La acción vecinal obliga a recular a los narcotraficantes en El Raval

Pol Pareja

Jacinto regenta desde hace más de 50 años el Bar Gironda, situado en el corazón del Raval. A través de la ventana de este pequeño local observa desde hace décadas lo que ocurre en la calle Roig, un pasaje estrecho que une dos calles transitadas por turistas y vecinos de todo tipo. Desde la barra de su bar ha sido testigo de robos y tirones, ha visto transeúntes caminando con cuchillos clavados en la pierna y ha presenciado agrias peleas. "En este barrio se permite todo", admite resignado mientras limpia unos vasos. "Pero lo que vimos el verano pasado no había pasado nunca, ni siquiera en los 80".

Jacinto se refiere al momento en que la calle Roig se convirtió en uno de los epicentros del consumo de droga en Barcelona. A escasos 200 metros de La Rambla, desde la ventana del bar empezó a ver a diario una procesión de consumidores que acudía a comprar y consumir speedball, una mezcla de cocaína y heroína que se vende a entre tres y seis euros la dosis. "De la noche a la mañana se degradó la calle", sostiene. En pocas semanas, los portales de la calle Roig se llenaron de defecaciones y orines, había personas moribundas en las esquinas y las jeringuillas en el suelo pasaron a ser parte del paisaje habitual.

"Afortunadamente hemos recuperado cierta tranquilidad", añade Carlos González, vecino de la misma calle y portavoz de la asociación RPR (acrónimo de las calles Roig, Picalquers i Robadors). "Los traficantes y los consumidores saben que aquí somos bravos. Ya no se acercan".

La presión vecinal ha hecho recular a los traficantes en el Raval. La situación está lejos de ser ideal pero se calcula que los pisos donde se vende droga se han reducido un 50% desde el verano pasado. A pesar de las reiteradas amenazas de los traficantes, los residentes se organizaron para visibilizar un fenómeno que las autoridades ignoraban. Su insistencia acabó con algunos puntos de venta, consiguió que aumentara la presencia policial en las calles más...

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