa familiar.

Gracias a donativos extranjeros han continuado –aunque con enormes dificultades– sus proyectos, pero, como destaca Durrani: “No podemos vivir eternamente de la ayuda exterior”. Todas ellas reclaman un cambio estructural en el país que les permita tener derecho a una educación de calidad y, sobre todo, en libertad. Como dijo el poeta persa Rumi, “donde hay ruina, hay esperanza para un gran tesoro”. Sin duda, las mujeres afganas, ugandesas y de otras latitudes oprimidas tienen una llave para intentar abrir el cofre de las oportunidades y los sueños a través de la tecnología.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Miembro del Grupo de Investigación Seguridad, Desarrollo y Comunicación en la Sociedad Internacional de la UCM (UCM-971010-GR96/20).

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