Las afganas enfrentan un futuro incierto ante un vago “marco islámico”

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Tras 20 años de considerables triunfos y todavía mucho por hacer, las activistas afganas por los derechos de las mujeres se enfrentan a la rabia y la decepción mientras inicia un nuevo capítulo en la lucha por los derechos de género. Pero el Talibán aún no ha sido claro en sus inconsistentes declaraciones y las activistas temen que la claridad llegue demasiado tarde, cuando el mundo deje de prestar atención.

No mucho después de que el Talibán bombardeara las antiguas estatuas de Buda en Bamiyán en marzo de 2001, Sunita Viswanath y un grupo de mujeres afganas en Nueva York fundaron la ONG Women for Afghan Women (WAW). Durante los últimos 20 años Sunita se ha mantenido en el cargo mientras WAW se expandía hasta convertirse en una de las organizaciones de mujeres más grandes en Afganistán. La ONG administra refugios por violencia doméstica y centros de educación y de entrenamiento vocacional por todo el país.

Trabajar con los derechos de las mujeres a veces puede ser cuestión de vida o muerte en Afganistán y Viswanath está familiarizada con los peligros de la labor. Las mujeres que huyen de la violencia doméstica pueden enfrentar amenazas de muerte, o temer abducciones por miembros de la familia determinados a llevarlas de regreso con sus esposos o sus suegros abusivos.

La seguridad ha sido un tema muy serio para el fuerte personal de WAW, compuesto por 1.200 personas, entrenadas y adaptadas para las cambiantes necesidades del campo. Por ejemplo, si una capital provincial corre el riesgo de caer en manos del Talibán, el personal y los residentes de los refugios son inmediatamente evacuados hacia la capital, Kabul, hasta que la situación se calme y las operaciones puedan ser retomadas en las ciudades y regiones afectadas.

Nada habría podido preparar a Viswanath para los peligros de la última semana. “Es el peor momento desde que empezamos hace 20 años. Veo venir una catástrofe humanitaria”, dijo Viswanath en una entrevista telefónica con France 24 desde Nueva York, desde donde ha estado tratando frenéticamente de poner bajo seguridad a su personal afgano y a las mujeres que se encuentran bajo la protección de WAW.

A pesar de las promesas del Talibán de que no entraría a la capital afgana hasta que estuviera establecido un gobierno de transición, la repentina caída de Kabul despertó escenas de pánico que han dominado el cubrimiento internacional de noticias durante más de una semana.

En el caso de Viswanath esto ha representado riesgos inesperados para su personal, incluyendo a algunos conocidos defensores en contra de la violencia doméstica y sobrevivientes vulnerables de violencia doméstica. “Esta crisis no ocurrió de la noche a la mañana, sabíamos que había combates por todas partes y la toma de Kabul fue algo que pensamos que podría pasar, aunque no tan rápido”, añadió. “Así que, durante los últimos meses, hemos estado haciendo evacuaciones en todas las provincias donde tenemos personal y clientes hacia Kabul, porque pensamos que Kabul se demoraría más en caer”.

En este momento, su prioridad es evacuar una lista de unos 500 casos prioritarios. “Estos son clientes y personal de primera línea cuyos nombres son prominentes, son personas conocidas, y nuestro objetivo ahora es tratar de trabajar con el gobierno de Estados Unidos para sacarlos”, explicó, mientras sus palabras se tropezaban con la urgencia ante un fondo de timbres y llamadas telefónicas que pedían su atención.

“¿Miedo?, ¿miedo de qué?”

A miles de kilómetros, en el corazón de la zona en crisis, Mahbouba Seraj, una de las líderes entre las activistas por los derechos de las mujeres, dijo que no se movería de Kabul.

Durante una entrevista telefónica con France 24 desde la capital afgana, la fundadora de la Red de Mujeres Afganas y varias otras ONGs, insiste en que no tiene nada que temer: “¿Miedo? ¿Miedo de qué? ¿De que me maten? ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? La mejor parte de mi vida ya quedó atrás. Tengo 73 años, estoy llena de energía, quiero terminar los proyectos y el trabajo que empecé, y quiero estar aquí para mis hermanas afganas en Afganistán”, dijo Seraj desafiante.

La veterana activista desvió rápidamente la atención de su seguridad personal hacia la de los demás y afirma que muchas afganas se sienten amenazadas por el Talibán. “En este punto, hay mujeres que pertenecen al movimiento por los derechos de las mujeres, a la sociedad civil –en particular abogadas– que están muy preocupadas porque sus vidas están en peligro. Si quieren salir del país, por favor ayúdenlas a salir”, declaró.

No es la primera vez que sus súplicas son ignoradas. El martes, el presidente Joe Biden decidió no extender más allá del 31 de agosto el plazo para llevar a cabo las evacuaciones –lideradas por Estados Unidos– de los afganos que huyen de la toma del Talibán.

A pesar de los llamados realizados por las naciones europeas y por los grupos de veteranos y de refugiados, Biden mantuvo su plazo del 31 de agosto, obedeciendo así a una advertencia del Talibán en la que el grupo declaró que no aceptaría “ninguna extensión” del plazo.

“Los derechos de las mujeres afganas están en riesgo”. Esta ha sido la advertencia desde que el antiguo presidente afgano Hamid Karzai estableció el ahora extinto Consejo Afgano de Paz en 2010 para empezar las negociaciones con el Talibán.

La advertencia se volvió un cliché mientras las conversaciones se prolongaban, perdiendo impacto para las audiencias acostumbradas a las malas noticias sobre Afganistán, y se redujo al hecho de que los derechos de las mujeres afganas serían un daño colateral en la carrera política por acabar con la “eterna guerra” estadounidense.

La frase ya no es una advertencia, es un hecho. Y aún así, nadie sabe con exactitud qué le depara el futuro a las mujeres y niñas de Afganistán.

Un “marco islámico” aún por definirse

Más de una semana después de la caída de Kabul, activistas como Viswanath y Seraj están en compás de espera, desesperadas por salvar las vidas y los programas en el terreno.

“Mis programas todavía están en marcha, las casas seguras, los hogares de paso, los programas GBV (Violencia Basada en Género), los programas WASH (Agua, Sanidad e Higiene) todavía están en marcha. Seguiré aquí, para estar pendiente. Si las mujeres y los hombres afganos necesitan ayuda, estamos aquí, y quiero estar aquí para ellos”, dijo Seraj.

Sin embargo, la pregunta es si el Talibán está ahí para ellos, y si permitirá que los grupos por los derechos de las mujeres continúen sus operaciones, y bajo qué lineamientos o restricciones.

Durante los últimos años, el Talibán ha tratado de apaciguar las preocupaciones internacionales, insistiendo en que el grupo respetará los derechos de las mujeres “dentro de un marco islámico”. Desde el 15 de agosto, fecha de la caída de Kabul, y desde la búsqueda del Talibán por obtener un reconocimiento internacional que desbloquearía las cuentas bancarias de Afganistán congeladas por Estados Unidos, la retórica se volvió a retomar con fuerza.

Durante una conferencia de prensa en Kabul la semana pasada, el vocero del Talibán Zabihullah Mujahid finalmente mostró su rostro, acabando con más de una década de especulación sobre si realmente existía, o si su inusual nombre era simplemente un apodo para el área de comunicaciones del grupo. “Permitiremos que las mujeres trabajen y estudien dentro de nuestros marcos”, dijo Mujahid. “Las mujeres estarán muy activas dentro de nuestra sociedad”.

Los periodistas han buscado detalles sobre qué implica exactamente la versión del Talibán de un marco islámico, pero ha sido en vano. Los académicos islámicos han debatido sobre si la dura legislación del Talibán durante los años 1990, que no incluía educación o derechos laborales para las mujeres, contravenía la ley de la Sharia y, de ser así, bajo qué escuela de la jurisprudencia islámica.

Eficiencia para los impuestos, irregularidad para la educación

Para muchos afganos ha llegado a su fin el momento de los debates teóricos y han estado votando con los pies, amontonándose en el aeropuerto de Kabul, perdiendo la vida en estampidas y al menos en un caso trágico, muriendo tras caer de una aeronave de evacuación.

La mayoría de los afganos son dolorosamente conscientes de la desconexión entre lo que dice el Talibán en la escena internacional y lo que dice y hace a nivel local.

Mucho antes de que Kabul cayera en manos del Talibán, la gobernanza del grupo en las áreas que controlaba era inconsistente. Al igual que otros grupos yihadistas que han administrado tierras, como al Shabaab en Somalia y el grupo Estado Islámico (EI), el Talibán tiene mecanismos eficientes de recolección y gravado de impuestos.

El historial en cuanto a la salud y la educación de las mujeres era irregular y confuso, causando que las familias optaran simplemente por no enviar a sus hijas al colegio. Mientras algunos comandantes talibanes decían que la educación era permitida para las niñas que no habían alcanzado la pubertad, otros en el mismo distrito decían que no estaba permitido ningún tipo de educación para las mujeres, según un estudio de Human Rights Watch del 2020.

Entretanto, la lista de las mujeres activistas, abogadas, oficiales de policía y políticas en la mira del Talibán crecía de manera constante.

Si bien Seraj insiste en querer continuar con sus programas, admite que antes del 15 de agosto –día de la caída de Kabul– nunca tuvo éxito en realizar programas en las áreas controladas por el Talibán. “No podíamos llegar a las áreas donde estaba el Talibán porque eran inseguras. Preguntamos muchas veces, tratamos muchas veces, pero no pudimos”, explicó.

Las mujeres “volverán a caer en la violencia doméstica”

Con la caída de Kabul, el Talibán enfrenta quizás el mayor reto en sus casi 30 años de historia: administrar un país que ha estado en la escena internacional durante dos décadas y con una gran población joven acostumbrada a las libertades de la gobernanza democrática.

Hay mucho en juego para el grupo islamista y ha ajustado su mensaje de tolerancia de género de manera acorde. Pero incluso en Kabul, donde, a diferencia de las provincias, el Talibán ha mostrado su mejor comportamiento, los reportes de abusos han aumentado durante la última semana.

Días después de que una reportera tuviera permiso para emitir a través del canal privado de televisión 'Tolo', tres mujeres presentadoras del canal de televisión nacional afgano 'RTA' dijeron que les habían prohibido trabajar después de que unos hombres armados del Talibán entraran a las oficinas del canal y les ordenaran irse.

Entretanto, un miembro de la familia de un periodista del grupo alemán 'Deutsche Welle' fue asesinado la semana pasada, después de que unos combatientes del Talibán llegaran a su casa exigiendo ver al periodista, quien se encontraba en Alemania.

Los activistas afganos, quienes tienen un perfil público más bajo que los periodistas locales, se han escondido de manera masiva, temiendo por sus vidas. A partir de reportes creíbles donde se afirma que el Talibán utiliza tecnología de vigilancia para realizar las requisas domésticas, muchos activistas han apagado sus teléfonos celulares. Las llamadas hechas por France 24 a una media docena de activistas mujeres locales que se encuentran dentro de Afganistán no recibieron respuesta.

Su silencio se está llenando con las voces de los activistas afganos que están fuera del país y tratan desesperadamente de sacar a sus seres queridos.

Ali Hussein*, un estudiante activista afgano que se encuentra actualmente en India, predice un futuro desalentador para sus colegas mujeres y sus cinco hermanas en Afganistán. “Espero que mis hermanas logren salir. Mi hermana, que es profesora en Jaghori (un distrito en la provincia este de Ghazni) perderá su trabajo. Volverá a caer en la violencia doméstica si no recibe un salario. Muchas mujeres afganas estaban recibiendo un salario que era fundamental para muchos hogares. Ahora deberán regresar a estar encerradas y la violencia doméstica volverá a aumentar y ni siquiera nos enteraremos”, predice Hussein en una sombría entrevista desde Nueva Delhi.

“Destruir lo que tanto esfuerzo nos ha costado”

Durante los últimos 20 años, las mujeres afganas han dado pasos muy significativos, a pesar de la pobreza y del patriarcado en un país conservador. En 2001, no había niñas inscritas en colegios formales y solo había un millón de niños matriculados, según el Banco Mundial. Para 2020, 3.5 millones de niñas estaban inscritas en un país de unos 38 millones de habitantes, con el índice de alfabetismo alcanzando el 43%, según la UNESCO.

A pesar del conflicto y la violencia, las mujeres afganas trabajaban como abogadas, doctoras, ingenieras, empleadas del Gobierno, propietarias de empresa, oficiales de policía y miembros del ejército. A principios del 2018, casi 4.500 mujeres estaban prestando servicio en la defensa afgana y en las fuerzas de seguridad, y el parlamento tenía un porcentaje más alto de representantes mujeres (27.3%) que el Congreso de Estados Unidos (15.2%) y que el Parlamento británico (19.7%).

Estos fueron algunos de los triunfos a los que se refería Seraj el 15 de agosto en una entrevista con la radio turca y la Television Corporation (TRT). En el video, que se volvió viral en redes sociales, se ve a la enérgica activista arremeter contra los líderes mundiales por “abandonar” a las mujeres afganas. “Le estamos hablando a ustedes, les exigimos, les pedimos, hicimos todo y nadie prestó atención. Solo tomaron decisiones a partir de su instinto o de lo que sea, todos esos hombres del mundo, en el poder, y están destruyendo lo que tanto esfuerzo nos ha costado”, declaró enojada.

Al igual que muchas afganas, Seraj está furiosa por el retiro de las tropas estadounidenses, mal concebido e implementado con premura, basado en un acuerdo de cuatro páginas que data de febrero de 2020 entre el Talibán y Estados Unidos que no incluía el gobierno afgano elegido democráticamente.

Pero desde su casa en Kabul, la veterana activista por los derechos de las mujeres le envía un mensaje urgente a la comunidad internacional. “El mundo necesita observar al Talibán para ver su comportamiento. Están siendo muy amables ahora, pero no seguirán así, van a cambiar. Necesitamos que el mundo mantenga una mirada vigilante sobre lo que está pasando y, por favor, no detengan la ayuda humanitaria y todos los proyectos que las personas en Afganistán necesitan”, suplica.

Viswanath también espera que WAW pueda continuar con sus operaciones en Afganistán. “Hemos pausado las operaciones y esperamos de todo corazón poder seguir trabajando. Todavía necesitamos evaluar si podemos continuar nuestro trabajo una vez que sepamos qué está permitido bajo las leyes de esta nueva Afganistán”, dijo.

En este momento, Viswanath está concentrada en tratar de evacuar a su personal y a sus clientes más en riesgo, pero ha sido en vano. Su furia no es contra el Talibán, sino contra su propio gobierno.

“Yo habría pensado que el Gobierno de Estados Unidos, nuestro mayor donante, nos iba a sacar, pero no ha sido el caso”, declaró molesta. “Es un chiste cruel que, en este momento tan crítico, nuestros mayores talentos en el terreno solo hayan estado haciendo listas (de evacuación) Mi gran preocupación se está convirtiendo en pánico”.

(*Se modificó el nombre para proteger la identidad)

Este artículo fue adaptado de su original en inglés

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